En el espacio donde duerme el silencio la zona gris de la luz,
penúltimas tardes que se entrecruzan por la rendijas que despiden con ecos
la luminosa estación de los adioses.
En el cielo la ósmosis de nube y azul danza entre claroscuros
como pájaros velados por la vespertina fuga de los calendarios
abiertos a la soledad de un tiempo que forma elipses
bajo racimos astrales de infinitesimal desliz.
Y vuelve la sombra al árbol y la noche al alma y la negrura al pozo
donde el carbón semeja el tizne ambiguo de un celeste ovario
sin la luz de un sol entre escombros que renacen al día
como un sueño de blanca palidez.
Y en el corazón de la ceniza, y en el revés de la luna,
y en el grafito que no escribe con el lápiz que fue aurora,
un único dibujo queda sobre el papel ya ennegrecido por la edad.