Podría medir los latidos del silencio con números de eternidad;
a mí me basta con la costumbre que tienen los años de poner
en los almanaques un código de secuencias sin retorno; jamás
me puse a contar de la luna sus eclipses, ni del sol los lentos arcos
que traza, regularmente, por la cíclica bóveda del mundo, ni
calculé los kilómetros que hay de norte a sur, de este a oeste
más allá, en la lejanía, mientras soñaba con ser la fósil raíz
que brota en una latitud desconocida sin los cálculos precisos
que sitúan las edades como islas de un tiempo fugaz, y es
que la matemática de mi memoria no concibe sumas ni restas,
ni en su registro hay divisiones o múltiplos, porque allí solo existe
la totalidad de mi yo que evoca cada día lo que ya no puede ser cambiado.
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