Yo evito la sed de los carámbanos,
corro sobre cristales pulidos por el mar del invierno.
Nado sin que las rocas con sus aristas de nácar
graben en mi piel cicatrices ambiguas de sal negra.
Vigilo desde el faro de mis ojos la corriente de las palabras
que visten mi soledad con ecos de algarabía.
En la luz soy sombra, en el arrabal paraíso de pétalos al sol.
Soy el azúcar donde se endulza lo agrio,
el canto del ruiseñor que se une a los coros de la claridad.
Soy el círculo que viaja entre líneas paralelas
sin que ningún ápice acuda a herir el sueño
en el que vive el caudal
siempre en flor
del que un día partió
el tobogán de la infancia.
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