Como si la arena en el lento
torbellino que cae sin memoria
desde
los altares del tiempo me hablara de los iris perdidos,
tal
vez de un mar oscuro que ya no finge volverse ola, y en
la
duna de lo que fui una cóncava sed de espejos me devolviera
a
la ronda de la fingida luz, al sonoro epitafio de las lágrimas
que
llueven bajo las cúpulas del azar, y si aún estéril mi corazón
-desnudo
corazón ajado por la recóndita noche-no cumpliera
con
la razón de los astros, ese fulgor que vence a la fragilidad
oscura
de la ceniza, ni en los arrebatos quedara el suburbio
de
los detalles que nacen como esquejes al fluir de los recuerdos,
ni
tampoco en el abisal latido donde se encuentran las venas
que
duermen en el mismo cauce yo descubriera un latido
en
armonía como enjambre o quizá miasma de una doblez,
de
un falso edén con minúsculas huellas que son borradas
por
la elipse de un viento atroz, si después de acomodar
los
silencios, acoger a la bruma que humedece el sueño,
perseguir
a los anuncios que resplandecen sin el neón artificial
de
los cometas; y bajo un candil rojo ya no encontrara a la sombra
que
nubló la luz del pábilo, la sonrisa del ángel, el hemisferio
donde
las palabras son azules como la tez de un cielo sin mácula,
sin
los ovillos blancos de esa masa gaseosa que perece al vaciar
su
aljibe sobre la vana ilusión de retener entre los dedos la semilla,
la
raíz, el oráculo, el frenesí, la ternura, incluso el vacío
en
que el instante rompe en diluvio fugaz, sin retorno,
sin
mañana, sin pudor lo que ya se ausenta para convertirse
en
eco, hilos rotos, caducos, deshilachada la voz
que
aúlla por volverse piedra para así no morir de vida.