El primer beso que te di,
la tierna infancia,
mi alocada juventud,
y el mar,
el mar,
que no me cabe
dentro.
El primer beso que te di,
la tierna infancia,
mi alocada juventud,
y el mar,
el mar,
que no me cabe
dentro.
A lo sumo me aproximo.
Un siete o un ocho.
Nunca consigo la cifra exacta
que me permita ganarte.
Será porque eres mano
y, tal vez,
truques
las cartas.
Pero no importa
porque mi siete y medio
es estar contigo
y yo soy feliz
si tú eres feliz
cuando me ganas.
Así ando, vestido solo de lluvia, con mi desnudez al alba,
el corazón sin pálpito, el fuego fatuo de la inclemencia,
mi piel absorbe el frenesí mudo del fervor, mi voz ausente,
mis ojos de candil, mi noche en la noche eterna de los ecos
angelicales, la plaza gris, en la fuente de los caballos la canción
del agua, el farol de luz que titila, el motete monacal a deshora,
pájaros en el cielo negro, el claustro y la bóveda, el pórtico
sin ángeles, la oración que fluye por mi sangre y no es roja
sino azul como un mar que surca las arterias del alma, y tú
que me sigues, sin saberlo, por las rúas que en silencio nos vigilan.
Yo soy quien dispara el fusil.
Yo guio un dron.
Yo formo parte de los cuerpos especiales.
Yo me encargo de la logística de los cohetes.
Y yo soy General, lo mío es la estrategia.
Todos matamos pero cada cuál lo hace a su manera.
Haz del rito un eco de ti.
Entre el índice y el corazón
un cilindro de papel
con hebras
rojas.
Quería compartir la palabra,
el mismo gusto en la lengua,
las brasas que se vuelven
ceniza.
Tu humo y el mío juegan
enredándose igual
que dos amantes
en la fría noche.
Consigues círculos perfectos,
yo ríos de algodón
de un gris, casi azul.
Los consumimos a la par
y no nos importa la muerte anunciada
si lo que nos fumamos
es la vida.
Recibe en pie el aire voraz, mensura el arrebato,
dale sosiego al ardiente corazón, que la palabra
encauce el dolor para que razone la ira, que tus
demonios no empuñen el arma después de la afrenta,
aguarda a que llegue la luz cuando todo lo que te rodea
es sombra, mide el golpe que darás para no sentir la culpa
por un exceso de fe, que jamás la desesperanza anule
tu juicio solo así cada decisión que tomes será libre.
Mi adversario soy yo, en la luna del espejo sangra mi carne, siento
la herida que el puño causa y es mi alma quien verdaderamente
sufre el inacabable martirio, resbalan hilos púrpura por mi torso desnudo,
en mis ojos hay islas que supuran lágrimas carmesí, danzo en pos
de mi sombra, golpeo sin pausa, cada golpe que dirijo contra mis cejas,
mi mandíbula, mi boca, mi costado, mi pecho, mis pómulos, mi abdomen
me vuelve más insensible al dolor, ya no noto la luz de neón en los párpados,
ni respiro casi el oxígeno vital, apenas me llega la algarabía que rodea
el inexistente cuadrilátero, el espejo es mi tapiz, los segundos crecen
en secuencia, no podré levantarme al alcanzar el diez, la toalla del sueño
vuela entre las nubes del azogue, en el instante en que yazgo vencido
tú vienes a mí y aunque no eres real me abraza tu cariño, tu consuelo,
tu ansia de curar mis heridas, soy a la vez el ganador y el perdedor
de un combate que no cesa de vivirse, mañana, como cada día, regresará la lid,
el rival, que me conoce desde siempre, habita en el espejo y no tiene piedad.