Se abre la flor con las hojas
de seda y el tono escarlata de la pasión.
En mí la
fuga del verde, el acento dulce que mima las vocales,
las alas
que pliega el vencido cuando el aire roza su tez aún joven.
Y en la luz
el candil de la esperanza que ilumina el ojo
que lo
recibe tímido como si no fuese un regalo de la claridad.
Y en el
arenal oscuro donde la piel se confunde
con la
sombra infeliz de la erosión múltiple
mis brazos
en cruz, mi torso tiznado,
mi pecho
que suda la sangre negra de los ríos sin alma
te llama al
abrigo de los muros al sol, del volcán azul,
de la noche
que vibra con los acordes de un violín celeste.
No existen
ya las palomas que se alejan del mar como luces blancas,
no existe
el color en las flores, ni existe el árbol sin fruto tan pétreo,
tan fósil,
tan inmortal.
Unicamente
existe la isla que nunca fue jardín ni oasis
en medio de
un océano del que no recuerdo su nombre.