Sales afuera de mis pupilas y eres ya un mundo
que sobrevive al alud del tiempo.
Desde la ausencia crecen las lunas que no te di,
en tu interior la música es una piel que enmascara
mi porvenir con ríos que fluyen por las vocales
de mi nombre.
Y estás con tus espejos de oro, con los mil pasillos
que llevan a la infancia que viví en tus orillas,
con la ternura de los cuadros que reviven
al amanecer como ángeles de luz
en los párpados de la niñez;
con tu aroma que renace al evocar el soliloquio
que recitas por las habitaciones sin la voz clara
de una madre que llama al día con el acento feliz
de las flores abiertas al aire cálido de agosto.
Y aunque no exista ya la sombra que mi cuerpo dejaba en tu cristal,
algo, tal vez un gemido en la noche que despierte en mí
la memoria de lo que fue tu presencia
vuelva por un segundo a encender las luces de tu pórtico,
aún en llamas.
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