Adela, tal vez setenta años,
toca el piano todos los días
de tres a siete.
Es mi vecina del tercero.
En el segundo a cada poco se escuchan gritos,
son familia numerosa, y ya se sabe
compiten a ver
quien habla
más alto.
A los del primero casi no se les siente.
Qué maravilla.
Yo ocupo el último piso
-o sea el cuarto-.
Estoy entre la música de Adela
y el desván
por donde corren las ratas.