martes, 10 de febrero de 2026

El día que conocí a la mujer rubia

 

Aquí viene el aire que especula con la fría latitud

del cristal, afuera no puedo oír a los pájaros de abril,

en sus nidos de alares rotos hay telarañas que tejen

la red del tedio con la húmeda constancia y el tesón

de los insectos atrapados en su cárcel de afán, mientras

yo busco en las esquinas a la rubia de maquillaje atroz

ella ya no finge ser paraíso ni oasis en el mar sucio

que nombra al arrabal con la voz dulce de una virgen

ciega, sabe del instinto verde del éxtasis y de la cloaca

azul donde se baña el adúltero, sabe que en lo oscuro

no hay carámbanos de sol ni ojos que relampagueen

como luces que giran en las noches vertiginosas

bajo un carrusel donde el insomnio es una lámpara

sin párpados que proyecten, de pronto, un haz noctámbulo;

y llora sin voz, y calla la niña que fue, y fuma

cigarrillos de nieve que se deshacen como hebras

de hielo sobre su piel tatuada, y nunca ve venir la ola

de un resplandor que ya no la protege de sí misma.


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