Mira en el occipital, no hay ojos.
Mira en tu verbo, allí en su incendio tu gran abrazode ola que no regresa.
Hay arenas tan profundas como un puñal herido.
Veo tu oscura boca, donde gira la memoria de las algas,
con su viento de hojaldre, en un rincón sin piedad.
Me asomo a los últimos pétalos del color,
para encontrar tu magulladura intacta
en mi sorpresa de niño.
Te envío mi música, con las amapolas sin raíz
(y es que ya no creo en la ciudades que olvidan sus mareas).
De tu nombre guardo la voz y las flores de octubre.
La gran llama en el sonido azul de un saxofón.
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