Se fue.
Sin más.
Ni una nota,
ni un aviso,
ni una despedida.
Nada.
Era
la noche.
Nunca te vi con las flores del alba,
ni en el episodio de la luz un velo de niña acogió tu hambre virgen,
solo fuiste lluvia sobre el horizonte de las amapolas,
un leve eco que rocía la ternura de la tarde,
un silbido frágil sin la plenitud del relámpago,
el oro sin la mitad del brillo en los cabellos que te pueblan.
Así en el tobogán gris que desliza su curva por los misterios del aire
vagas entre el azul y el fulgor que anuncia los encendidos meteoros
de una pasión antigua.
Qué púlpito nombró tu metamorfosis de duende,
en qué noche los filamentos de la luz brotaron de tus ojos para iluminar
el paraíso desnudo de tu carne.
Hoy crepitan las lilas en lo hondo del corazón,
la edad ha dibujado en tu piel dentelladas de silencio
y ya no eres la sinrazón que quebraba los horóscopos
donde yacían nuestros signos como árboles de un mismo jardín.
De pronto has vuelto a las esquinas, al frío, al portal oscuro
que guardaba tu sombra, a veces la luna sonríe en el marfil
de tus molares, otras veces la cruz delgada del olvido
pesa en tu corazón de infancia, entonces sueño con lo imposible,
el reloj se detiene y te busco en mi memoria
donde has anclado tu raíz eterna
entre los besos huidos
y la palabra que yace muda
en lo hondo de mi ser.
Como animal vivo se ramifica, extiende rayos negros
igual que una estrella en el firmamento del folio,
de pronto líneas en horizontal, en vertical, angulares
juegan hasta desprenderse unas de otras como gotas
de mercurio, y al fin se unen, se asocian en letras,
crean mundos, belleza, un nuevo orden que antes no
existía y he aquí cómo de la nada brota el poema.
Oír voces sin que nadie esté contigo, ser lo imposible,
un pájaro-pez, o una nube de cristal, temblar ante la imagen
que devuelve el espejo roto, no tener nombre ni pasado,
existir como el rocío que muere con el sol del invierno.
¿Acaso recibiste de Helios la pasión pura,
provista de luz cegadora?
Tu fama de hechicera sirvió a tu amante
para rendir al dragón que guardaba el vellocino de oro.
¿Por qué tu ingenio, tus ritos, tus pócimas no te revelaron
la traición futura de aquel que usó tan arteramente
tus dones para sus propios fines?
Medea, la salvaje, la que obra sin temor,
la que hace del hechizo un arma triunfal,
la que no pudo soportar el engaño de aquel
por el que dejó atrás todo: su país, su familia, su honor…
Hoy te recuerdan por el suceso más cruel,
la muerte de tus hijos, la venganza contra Jasón
y contra el destino que no te permitió ser feliz.
Con el estigma en la frente vagarás
como proscrita en busca de olvido.
Tú, que hiciste del dolor una bandera
y de la pasión el fuego voraz
que destruye
la raíz de la inocencia.
Si yo persigo la luz dentro del túnel,
si la duda me hiere más que el error,
si desconozco qué hay detrás de un interrogante
y todavía confío en mi suerte, si no busco morir
en la ignorancia y hago del acierto o de la equivocación
una verdad con la que no sé si ganaré o perderé la partida;
entonces yo apostaré todo por mis sueños, quizá
así se cumplan y, si no, siempre me quedará
el orgullo de haberlo intentado.
Un patio que es piel negra.
La luz envuelve tu pañuelo,