Cree que el mundo es suyo.
Por eso carga con él.
Pesa el oro más que la vida.
No fue libre,
fue esclavo,
porque no se sació
nunca.
Quien posee el mundo
no carga con él
ni valora el oro
más que la vida.
Cree que el mundo es suyo.
Por eso carga con él.
Pesa el oro más que la vida.
No fue libre,
fue esclavo,
porque no se sació
nunca.
Quien posee el mundo
no carga con él
ni valora el oro
más que la vida.
Transcurrirá la divina luz que cruza el incendio de la lluvia,
pronto el halo del ángel, la virtud que enciende poemas
de blancor en la noche, la serpentina que brota de los alfeizares
como hebra de liana, como rizo que en el aire ejerce su matriz
de columpio rozará mis cabellos aún de infancia y vendré
al solsticio que en tu vestido clama por un pájaro de alas rotas.
Cálido tu transcurrir de reverbero, tu baile de locura junto al aljibe,
tu largo dominio donde brillan las diademas de las vírgenes,
el canal por el que viaja el adiós de un futuro estéril,
los arpegios que nacen de las sombras sin que nadie pueda
descubrir la morada del canto, el colibrí que azuza a la flor,
el sonido de una fuente en las islas del sueño, el brutal
eclipse donde lo oscuro yace como un presagio, el jardín
que proclama ser raíz de estío sin el cauce que un día colmó
la nieve de una primavera que se llevó en silencio tu nombre y el mío.
Posiblemente no ignoréis
que ciertas palabras
contienen mensajes
ocultos.
Yo lo descubrí en el trato con mi mujer.
Pondré de ejemplo
las que más se usan en el entorno conyugal:
cariño, amor, cielo.
Las tres, además de ser polisémicas, significan:
cariño, puede ser que ella quiera una joya,
amor, puede ser que yo quiera un coche nuevo,
cielo, puede ser que los dos queramos salir
sin el otro y con amigos o amigas.
Es cierto que rara vez nos cuelan.
Será porque casi nunca las decimos...
Como un cuerpo que fue armonía, orgullo vertical
de líneas que se juntan para ser vestigio, armazón
que contiene estancias que reciben la luz del día,
ventanas como ojos que miran a un horizonte ajeno,
pasillos que recorrerán las sombras del ocaso,
cimientos corroídos por el agua que fluye por el interior
de tus vísceras; así te verás, fragmento de ruina,
pilar que ahora yace sobre la tierra, sin pedestal,
arrumbado como si fueses un despojo caído
en el estercolero omnímodo de la finitud.
Una sola palabra te puede cambiar la vida.
La leí en el Wassapp
que nos obliga a usar el jefe:
despedido.
No sé por qué, ni él me da razón alguna.
Despedido,
sin más.
Después de diez años en la empresa, despedido.
Ahora a cobrar la indemnización y el paro.
A mis cincuenta y ocho,
viudo,
sin ayuda familiar,
con dos hijos
adolescentes.
¿Qué va a ser de mí y sobre todo qué va a ser de ellos?
Cómo pagar el alquiler de la casa, la ropa,
los estudios, la luz y el agua, la comida, el wifi…
cuando agote la indemnización y el tiempo de paro
si nadie va a emplear
a alguien
con la jubilación
en el horizonte.
Dios proveerá...
Tu poema tiene más de doscientos me gusta
Mi perro parece un gato.
Y mi gato un perro.
Lo digo por su manera de comportarse.
Mi gato es leal
y me defiende con uñas y dientes
de los extraños
que supone
enemigos.
Su forma de maullar suena
como sonaría
el ladrido
de un perro afónico.
Mi perro huye de las visitas,
no se deja acariciar,
solo pide salir
cuando la urgencia
de las necesidades fisiológicas
se lo demanda.
Los dos conviven en armonía,
tal vez porque han sabido ponerse
en lugar del otro.
Mi mujer y yo hemos tomado nota,
por eso cada día que pasa
lo vivimos también
desde la perspectiva opuesta.
Son muchos
los que se preguntan
por el secreto de vernos tan felices.
Nosotros, sin decir palabra,
miramos con cariño
a nuestros
poco
corrientes
animales
de compañía.
El primer beso que te di,
la tierna infancia,
mi alocada juventud,
y el mar,
el mar,
que no me cabe
dentro.
A lo sumo me aproximo.
Un siete o un ocho.
Nunca consigo la cifra exacta
que me permita ganarte.
Será porque eres mano
y, tal vez,
truques
las cartas.
Pero no importa
porque mi siete y medio
es estar contigo
y yo soy feliz
si tú eres feliz
cuando me ganas.
Así ando, vestido solo de lluvia, con mi desnudez al alba,
el corazón sin pálpito, el fuego fatuo de la inclemencia,
mi piel absorbe el frenesí mudo del fervor, mi voz ausente,
mis ojos de candil, mi noche en la noche eterna de los ecos
angelicales, la plaza gris, en la fuente de los caballos la canción
del agua, el farol de luz que titila, el motete monacal a deshora,
pájaros en el cielo negro, el claustro y la bóveda, el pórtico
sin ángeles, la oración que fluye por mi sangre y no es roja
sino azul como un mar que surca las arterias del alma, y tú
que me sigues, sin saberlo, por las rúas que en silencio nos vigilan.
Yo soy quien dispara el fusil.
Yo guio un dron.
Yo formo parte de los cuerpos especiales.
Yo me encargo de la logística de los cohetes.
Y yo soy General, lo mío es la estrategia.
Todos matamos pero cada cuál lo hace a su manera.
Haz del rito un eco de ti.
Entre el índice y el corazón
un cilindro de papel
con hebras
rojas.
Quería compartir la palabra,
el mismo gusto en la lengua,
las brasas que se vuelven
ceniza.
Tu humo y el mío juegan
enredándose igual
que dos amantes
en la fría noche.
Consigues círculos perfectos,
yo ríos de algodón
de un gris, casi azul.
Los consumimos a la par
y no nos importa la muerte anunciada
si lo que nos fumamos
es la vida.
Recibe en pie el aire voraz, mensura el arrebato,
dale sosiego al ardiente corazón, que la palabra
encauce el dolor para que razone la ira, que tus
demonios no empuñen el arma después de la afrenta,
aguarda a que llegue la luz cuando todo lo que te rodea
es sombra, mide el golpe que darás para no sentir la culpa
por un exceso de fe, que jamás la desesperanza anule
tu juicio solo así cada decisión que tomes será libre.
Mi adversario soy yo, en la luna del espejo sangra mi carne, siento
la herida que el puño causa y es mi alma quien verdaderamente
sufre el inacabable martirio, resbalan hilos púrpura por mi torso desnudo,
en mis ojos hay islas que supuran lágrimas carmesí, danzo en pos
de mi sombra, golpeo sin pausa, cada golpe que dirijo contra mis cejas,
mi mandíbula, mi boca, mi costado, mi pecho, mis pómulos, mi abdomen
me vuelve más insensible al dolor, ya no noto la luz de neón en los párpados,
ni respiro casi el oxígeno vital, apenas me llega la algarabía que rodea
el inexistente cuadrilátero, el espejo es mi tapiz, los segundos crecen
en secuencia, no podré levantarme al alcanzar el diez, la toalla del sueño
vuela entre las nubes del azogue, en el instante en que yazgo vencido
tú vienes a mí y aunque no eres real me abraza tu cariño, tu consuelo,
tu ansia de curar mis heridas, soy a la vez el ganador y el perdedor
de un combate que no cesa de vivirse, mañana, como cada día, regresará la lid,
el rival, que me conoce desde siempre, habita en el espejo y no tiene piedad.
De joven yo admiraba a Bob Dylan, ahora los jóvenes-y no tan jóvenes- admiran a Bad Bunny.
En las canciones de Dylan encontraba no solo buena música, también unas letras donde la poesía y el mensaje social iban de la mano en una época contestataria y llena de ideales. Así era la juventud de entonces.
No conozco a fondo las canciones de Bad Bunny, eso sí su forma de interpretar es conmovedora, ya que tiene algo de infantil y meloso, arrastrando sílabas sin entender muy bien lo que dice hasta que lo has oído como mil veces, exige por tanto un esfuerzo intelectual; y las letras tienen tal simpleza que llegan rápidamente a los corazones, tocan la fibra sensible del fan gracias en parte a ese invento, el auto-tune, que activa zonas del cerebro desconocidas que en mí comienzan a despertar cuando lo escucho con atención. Es también un referente de la moda por su elegancia en el vestir. Un gran artista y además un icono para los jóvenes latinos frente al poderío anglosajón.
Ya no admiro a Dylan, comienzo a admirar a Benito, por su poder de arrastrar a las masas y darles un sentido a sus vidas. Sin duda, en un futuro no muy lejano será más rico que Dylan.
¡Viva Bad Bunny, muera Dylan!
Están ahí, en duermevela, como esperando ser el ataque del lobo,
son amargas, de filo hiriente y en realidad nunca callan: laten,
rumian, imploran salir como fieras atrapadas por el silencio.
Se llevan mal con la caricia, con la boca que sonríe, con el placer
de los cuerpos, saben dónde herir, en qué parte de su adversario
está la escondida culpa, qué lugar compartido fue una derrota.
Como un tumor vivo cada tanto expelen el pus que, de no hacerlo,
supondría admitir la imposibilidad de la convivencia, han crecido
alimentadas por las malas costumbres, los reproches, las mentiras
y los desencuentros, son de la voz su tono más alto, se aturullan
y confunden la sintaxis porque ardían en el interior y expelen
su lava sobre la piel enemiga sin pensar en el daño, también saben
ser sutiles, ácidas en la letanía, buscan con ahínco la traición y la sorpresa,
el golpe letal que deje mudo al contrincante, y si es así, volverán a hincar
su mordedura una y otra vez en la víctima única de este juego inútil,
la víctima por la que un día sintió amor y ahora solo desprecio.
En tu cintura de arena y perfiles blancos hay pájaros
que danzan en círculos de paz, eres un filo de cristales
donde la luz enciende rosas que brillan al atardecer
como en un jardín de espejos con rojos que dibujan estelas
en el horizonte, me llamas desde el haz con tu sigiloso trazo,
me buscas en las sombras donde la sal rocía los portales
con su corona que refulge bajo los pórticos desnudos,
y son olas las nubes del cielo, y son espuma los balcones
de estas casas que transitan las rías, con sus crestas al sol
y sus abalorios de coral, mojadas por el salto marino de mil
peces, por la lluvia que cae como un velamen que suda un rocío
de húmeda marea sobre la piel amante, los nativos invocan
a las islas lejanas en un mar de misterio tan azul como el azul
de unos ojos que con la claridad de la mañana reflejan el océano
como si fuesen flores de agua en la memoria de un tiempo ido.
Tras la forma del cristal un mundo que nada
entre islas de hielo, en el líquido ambarino
descubro tu rostro, sostengo como un cáliz
que irisa la luz el vaso ante mí, sonríes igual
que ayer entre las olas del sueño donde aún existes
como una sirena anclada en el confín de mi mar.
La palabra se iza y es paloma de paz que cruza el cielo claro,
somos alma sin cadenas, futuro que camina entre árboles de luz,
somos el ángel alegre que bendice la amistad y el fértil corazón
de la vida; cada hombre y cada mujer se verán desnudos igual
que niños en un paraíso de amor, y no golpeará el fuerte la espalda
oscura del débil ni humillará el sol del poder a ninguna sombra;
que sean nuestros pasos los que abran el sendero de la igualdad,
que se condene el delito por el acto, jamás por el tinte de la carne,
que ya no sea soñar concebir un mundo donde las leyes protejan
a la vez al blanco y al negro, que se crucen las pieles y nazca a la luz
solo un ser humano, un hombre libre que responda ante Dios
y no ante la injusta ley que discrimina según el matiz del color.
Cuánto nos quisimos.
Y ahora qué poco nos queremos.
¿Qué es el amor?
¿Un hechizo, una fábula, un misterio
que une dos cuerpos y dos almas
en un único ser?
¿Cuándo termina lo que soñamos eterno,
en qué instante descubrimos que el cariño
es un árbol estéril que ya no da ningún fruto?
Y aunque tú te vayas, y aunque yo me vaya.
y ya no quede de nosotros más que la sombra
del recuerdo, yo no permitiré que tú seas olvido,
ni tú tampoco permitirás que lo que fue amor
se transforme en una huella borrosa del pasado.
Qué altivas son.
Nunca duermen.
Su luz traza círculos
sin el compás del día.
Cuando cae la lluvia,
cuando las rodea la niebla,
cuando el viento feroz
agita su tronco
se rompe el haz
tan nítido,
tan imperial
como un sol
diminuto.
Testigos de mi primer beso
y de mi último adiós
hay historias ocultas
bajo su pérgola de luz
y una muerte con el alba
que extingue
su artificial cabellera.
Aún guardo el pudor de la infancia
y de la juventud el fuego que quema la nieve;
son dos cosas a las que no renuncio,
en mis pómulos el carmesí perdura
y en mi blanca piel
la enrojecida huella del deseo
como señal de que he vivido.
Los cuerpos que gimen,
la ausencia de la palabra,
la sensación de plenitud,
la sexualidad como una flor
que se abre a la noche.
Y después, para ti, la nada.
Y para mí la condena
de no poder olvidarte.
Toda la herencia la dividimos por mitad.
El dinero del Banco de Santander,
lo obtenido por la venta del inmueble de Madrid,
del chalé de la Sierra, del coche casi nuevo
y del inventario de las casas.
Dos millones por cabeza.
A Juan le vino muy bien para saldar sus infinitas deudas.
Yo vendí mi humilde piso de cincuenta metros cuadrados en Lavapiés
y me compré otro de más de cien metros en el barrio de Salamanca.
Gracias, papá.
Te queremos.
Sobre todo ahora
que te has ido
para siempre.
Tu manto paraliza el corazón de la alegría,
eres una brisa torpe que se ancla en el ánimo
como un nube de piedra, callas cuando pregunto
por tu raíz sin voz que oscurece el horizonte
de mis sueños, y nunca huyes como un pájaro
que construyó en mí su nido de silencios
con pequeñas briznas de soledad, igual
que mi sombra me sigues sin que yo
pueda evitarte, pero un día se abrirán
mis párpados a la luz y entonces reiré
como ríe el náufrago que encuentra
por fin su isla añorada.
¿Qué hay allí sino el mismo aire,
la misma luz que atraviesa la sombra,
mi cuerpo que divide los dos planos
de un único mapa?
Cruzo el umbral y no hallo tu voz
en la habitación vacía.
No es un puente el dintel,
la oquedad reina
en su interior.
Nadie espera detrás,
nada existe
en el pozo
de lo no vivido.
Se abre la flor con las hojas de seda y el tono escarlata de la pasión.
En mí la fuga del verde, el acento dulce que mima las vocales,
las alas que pliega el vencido cuando el aire roza su tez aún joven.
Y en la luz el candil de la esperanza que ilumina el ojo
que lo recibe tímido como si no fuese un regalo de la claridad.
Y en el arenal oscuro donde la piel se confunde
con la sombra infeliz de la erosión múltiple
mis brazos en cruz, mi torso tiznado,
mi pecho que suda la sangre negra de los ríos sin alma
te llama al abrigo de los muros al sol, del volcán azul,
de la noche que vibra con los acordes de un violín celeste.
No existen ya las palomas que se alejan del mar como luces blancas,
no existe el color en las flores, ni existe el árbol sin fruto tan pétreo,
tan fósil, tan inmortal.
Unicamente existe la isla que nunca fue jardín ni oasis
en medio de un océano del que no recuerdo su nombre.
En el espacio donde duerme el silencio la zona gris de la luz,
penúltimas tardes que se entrecruzan por la rendijas que despiden con ecos
la luminosa estación de los adioses.
En el cielo la ósmosis de nube y azul danza entre claroscuros
como pájaros velados por la vespertina fuga de los calendarios
abiertos a la soledad de un tiempo que forma elipses
bajo racimos astrales de infinitesimal desliz.
Y vuelve la sombra al árbol y la noche al alma y la negrura al pozo
donde el carbón semeja el tizne ambiguo de un celeste ovario
sin la luz de un sol entre escombros que renacen al día
como un sueño de blanca palidez.
Y en el corazón de la ceniza, y en el revés de la luna,
y en el grafito que no escribe con el lápiz que fue aurora,
un único dibujo queda sobre el papel ya ennegrecido por la edad.
Celebración de la vida este segundo que pasa, abro los sentidos
al cáliz del tiempo, la luz que te viste de ángel soy yo, el perfume
de la flor que llega a tu faz soy yo, mi índice en tu piel soy yo,
mi lengua en tu húmeda lengua soy yo, y el sonido del viento
en el cristal, como un arrullo que nos mece en la quietud
de la clara noche, también soy yo.
Qué fantástico automóvil, qué mona la chica de l´oreal,
qué músculos el joven que me anima a usar cierta colonia,
mi actor favorito se toma un café que debe estar buenísimo,
portales en internet donde puedes viajar a islas paradisíacas,
con esa música que suena en el anuncio me enamoré de mi mujer,
el corte inglés nos seduce con su campaña de primavera-verano;
en apenas diez minutos- o fueron veinte-vi pasar la felicidad de los otros ante mí;
ahora vuelvo a lo real donde no llego a fin de mes con el alquiler del piso,
los gastos de la casa, la comida, la ropa de los niños y encima
va y se estropea, de pronto, la nevera...
En el desorden de los vasos hay un adiós de penumbra
y es la música el soliloquio de un verso que repite sin rubor
palabras que nacieron para ser alquimia en los labios de Elena,
el humo forma un nimbo en la corona familiar de cada uno
de los rostros que ya son un mural de luz que invita al refugio
bajo el bosque armonioso de la contingencia nocturna, Juan ríe
con la gracia del deseo en el atril de los ojos, Matías roza con su mano
la mano delgada de su novia Ángela, el blues adormece mi corazón
y llena de melancolía mi sangre donde el alcohol ruge como un león
atrapado por las flores del hastío, afuera la lluvia se tiñe de luna,
adentro solo un murmullo de rosas tibias acompaña al silencio
con quien hablo antes de volver a mi cubil donde el día a día
es tan azul como un zafiro que ignora cuál es su verdadero color.
Ya sé.
No me digan más.
Todo es una cuestión de herencia
-esos malditos genes-.
O de azar.
De mi hermano dicen ¡qué guapo!
-su rostro es pura armonía-.
De mí que tengo cara de buena persona
-en versión cubista-.
Daniel, mi hermano, liga mucho,
yo no ligo más que con mujeres
que están tan desesperadas como yo.
Pero un día la fortuna se alió conmigo
y gané treinta millones de euros a la lotería.
Ropa de marca, un chalé junto a la playa,
una mansión con vistas, tres automóviles deportivos,
un yate en Marbella, escapadas a hoteles de cinco estrellas,
comidas en restaurantes de varios tenedores.
Vamos, una vida de lujo.
Ahora las mujeres hablan sin parar de mi irresistible atractivo.
He dejado de tener cara de buena persona
-en versión cubista-.
Ahora me parezco a George Clooney.
El tren surca las avenidas del futuro,
llega, arriba a la estación del sueño,
en su interior los rostros callan,
son espejismo,
mímesis de bienvenida a la espesura,
a las calles sin alma,
al neón que anuncia
en rojo y azul
promesas de edén.
Cruzo como si transitara un puente de abril
bajo la lluvia de arco iris
la línea invisible que une el color de los semáforos.
A través de este río de músculos vencidos por la lentitud
viajo con el horizonte en llamas hacia el corazón de una metrópoli
que recibe a mi perdida adolescencia y envía mensajes al alba
de banderas que el aire mece bajo un cielo de ángeles
aplaudiendo a los círculos del misterio.
Me asomo al laberinto que el azar dibuja
antes de que mis pasos inscriban la huella del nómada
con su telaraña de signos
como índices pétreos
en el corredor sin salida de la infatigable noche.
Asusta la frialdad de la piedra, el gris moteado
que acoge en su vientre el tallo aún tierno de mi ser.
Vendrá el turbio eje con el que giran las mariposas de la luz,
tendré la flor abierta de la vida sobre mis manos
de piel colmada por un agua que es la voz de un futuro imberbe.
Aquí bajo el rectángulo que anuncia letanías,
en habitaciones que son nidos de contemplación hacia un cielo de metal,
con el alba que se desnuda en los patios como una plegaria levemente azul
y el rumor de las calles entre balcones que se besan igual
que pájaros que aman el aire fugaz que une sus designios,
voy al encuentro de la ciudad con el traje triste del silencio
y el ansia infantil del asombro.
Está la alegría de los mercados, el prócer en su pedestal de granito,
el río de color múltiple con el sueño que asoma en las pestañas de la juventud,
la coreografía que despierta al lánguido sol como una herida que busca
el reparo de la dermis alegre, el desnudo de la fontana que ya es canción
que trina por las rúas, entonación que en mí rebosa y canto,
canto como si abril en mi interior también floreciera.
Los mitos y los sueños:
el ángel azul, la Arcadia feliz,
Ulises, las sirenas, el Leviatán,
la isla del tesoro y muchos,
muchos
más.
Y aquí, a este lado del espejo,
yo tan real,
tan nadie,
tan nada.
Lanza su onda de nieve el cielo gris,
no son pétreas las nubes con su aljibe
opaco como un artificio de agua
en la oscuridad del cenit, nieva
en la luz que, poco a poco, enfría
el corazón donde late mi alma.
Éramos tan diferentes.
Él rudo,
huraño,
melancólico.
Yo vital,
bondadoso,
un hombre responsable.
De niño Caín me miraba como si tuviera
la espina de los celos hincándole
en lo mas recóndito
de su corazón.
Cada uno eligió su tarea,
él cultivar los campos de sol a sol.
Yo pastorear los rebaños desde el amanecer
hasta que el día anunciaba
la proximidad del crepúsculo.
Dios nos pidió una muestra de amor.
Caín le entregó cien gavillas de trigo
y yo un hermoso carnero.
Le dije: no soy culpable de que Dios eligiera mi presente.
Entonces de su zurrón sacó una quijada,
golpeó y golpeó en mi cabeza
hasta que comprendí que ese era el final
y que a Caín le esperaba algo peor que la muerte,
el juicio de Dios.
Este sol que aturde los sentidos y esta sed
que cuartea mis labios y seca mi lengua.
Labro en la plenitud del día y en la calígine de la noche,
el fruto se agosta, el trigo es negro como mi ansia.
Abel ríe mientras su rebaño bebe en el manantial
y come la hierba aún fresca de rocío.
Yo daré a mi dios un resto de la mies,
él le dará el hermoso ejemplar de un carnero joven.
Arrodillado, con la piel ajada lloro ante el desprecio a mi labor,
y crece en mí un fuego omnisciente que busca el rostro hermano
con la rabia invencible que destruye la armonía del bien.
Aún gotea de sangre el instrumento de la maldición
cuando mi dios indaga por la suerte de Abel.
Yo respondo, herido en lo profundo:
soy acaso el guardián de mi hermano.
La ira del creador marca mi frente,
y es entonces que debo vagar incesante por las duras estepas
más allá del edén donde oriente es un páramo infinito.
Y así será para mi estirpe durante toda la eternidad.
Corre el agua cristalina, cantan alegres los pájaros,
los frutos en sazón, el cobijo de la fronda, y tu desnudez
de hembra ante mí; yo no quería nada más que habitar
el vergel, tú eras asombro, codicia, la luz que descubre
el oro oculto del saber; te tentó la sierpe con palabras ciegas,
comí de tu mano la pulpa blanca, fue entonces que conocimos
el dolor, la oscuridad y la condena de vivir en este mundo sin alma.
Dos islas sin un mar en medio.
Dos idiomas en distinto polo.
Las miradas no se encuentran
ni el pensamiento une sus voces.
Como barcos van uno a oriente
y el otro a occidente
sin compartir
nunca
el mismo sol.
Se filtra la luz por los resquicios de la persiana.
Fue eterna la noche, yo marea,
yo jueves en un delirio de juventud.
Ocho y media de la mañana, la primera clase es de Metafísica,
se va el pensamiento hacia un perfil de mujer que vi y no vi,
las colas y las voces altas, los vasos de cristal casi vacíos,
la música desconocida, la luz azul del pub,
los saludos entre colegas.
Hora de entrada al colegio, tan próximo, el sonar de un claxon,
la vecina de arriba que canturrea algo ininteligible,
la ducha que espera mi cuerpo dolido
-por dentro y por fuera-.
Qué clases tocan hoy, qué horario si ya es viernes,
a las doce cita con Alberto y Maite en la cafetería de la Uni,
después el menú del día en el comedor universitario.
¿Vendrá a la biblio la chica que tanto se parece a una actriz de cine?
Pronto llegarán los exámenes, y el invierno que se anuncia con lluvia y frío,
el aire como una ola que golpea sin tregua, el ciclo inmortal de la vida
del que aún no soy consciente, el futuro como una bala que dispararé a ciegas.
Ojalá atine, ojalá halle un mínimo de felicidad,
un pequeño oasis de amor, la comprensión de los amigos,
un trabajo que no solo me alimente.
Cuantas veces la luz anidó en tu mapa, cuantas el roce
fue un rastro de vida en tu pátina virgen, con el color
carne y el vello de la negrura alzándose desde tu raíz,
con la dermis como una bandera donde anuncias que no
hay rendición para tu voz altiva, te encoges si el frío
abraza tu desnudez, húmeda si la fiebre del calor logra
que brote un manantial en los poros abiertos, de ti
nacen ríos, colinas como venas, un mosaico que cuaja
en celosía cuando la vejez pone arrugas que señalan
el camino hacia un final que se antoja próximo
y forma nubes de tormenta en el cielo de tu alma.