miércoles, 28 de enero de 2026

Narración de lo fugaz

 

Como si la arena en el lento torbellino que cae sin memoria

desde los altares del tiempo me hablara de los iris perdidos,

tal vez de un mar oscuro que ya no finge volverse ola, y en

la duna de lo que fui una cóncava sed de espejos me devolviera

a la ronda de la fingida luz, al sonoro epitafio de las lágrimas

que llueven bajo las cúpulas del azar, y si aún estéril mi corazón

-desnudo corazón ajado por la recóndita noche-no cumpliera

con la razón de los astros, ese fulgor que vence a la fragilidad

oscura de la ceniza, ni en los arrebatos quedara el suburbio

de los detalles que nacen como esquejes al fluir de los recuerdos,

ni tampoco en el abisal latido donde se encuentran las venas

que duermen en el mismo cauce yo descubriera un latido

en armonía como enjambre o quizá miasma de una doblez,

de un falso edén con minúsculas huellas que son borradas

por la elipse de un viento atroz, si después de acomodar

los silencios, acoger a la bruma que humedece el sueño,

perseguir a los anuncios que resplandecen sin el neón artificial

de los cometas; y bajo un candil rojo ya no encontrara a la sombra

que nubló la luz del pábilo, la sonrisa del ángel, el hemisferio

donde las palabras son azules como la tez de un cielo sin mácula,

sin los ovillos blancos de esa masa gaseosa que perece al vaciar

su aljibe sobre la vana ilusión de retener entre los dedos la semilla,

la raíz, el oráculo, el frenesí, la ternura, incluso el vacío

en que el instante rompe en diluvio fugaz, sin retorno,

sin mañana, sin pudor lo que ya se ausenta para convertirse

en eco, hilos rotos, caducos, deshilachada la voz

que aúlla por volverse piedra para así no morir de vida.


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