Es un estallido que en la paz vierte su hostil furia.
Son las vísceras que se abren a la luz como flores de sangre.
Es el fuego que asola la habitación donde los niños duermen.
Es la ceniza de miles y miles de cuerpos tras el holocausto nuclear.
Pero también existe en mí una forma de horror mucho más modesta.
En el silencio de la noche o al final de un día feliz,
al volver del trabajo con el cansancio en los párpados...
Allí está, otra vez, de nuevo, insobornable, mi amiga la culpa.
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