Aquí viene el aire que especula con la fría latitud
del cristal, afuera no puedo oír a los pájaros de abril,
en sus nidos de alares rotos hay telarañas que tejen
la red del tedio con la húmeda constancia y el tesón
de los insectos atrapados en su cárcel de afán, mientras
yo busco en las esquinas a la rubia de maquillaje atroz
ella ya no finge ser paraíso ni oasis en el mar sucio
que nombra al arrabal con la voz dulce de una virgen
ciega, sabe del instinto verde del éxtasis y de la cloaca
azul donde se baña el adúltero, sabe que en lo oscuro
no hay carámbanos de sol ni ojos que relampagueen
como luces que giran en las noches vertiginosas
bajo un carrusel donde el insomnio es una lámpara
sin párpados que proyecten, de pronto, un haz noctámbulo;
y llora sin voz, y calla la niña que fue, y fuma
cigarrillos de nieve que se deshacen como hebras
de hielo sobre su piel tatuada, y nunca ve venir la ola
de un resplandor que ya no la protege de sí misma.
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