Desde que vi la luz, sin ninguna conciencia, hilé
con torpes dedos el tapiz que hoy conforma mi vida;
la tela desnuda, en blancor virgen, recibió la primigenia
puntada, irregular como de ojo ciego, frágil como
camino de agua, aún estéril en su transcurrir de río
imberbe, sin color todavía, sin la claridad de un dibujo,
un mapa, un paisaje o un símbolo que describieran
mis actos, mis hechos en sucesión, mis ansias infantiles,
con flores bordadas, arabescos y filigranas, geometrías
del azar, urdimbre única del lino que en el bastidor
va creciendo igual que crecen las amapolas en un campo
salvaje; allí la andadura inicial del ser, los juegos del niño,
la febril juventud, la madurez y sus cargas, el rostro mío
siempre en su faz, devorado por la textura del tiempo,
escenas que no volverán, recorrido de un hombre a través
del mar de la vida hasta el confín último de una muerte
que asoma ya entre las nubes que todavía ocultan el ocaso.