Dame la tiniebla del agua, el manjar insólito que tras el ardid
se viste de ángel, la fiebre del azulejo cuando la luz rompeen lloro de claridad sobre el caolín oscurecido, el frío del haz
que trasciende las olas como un desliz de lámparas en las crestas
del mar, el dulzor límpido que ansia un eco de perfume insomne,
tu brisa de panes al sol con el aroma pueril de los jazmines,
el coro que acompaña la estela de tu paso con cláxones mudos,
el principio que ya no es metamorfosis sino raíz de un árbol
de nieve bajo el color traslúcido que no logra seducir a los espejos,
la magia de la sal en la ceniza de un ascua que sobrevive en tu playa
como un dragón feliz que ha cumplido en la arena con su rito de fuego.
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