En el poso de la normalidad flotan los cadáveres de la virtud,
qué convierte el aullido del dolor en algo tan sutil que pasaante ti como una cálida brisa de primavera, qué destruye
el límite donde se juzga lo correcto con el rigor preciso
de un íntimo proceder, cuándo se quebró el fiel del juicio
personal para ser marea de una sinrazón que nos arrastra
hacia lo perverso como títeres de una locura que es hija
del silencio más vil, qué nos espera si los valores son de humo
y lo que permanece es la consigna de transitar el río común
de unos ideales donde el mal rige para llevarnos a la necedad.
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