Elígeme entre las rosas blancas,
desde el tren que atraviesa la luna de tu nombre
hasta la lluvia que crece bajo los aleros del azar,
con la vibración estéril de la linfa
y de la sangre cayendo en ramal por la oscura senda del deseo,
y en el arrebol la pálida caricia que viaja en nube
y en la distancia los visillos que ocultan los iris de tu ojos tristes.
Nuestra ciudad no llora, es alegre como un rizo que cae altivo
sobre la faz de la alegría, pero la otra ciudad callaba y en la bruma,
en el sudor de la piedra, en los arcos donde la lluvia proclamó su desnudez,
en la metamorfosis que va creciendo en tu alada trayectoria de mujer sin destino
antiguos vítores acompañaron el tránsito de tu imagen sin edad.
Tu imagen que ya no es abril entre arbustos de color,
que ya es eternidad de luces bajo una bóveda de ángeles
que nombran el callado río donde nada tu sonrisa
que huyó al morir de repente toda la claridad que un día reflejó el ideal
de un sueño vibrante y fugaz como el rayo que en la noche destella
sin la memoria de haber sido una cicatriz de luz
que vaga desde entonces por los intersticios del recuerdo.

