En mis ojos hay nieve y en mi corazón hielo.
Qué silencio, qué blancura,
el cazador va desnudo,
su faz es la mía.
Los abetos y la cabaña
junto al lago.
No olvido que el lobo acecha.
En mis ojos hay nieve y en mi corazón hielo.
Qué silencio, qué blancura,
el cazador va desnudo,
su faz es la mía.
Los abetos y la cabaña
junto al lago.
No olvido que el lobo acecha.
Porque existió en la llama toda la fiebre de la lucidez,
porque un crepitar de leños fue la música que acompañó
tus días, porque de la yesca del deseo brotó un ángel de luz,
porque al calor de las ascuas el frío es tan solo una palabra
sin voz, porque si ahora yace la ceniza en tu corazón
es porque en su interior una vez hubo fuego y viviste.
En la hendidura el magma de la fe.
Ni catedral insomne
ni gemas en la cruz
ni el blanco del armiño.
Solo la fe como una espada de fuego.
Y el yo que sufre por no ser uno.
Duele el dolor de Dios en mí.
Antigua vas con la camelia bordada y en el canesú
ribetes de olvido, así con el frío de lo que fue un árbol
de cabellos rojos, con el perfume del ángel en las axilas
y en la frágil espalda una cicatriz de la que aún manan
los sueños persigues la bruma en el bosque de un cuadro
como ninfa inmóvil de un verde ya desvaído, te alejas
en mitad de la lluvia con el sombrero del azar que corona
el enjambre de tus bucles, casi levitas sobre la luz que te lleva
hacia un confín ignoto, y en la anacronía descubro que nunca
fuiste tú tan real como ahora en que ya no estás y te has ido.
Ni barco ni luna, espigón que clava en el azul
su esqueleto, solo orilla que recorta su faz
en la piel del océano, símil de efervescencia
tu nido de volcán ya todo ceniza, en ti llueven
las flores del drago, en ti el acento dulce
y la piel oscura del guanche, en ti el sol
de África y los jardines del trópico
que coronan la infinitud de tu alma.
Años tardó en encontrarla.
Filtró humores, desechó la pena,
quince semillas del verbo jugar,
trece gotas de picardía.
Al final añadió
las cuatro sílabas
de la palabra
inocencia.
Como si fuera el mayor de los triunfos
gritó su nombre:
¡la risa!
Vino y tocó en mi ventana.
Creí que eras tú, requiriéndome.
Su rítmica insistencia
la pensé como un ardid de amor.
Me equivoqué,
pues no eras tú
era el viento traidor
quien
a tales horas
llamaba.