Allí, en la profundidad del mercurio, atravesando las capas del tiempo
mi rostro llega a los rasgos sin definir de la infancia, y descubro
la semilla que brota, la lisura de la piel, el orden tan simple aún
porque crece como una flor al cenit del mediodía, y es futuro
antes de ser pasado entregándose a la luz igual que se entrega
un esqueje a la misión de convertirse en árbol senil; allí estoy
con mi imagen que muda como una crisálida que mañana
será hombre, sin la voz adulta, sin la vejez que ahora sonríe
al imaginar ante el espejo cómo fue una vez su rostro de niño.
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