Se abre la bóveda al incienso de la luz, de saya
el vestido de la hembra que moja la lluvia.
Y tú, epifanía de blancor que en el portal desnudas el alma
¿por qué enmudeces como efigie de un mármol sin nombre?
Oh húmeda sed, recamado el oro, la estola carmesí, el lino
oculto por un óleo de santidad.
Y en el pórtico el pájaro de abril que no teme a la luz,
ni al aire en círculos, ni al agua que se desliza por el vitral
como un sueño de sirenas que en el cuarzo dulce y liso
dibuja los rostros tristes de mil arcángeles.
Cristales que en su desnudez líquida nombran a la esencia del mas puro don,
el bautismo y la lágrima, el cáliz lleno de paz, la lluvia como sangre de tu vorágine.
Altas las cúpulas de tus ojos que brillan con lentitud
bajo el arco iris que atraviesa el corazón del día.
Se desvanece el palio de tu sombra que perseguí entre el gris y lo oscuro,
entre el haz y un sol negro que no consigue revelar el contorno de tu pálida carne.
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