Lanza su onda de nieve el cielo gris,
no son pétreas las nubes con su aljibe
opaco como un artificio de agua
en la oscuridad del cenit, nieva
en la luz que, poco a poco, enfría
el corazón donde late mi alma.
Lanza su onda de nieve el cielo gris,
no son pétreas las nubes con su aljibe
opaco como un artificio de agua
en la oscuridad del cenit, nieva
en la luz que, poco a poco, enfría
el corazón donde late mi alma.
Éramos tan diferentes.
Él rudo,
huraño,
melancólico.
Yo vital,
bondadoso,
un hombre responsable.
De niño Caín me miraba como si tuviera
la espina de los celos hincándose
en lo mas recóndito
de su corazón.
Cada uno eligió su tarea,
él cultivar los campos de sol a sol.
Yo pastorear los rebaños desde el amanecer
hasta que el día anunciaba
la proximidad del crepúsculo.
Dios nos pidió una muestra de amor.
Caín le entregó cien gavillas de trigo
y yo un hermoso carnero.
Le dije: no soy culpable de que Dios eligiera mi presente.
Entonces de su zurrón sacó una quijada,
golpeó y golpeó en mi cabeza
hasta que comprendí que ese era el final
y que a Caín le esperaba algo peor que la muerte,
el juicio de Dios.
Este sol que aturde los sentidos y está sed
que cuartea mis labios y seca mi lengua.
Labro en la plenitud del día y en la sombra de la noche,
el fruto se agosta, el trigo es negro como mi ansia.
Abel ríe mientras su rebaño bebe en el manantial
y come la hierba aún fresca del rocío.
Yo daré a mi dios un resto de la mies,
él le dará el hermoso ejemplar de un carnero joven.
Arrodillado, con la piel ajada lloro ante el desprecio a mi labor,
y crece en mí un fuego omnisciente que busca el rostro hermano
con la rabia invencible que destruye la armonía del bien.
Aún gotea de sangre el instrumento de la maldición
cuando mi dios indaga por la suerte de Abel.
Yo respondo, herido en lo profundo,
soy acaso el guardián de mi hermano.
La ira del creador marca mi frente,
y es entonces que debo vagar incesante por las duras estepas
más allá del edén donde oriente es un páramo infinito.
Y así será para mi estirpe durante toda la eternidad.
Corre el agua cristalina, cantan alegres los pájaros,
los frutos en sazón, el cobijo de la fronda, y tu desnudez
de hembra ante mí; yo no quería nada más que habitar
el vergel, tú eras asombro, codicia, la luz que descubre
el oro oculto del saber; te tentó la sierpe con palabras ciegas,
comí de tu mano la pulpa blanca, fue entonces que conocimos
el dolor, la oscuridad y la condena de vivir en este mundo sin alma.
Dos islas sin un mar en medio.
Dos idiomas en distinto polo.
Las miradas no se encuentran
ni el pensamiento une sus voces.
Como barcos van uno a oriente
y el otro a occidente
sin compartir
nunca
el mismo sol.
Se filtra la luz por los resquicios de la persiana.
Fue eterna la noche, yo marea,
yo jueves en un delirio de juventud.
Ocho y media de la mañana, la primera clase es de Metafísica,
se va el pensamiento hacia un perfil de mujer que vi y no vi,
las colas y las voces altas, los vasos de cristal casi vacíos,
la música desconocida, la luz azul del pub,
los saludos entre colegas.
Hora de entrada al colegio, tan próximo, el sonar de un claxon,
la vecina de arriba que canturrea algo ininteligible,
la ducha que espera mi cuerpo dolido
-por dentro y por fuera-.
Qué clases tocan hoy, qué horario si ya es viernes,
a las doce cita con Alberto y Maite en la cafetería de la Uni,
después el menú del día en el comedor universitario.
¿Vendrá a la biblio la chica que tanto se parece a una actriz de cine?
Pronto llegarán los exámenes, y el invierno que se anuncia con lluvia y frío,
el aire como una ola que golpea sin tregua, el ciclo inmortal de la vida
del que aún no soy consciente, el futuro como una bala que dispararé a ciegas.
Ojalá atine, ojalá halle un mínimo de felicidad,
un pequeño oasis de amor, el reflejo de una amistad,
un trabajo que no solo me alimente.
Cuantas veces la luz anido en tu mapa, cuantas el roce
fue un rastro de vida en tu pátina virgen, con el color
carne y el vello de la negrura alzándose desde tu raíz,
con la dermis como una bandera donde anuncias que no
hay rendición para tu voz altiva, te encoges si el frío
abraza tu desnudez, húmeda si la fiebre del calor logra
que brote un manantial en los poros abiertos, de ti
nacen ríos, colinas como venas, un mosaico que cuaja
en celosía cuando la vejez pone arrugas que señalan
el camino hacia un final que se antoja próximo,
como nubes de tormenta en el cielo de tu alma.