En todos mis poemas están.
La flor marchita,
el cadáver de un sueño,
los ojos cegados
por la luz.
Y siempre, siempre
lo que he
vivido.
En todos mis poemas están.
La flor marchita,
el cadáver de un sueño,
los ojos cegados
por la luz.
Y siempre, siempre
lo que he
vivido.
En el aura inmóvil habita la caricia del tiempo,
aún la brasa calienta tu fe mientras duermen bajo
el olivo los estigmas de una sombra que aniquila tu nombre.
Aguardas un sol nuevo que ilumine tu presencia de mar cautivo
entre faros sin luz, finges moverte en la calima porque nadie ve
tus miembros de piedra, su ancla azul de hilos que lloran por la feliz
cadencia de unas olas que murieron en los arenales del azar.
Y te plantas en los días como un árbol cuya savia es la memoria
dulce de los insomnios que recrean oasis de ternura, paraísos
donde las huellas siguen vivas como cicatrices de fuego
que retornan en la noche de tu candor infinito.
Cuál es el límite, en qué reloj encontrarás un pozo,
un agujero en que caiga esta falange del futuro que te ata al espigón
de la indolencia, al frío cáliz de la pasividad donde todo es silencio.
Extiende el hilo que mana de tu nombre, confía en el alud
que acude al rubor como una lengua que sella los besos
imberbes, en los hombros la música escribe notas que azulean
la piel, consignas que decimos en el interior de los muros
de cristal esmerilado, palabras que tú murmuras y yo deletreo
bajo la paz ardiente de la media tarde cuando los pájaros
trinan en las ramas y un sol altivo se desnuda en el horizonte
como una lágrima de redondo ámbar, así el presagio, la raíz
del pensamiento, la huella tuya que aún permanece bajo el rosal
que un día planté, el oro grácil de las alianzas que brillan en los índices,
la bondad que es un corazón con las alas del sueño, el río y el pilar,
el pretil y el farol, la insólita distancia que se acorta si nos alejamos,
la lluvia que ya no es lluvia al sucumbir en la corriente, nuestros
soliloquios que a la vez son canto y eco, el sombrío eclipse
que la luna ahuyenta con su luz de madre buena, y la flor
que te entrego con pétalos dulces donde anidan mis ojos que,
ya para siempre, poblarán tu jardín como efigie de mayo.
Acompaña la luz como un río que esparce flores de agua,
y cae desde el cielo con pétalos que mojan las raíces
más yertas, para que de nuevo germine el fruto y con él
la vida.
Te reconozco por el canto y no por la palabra.
No por lo que dices que es común como el aire.
Si en el acento que crea la armonía
donde habita el lenguaje.
Te escucho porque eres trino, lo último de ti que me llega
es el idioma en que me hablas.
Como la de un pájaro
tu voz libre
no tiene dueño.
Quisiera como tú cantarle a la vida
y que después
llegue al fin
la palabra.
La letra bordada, la tersura del encaje,
los ribetes azules, la doblez perfecta,
el triángulo que asoma en el bolsillo
izquierdo del blazer.
Te prefiero tan humilde como mi alma,
para que recibas las lágrimas del dolor
o a la innoble fuente
que mancha
tu virtud.
Ay! el grito que enmarca el azul, esa curva hostil
del tronco ante la ira de Dios, de qué sirven tus alas
si la culpa es densa como la pez, la sierpe aprisiona
tus músculos con el atavío del dolor, no hay pájaros
que se posen en tu álgida testuz, qué has visto ante ti,
quizá la mano alzada de la condena inclemente,
el rostro que pronuncia las palabras terribles
que nunca quisieras haber oído, y en el pedestal
el blancor de un tallo que te muestra al mundo,
en su base febriles dragones vierten el agua
donde ahogarás tu pavor, te miran los niños
con la curiosidad del ángel imberbe, las madres
dejan que los perros orinen sobre los monstruos
que te circundan, mientras yo sigo aquí, solo,
esperando a que anochezca, a que las sombras
oculten tu sombra, y a que nadie se acerque ya
a escupir en el pozo negro de tu memoria.