Dos islas sin un mar en medio.
Dos idiomas en distinto polo.
Las miradas no se encuentran
ni el pensamiento
los une.
Como barcos que van
uno a oriente
y el otro a occidente
no comparten
el mismo sol.
Dos islas sin un mar en medio.
Dos idiomas en distinto polo.
Las miradas no se encuentran
ni el pensamiento
los une.
Como barcos que van
uno a oriente
y el otro a occidente
no comparten
el mismo sol.
Se filtra la luz por los resquicios de la persiana.
Fue eterna la noche, yo marea,
yo jueves en un delirio de juventud.
Ocho y media de la mañana, la primera clase es de Metafísica,
se va el pensamiento hacia un perfil de mujer que vi y no vi,
las colas y las voces altas, los vasos de cristal casi vacíos,
la música desconocida, la luz azul del pub,
los saludos entre colegas.
Hora de entrada al colegio, tan próximo, el sonar de un claxon,
la vecina de arriba que canturrea algo ininteligible,
la ducha que espera mi cuerpo dolido
-por dentro y por fuera-.
Qué clases tocan hoy, qué horario si ya es viernes,
a las doce cita con Alberto y Maite en la cafetería de la Uni,
después el menú del día en el comedor universitario.
¿Vendrá a la biblio la chica que tanto se parece a una actriz de cine?
Pronto llegarán los exámenes, y el invierno que se anuncia con lluvia y frío,
el aire como una ola que golpea sin tregua, el ciclo inmortal de la vida
del que aún no soy consciente, el futuro como una bala que dispararé a ciegas.
Ojalá atine, ojalá halle un mínimo de felicidad,
un pequeño oasis de amor, el reflejo de una amistad,
un trabajo que no solo me alimente.
Cuantas veces la luz anido en tu mapa, cuantas el roce
fue un rastro de vida en tu pátina virgen, con el color
carne y el vello de la negrura alzándose desde tu raíz,
con la dermis como una bandera donde anuncias que no
hay rendición para tu voz altiva, te encoges si el frío
abraza tu desnudez, húmeda si la fiebre del calor logra
que brote un manantial en los poros abiertos, de ti
nacen ríos, colinas como venas, un mosaico que cuaja
en celosía cuando la vejez pone arrugas que señalan
el camino hacia un final que se antoja próximo,
como nubes de tormenta en el cielo de tu alma.
Sucede que el tren nos lleva a una estación desconocida,
que la noche es un mosaico de estrellas invencibles,
que con la palabra se izan los fuegos artificiales del deseo,
que la ciudad sonríe a nuestro paso y todo es carnaval
en las esquinas y en los rótulos está escrito con letras
luminosas el nombre del amor, que llueve y es abril
y que ya nunca mas seremos, en vez de dos, solo uno.
Yo también fui juventud y tuve hambre de vida;
no puede el tiempo explicar el ansia de lo que fluye
y marca con sombras ajadas el transcurso leve del existir;
si miro la huella que dejó en el aire un vocablo,
el misterio de arrojar semillas del ser sin la conciencia
de su inutilidad, el rostro que en el instante envejece
como una flor que el destino fugaz de lo ido desampara;
si en el recuerdo todos los nombres citan un adiós,
si un eco es la letanía de lo perdido, si avanzo
hacia esa luz ignota que indica un final inexorable,
entonces qué del hoy guardaré si un ascua
que apenas revive calienta el último vestigio de mi fe.
Mejor que allí no te de una urgencia.
A primera hora huele a desinfectante
y a ambientador barato.
El espejo medio roto,
el grifo que gotea,
el lavabo con restos de orín,
los urinarios con ese color levemente amarillo
producto de la mucha micción.
La taza del váter ¿dónde está?,
la cadena sin el pomo,
si tiras de ella cae un agua marrón.
La luz artificial automática se apaga
justo en el momento
en que mas la necesitas
-ya suponéis cuándo-.
El aire acondicionado del secador no funciona,
el recipiente de jabón no funciona,
la máquina de preservativos sí funciona.
Lo repito, mejor que no te de una urgencia
para evitar su uso.
Salvo que al final de la noche
la chica con la que ligaste
te pregunte si llevas gomas
y a ti ya no te quede ninguna.
Por un buen polvo hasta fingirás ser un valiente.
Allí, en tu vientre, conocí el dulce calor del silencio,
me llevabas a las islas de la luz y nadaba, crecía en el agua
fértil de tu lago como una sirena en el oasis de tu nido;
tu latir fue mío, mío fue el canto que llegaba a tu interior
desde el muro frágil de tu piel extendida, aprendí a nadar
en el líquido materno que era tibieza y era sostén de mi
embrionaria sed, llamé a tu portal con la incipiente forma
que crecía entre las paredes del amor, recibiste la semilla
en el cuenco de tu óvulo con la esperanza de que naciera
en ti el tallo que un día se volvería árbol en el bosque abisal
de tu estirpe; ahora soy yo la rama que busca un nuevo fruto
que madure en la luz y después caiga entre las raíces tuyas
como un carozo que se nutriese únicamente de eternidad.