Tu dedo pulgar
cubre la luna llena.
Mis ojos solo ven un halo de claridad
en el contorno de tus dos falanges.
Así es tu amor
como un eclipse
que ensombrece
la más
clara
luz.
Tu dedo pulgar
cubre la luna llena.
Mis ojos solo ven un halo de claridad
en el contorno de tus dos falanges.
Así es tu amor
como un eclipse
que ensombrece
la más
clara
luz.
Aún espera, como un remanso, que agite el agua. Y me dice, ven, porque es semilla que no floreció. Y me dice todavía puedes, estoy aquí, a tu sombra, en el lado oscuro, en la fantasía, en el sueño, en el otro yo que te invita a ser. En la cruz de la memoria solo existe lo ido, no la fugaz idea evanescente, sí la vivencia, las huellas que un día yo marqué en la piel del tiempo. En cada segundo hay una elección implícita que abandona a su suerte no nacida el caudal invisible que se verterá en otro río, por eso mi sangre lleva en su interior la cicatriz de lo que hice, indeleble como un fósil en el mar de los latidos.
La llamo siempre pero es caprichosa,
se presenta sin avisar con ese rostro infantil
y ese cuerpo que baila en medio de las sombras
para que brote en mí la paz que el corazón festeja
con latidos que galopan sin pudor entre la espesura
de la sangre dolida.
Los lobos del desencanto la acechan, los tristes días
son un ejército que sitia su canto, pero que no consigue apagar
la música que surge de lo hondo y que acompaña al festival de la luz.
Así llega y así se va, en un estallido agota sus fuerzas
como fuegos artificiales en la plenitud de la noche;
y después, se oculta.
De pronto amaneces sol, con la luz tan clara del verano
y yo pienso que no eres tú, bajo mis párpados sigues gris,
derramada en lluvia, con el hastío secular que en los edificios
se transforma en metáforas de nieve, con el frío húmedo
que en mi carne aterida deja constelaciones azules como
ramificaciones de un manantial que transita por los recovecos
más íntimos de mi ser creando surcos de paredes mudas,
sin una voz que responda a su fluir de agua casi retenida
por el cauce que se multiplica en frágiles cristales de hielo,
flores de escarcha que decoran el líquido paso, ya no es rojo
el frenesí sanguíneo, un haz de blancura surge de mis venas
abiertas a la luz donde habitas tú en la espiral de un invierno
que no consiente que llegue a mí el sol amarillo del estío.
Hablas tan lento, gimes, susurras, a menudo te retiras
si la alegría llega con las voces del éxtasis en corro
festivo, y eres lágrima y eres la flor de una tristeza
que viste tus horas con pétalos caídos junto al árbol
que regaste con los sueños más caducos, recurres sin
fin al pasado como quien visita la vieja casa de la infancia,
piensas en los amores idos, en las personas que ya no están
y que tanto has querido, no ves en el futuro un horizonte
en el que el color resplandezca con la luz que emana
de una juventud ya marchita, tu raíz es oscura y tiñe
de silencio los días, para ti vivir no es un don sino una
carga que hay que llevar con la dignidad propia del
que fue derrotado por la sed inclemente de la fiel tristeza.
Parecen citas, pero no lo son.
Esperando en la tienda por el pan,
igual que tú.
En el vagón de metro,
a la una de la mañana,
nosotros dos solos.
Aquella película de Kieslowski,
sesión de las cuatro,
en los cines Tom y Jerry,
el único perfil de la sala
que entreví era el tuyo.
En el pub “El tranvía” tú también tomabas Tío Pepe.
Es indudable hay muchas cosas que nos unen.
Y hasta es posible que nos gustemos.
Te lo digo ahora que hablo contigo
y el espejo
no contesta.
Nunca conté tus peldaños hasta la puerta de casa.
Te veía serpiente de recodos oscuros, laberinto
que inclina su pedestal sobre cuatro pisos
de los que solo uno es mi hogar.
Un eco me persigue si desciendo con pisadas impares
los escalones que forman tu espalda.
Nunca me cruzo con nadie, nunca llamo
a las otras puertas de ennegrecida madera.
Eres un río por el que circula mi cuerpo como un galeón furtivo,
eres mi confidente porque en los momentos de soledad
te muestras receptiva igual que una madre amorosa.
Al hollar tu piel busco mis pisadas más jóvenes entre tus losas
que ya no son niñas.
Son la cicatriz que perdura abierta para que yo encuentre
el mapa que me permita subir a lo alto, hasta tu cielo inmortal.