Yo esperaba que crecieras segura de ti
entre las olas del mar de la vida.
Creí que poblarías mi sangre
con la altivez de quien se enfrenta una y mil veces
al destino que le tocó en suerte.
Pensé que igual que los músculos,
el osario que sostiene mi verticalidad,
el vello que brota impune por los recovecos de la piel,
la voz que madura y agrava su tono,
tú serías mi adalid,
el capitán de ese ejército sin nombre
que es un cuerpo cuando transita desvalido
por los círculos que el azar dibuja
sin tener en cuenta
ni el dolor
ni la herida.
Me equivoqué contigo ya que no pusiste en mí el acento del orgullo,
ni en las palabras un arma con la que amedrentar al enemigo que agrede,
ni la flor del narciso fue tu regalo, ni perseguí sobre tu cuadriga el oro de un triunfo,
ni me jaleaste en la lid, ni hallé ese amor que se volcara en mi como un perro fiel.
Y ahora qué queda sino el desnudo de un alma
y el solitario jardín que es mi edén
sin el juicio pertinaz
de la dura querencia.