En la prisión de mis heridas, bajo la nieve del silencio,
clamáis al albor con la voz impertérrita de los cometas insomnes.
Sois el principio donde el sol se curva y llora la luz
la material ausencia de los hechos.
En los ciclos que tiñeron de ceniza los relojes
el impulso de vuestra sed dejó en mi sangre
lunas febriles de plata y níquel.
A veces os nombro en el mar de las sirenas.
Otras veces la mudez es olvido
y aunque resucitáis desde los sueños mas lejanos
mi frágil canción de senectud finge creer
la verdad sin patria de vuestro ancestral color.
Habitáis el jardín que traza círculos en las orillas del miedo,
venís como arroyo infantil a jugar con las flores que moran
bajo el pecio de mi piel.
Nunca conoceréis la muerte mientras yo sea vida.
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