En la habitáculos o en las concavidades, ya hogar
de mis silencios, en la arquitectura que construyó
un ideal diestro con las cenizas del perdón, bajo
el alféizar que expande sus alas como un pájaro de fe;
y más allá con la luz que lloró al ver morir el alba
entre racimos de luna, está mi corazón que un día
descubrió el azul posándose en la tibia sangre, como
cielo en la aurora, como mar en el río de mis venas,
como capullo de flor añil en cada latido que fue travesía,
sin la paz virgen de la infancia ausente, sin tu voz
acompañándome desnuda de sueños, porque el final
ya se atisba tras un árbol maduro que no dará
amparo al fluir encanecido de mis arterias.
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