Ahora sé que en la ciudad fugitiva hay olas
que arrastran un mar de recuerdos, ciudad
sin norte que se eleva por las raíces del aire,
con alas de ceniza que mueven hilos grises
que en el pasado fueron coral rojo, vértebras
de un animal que cazaba sombras entre las luces
de neón y los solsticios de invierno, ciudad
que atraviesa sendas celestes por las vías
del invisible canto, ciudad vestida de abril
con flores en los patios y frutos de oro que brillan
como cornucopias al sol en las ventanas del alba.