Solo por pronunciar la palabra
huella
asoman con
la lucidez de lo imborrable
los ecos de
la vida.
Allí el
viento que el mar trae con la sal húmeda
que se
adhiere a mis mejillas de niño.
Allí la
eterna luz velada por el gris que ponía
en mi
rostro un gesto de triste desamparo.
Allí la
inocencia y el éxtasis de la juventud,
la sensible
canción que arropa el ansia del amor
con versos
que se posan en el nido de un corazón
que abre
sus pétalos a la vida como un narciso que sueña
con
descubrir reflejada su imagen en los ojos de quien ama.
Allí la
penumbra de una ilusión que se desvanece
igual que
el rocío bajo un sol sin clemencia.
Y la
candidez del arlequín como un traje que perderá el color
al
transcurrir las horas pálidas de un mañana
que no
reconoce en la pasión la más pura fe
del que
lidia con verdades en un mundo falaz.
Allí el
último canto sin apenas voz cuando llegue al estertor
todo lo ido
en una ráfaga de luz donde aún vibre
como en una
música final todo lo que fui
y hoy ya es
historia.