Cuando te aproximas a mí
siento como si llegara
sin avisar
el frío
que trae
la última
nieve.
Yo te doy mi calor para que retorne a ti el verano.
Juntos formamos
la primavera
fugaz
de una existencia
que poco
a poco
se acaba.
Cuando te aproximas a mí
siento como si llegara
sin avisar
el frío
que trae
la última
nieve.
Yo te doy mi calor para que retorne a ti el verano.
Juntos formamos
la primavera
fugaz
de una existencia
que poco
a poco
se acaba.
No conseguiré que vivas otra vez en mis ojos,
mi tacto ya no discurre por el mapa de tu cuerpo
como una cicatriz que crece, mi voz y tu voz han
dejado de cruzarse en el territorio efímero del aire,
mi pensamiento es un haz que transita los fríos jardines
de la noche en busca de un diálogo que se ha vuelto mudo,
al no verte sentí en la estancia un aura negra de flores cautivas
bajo el redil de la añoranza, nadie salvo yo sabe que te has ido.
¿Y tu latido, el azahar en la piel, la galanura de tu frente
pintada de rojo? Como un clavel arrancado del sueño así
tu fría calavera, como en el trasluz que esconde su luminaria
con el velo de la caída ya no refulge el estío en tu verano
ideal, aún guardas tesoros bajo la pátina gris del olvido,
todavía titilan en tus espejos las noches de luna llena,
en las habitaciones el inútil color de las sombras se columpia
en el aire como si jamás la luz con el manto de la claridad
hubiese extendido su altar de sol por los lugares donde
lo oscuro dejó de ser un símil sin voz del silencio, te
recorro desde el dintel de la puerta que abre su boca
ya desnuda de vida hasta el rincón que esconde mis
antiguos secretos de infancia y vuelve a mí toda la luz
que un día llenó de paz este espacio en el que aún
sobreviven mis huellas bajo las ruinas de un tiempo fósil.
Hay un pájaro en tus ojos que también
vuela en el azul, si tu amor así lo quiere
yo seré ese pájaro y volaré por el azul
de tus ojos hasta dónde me guie tu cielo.
Mi orgullo sois,
mi verdad sois,
mi guía sois.
Sin vosotros no hay luz,
solo egoísmo
y noche.
Abre el corazón de la tierra y deposita en él
la planta sarmentosa, riega con paciencia lo
que aún es esqueje para que crezca altivo
el tronco de la vid en busca del sol y de la luz;
recibe el fruto arracimado, la redonda uva verde,
saja su raíz con amor de padre, una día llevarás
a tus labios el rojo efluvio que embriaga y sentirás
la dicha que en las venas posa un ardor de siglos,
el vino que de la tierra nace y en el alma se esconde.
Naciste hilo de agua entre peñas, un hilo que recorre
el surco alimentándose de la lluvia y de las generosas
arterias que vierten en ti su líquido fértil, transcurres
en sazón, preñada tu matriz como la vena de un aljibe
sin fondo, tu cintura de meandros fugaces, de silvas
y álamos en los bordes, de peces antiguos que cruzan
de orilla a orilla el indómito cauce; tu fluir de manantial
eterno semeja un látigo que agita tus aguas hasta
que de pronto un abismo asoma, allí donde
tu cabellera cae con rumor de fuente bravía
en cascada de espuma, prosigues en ágil canto
tu singladura, ya turbia la piel que rompe
en los labios de un mar que aguarda,
amoroso, tu inagotable beso.