Yo, el navegante, surco el hilo cósmico que conduce a tu casa.
Me recibirás con el cáliz del bardo y la voz noble del amigo,
en tu hogar de marfil y oro las cenizas son luz de poesía,
alfombras de Birmania en el suelo de haya,
oraciones que cubren el organdí floreado,
la cómoda que labraste con cien rostros de ninfa,
el atril sostiene las alas abiertas de un poemario en ascuas.
La nobleza del incienso se posa en los caireles como un rocío de santidad,
y tú detrás del óbolo recibes a una sombra carmesí, la música endulza
tu clarividencia cuando hablas y suenan inútiles los címbalos, las chirimías,
el gong, la flauta, los instrumentos de cuerda en un crisol de ángeles.
Y yo con mi arbitrio, mis tópicos de nieve en tu árida mansión,
mis largos cabellos enredándose en tu alquimia de frases dulces
como jugo de un néctar sin raíz.
Te fumas de pronto la noche con el papel del ensueño en las pupilas,
viertes almendras bajo el sofá clandestino, sorbes el líquido
vertebrado de una ilusión que expandes luego en el carril de mi boca
con la sapiencia del ilustre.
Te escucho enlazar la cordillera del verso con la flor del éxtasis,
y en la estrofa late un tigre de cal verde, se columpia tu cadencia
entre árboles sin ramas, mientras yo repito como un eco febril
la bondad de la palabra que ríe, el rumor de agua nueva del verso,
la caricia de los labios abriéndose al sol del poema
como un túnel se abre a la luz después de haber sido noche.