Aún guardo el pudor de la infancia
y de la juventud el fuego que quema la nieve;
son dos cosas a las que no renuncio,
en mis pómulos el carmesí perdura
y en mi blanca piel
la enrojecida huella del deseo
como señal de que he vivido.
Aún guardo el pudor de la infancia
y de la juventud el fuego que quema la nieve;
son dos cosas a las que no renuncio,
en mis pómulos el carmesí perdura
y en mi blanca piel
la enrojecida huella del deseo
como señal de que he vivido.
Los cuerpos que gimen,
la ausencia de la palabra,
la sensación de plenitud,
la sexualidad como una flor
que se abre a la noche.
Y después, para ti, la nada.
Y para mí la condena
de no poder olvidarte.
Toda la herencia la dividimos por mitad.
El dinero del Banco de Santander,
lo obtenido por la venta del inmueble de Madrid,
del chalé de la Sierra, del coche casi nuevo
y del inventario de las casas.
Dos millones por cabeza.
A Juan le vino muy bien para saldar sus infinitas deudas.
Yo vendí mi humilde piso de cincuenta metros cuadrados en Lavapiés
y me compré otro de más de cien metros en el barrio de Salamanca.
Gracias, papá.
Te queremos.
Sobre todo ahora
que te has ido
para siempre.
Tu manto paraliza el corazón de la alegría,
eres una brisa torpe que se ancla en el ánimo
como un nube de piedra, callas cuando pregunto
por tu raíz sin voz que oscurece el horizonte
de mis sueños, y nunca huyes como un pájaro
que construyó en mí su nido de silencios
con pequeñas briznas de soledad, igual
que mi sombra me sigues sin que yo
pueda evitarte, pero un día se abrirán
mis párpados a la luz y entonces reiré
como ríe el náufrago que encuentra
por fin su isla añorada.
¿Qué hay allí sino el mismo aire,
la misma luz que atraviesa la sombra,
mi cuerpo que divide los dos planos
de un único mapa?
Cruzo el umbral y no hallo tu voz
en la habitación vacía.
No es un puente el dintel,
la oquedad reina
en su interior.
Nadie espera detrás,
nada existe
en el pozo
de lo no vivido.
Se abre la flor con las hojas de seda y el tono escarlata de la pasión.
En mí la fuga del verde, el acento dulce que mima las vocales,
las alas que pliega el vencido cuando el aire roza su tez aún joven.
Y en la luz el candil de la esperanza que ilumina el ojo
que lo recibe tímido como si no fuese un regalo de la claridad.
Y en el arenal oscuro donde la piel se confunde
con la sombra infeliz de la erosión múltiple
mis brazos en cruz, mi torso tiznado,
mi pecho que suda la sangre negra de los ríos sin alma
te llama al abrigo de los muros al sol, del volcán azul,
de la noche que vibra con los acordes de un violín celeste.
No existen ya las palomas que se alejan del mar como luces blancas,
no existe el color en las flores, ni existe el árbol sin fruto tan pétreo,
tan fósil, tan inmortal.
Unicamente existe la isla que nunca fue jardín ni oasis
en medio de un océano del que no recuerdo su nombre.
En el espacio donde duerme el silencio la zona gris de la luz,
penúltimas tardes que se entrecruzan por la rendijas que despiden con ecos
la luminosa estación de los adioses.
En el cielo la ósmosis de nube y azul danza entre claroscuros
como pájaros velados por la vespertina fuga de los calendarios
abiertos a la soledad de un tiempo que forma elipses
bajo racimos astrales de infinitesimal desliz.
Y vuelve la sombra al árbol y la noche al alma y la negrura al pozo
donde el carbón semeja el tizne ambiguo de un celeste ovario
sin la luz de un sol entre escombros que renacen al día
como un sueño de blanca palidez.
Y en el corazón de la ceniza, y en el revés de la luna,
y en el grafito que no escribe con el lápiz que fue aurora,
un único dibujo queda sobre el papel ya ennegrecido por la edad.