Y si vuelve a la memoria toda
la sed perdida
qué
parpadeo dejará en mi nombre aquella luz
que
retorna a las calles de nuevo vivas.
Luce
la lluvia sus flecos que lavan la sombría piedad del granito;
voy
adonde la música inventa círculos, al ágora que bendice
las
palabras que nos dijimos tras el cruel insomnio.
Aquella
noche fue una isla sin el océano que aleja los cuerpos
como
ramales de un árbol que perece bajo la sola luz
del
candil que yace en un rincón sin ningún ojo
que
reciba ya su artificial cabellera de ámbar.
Te
ves en los charcos con la faz que huye igual que una risa
entre
los ecos de la penumbra, piensas que hubo playas
con
olas de satén en tus orillas de sal virgen.
Das
testimonio de un farol sin la llama de los leones
en
las hebras caoba que de pronto encanecen como flores de metal.
Y
sigues esperando la lluvia bajo los pórticos del azar
con
tus alas verdes, en los pómulos el hambre del futuro,
en
los dedos las sortijas de cristal roto, en tu espalda
las
agujas que indican la dirección a la que te conduce el olvido.