Como armar del todo el mayor mecano del mundo.
O poner la última pieza de un puzle inmenso.
Así son los instantes que justifican una vida.
Pocos y aparentemente inútiles.
Y sin embargo, qué haríamos sin ellos.
Como armar del todo el mayor mecano del mundo.
O poner la última pieza de un puzle inmenso.
Así son los instantes que justifican una vida.
Pocos y aparentemente inútiles.
Y sin embargo, qué haríamos sin ellos.
Hay un eco de pozo en tu voz
y en tu mirada caballos
que persiguen la luz.
De tu nombre imagino una vocal
que se hunde en mi lengua
como un beso mudo.
Sé que bajo la lluvia ríes
y que eres cómplice
del sol que calienta mis días.
Y aunque no te conozco
hablas siempre conmigo
igual que yo te hablo a ti
sin hablarte
nunca.
Porque el cuerpo sabe que no es roca ni levedad,
porque asume la razón de que al vivir recibe en sí
el regalo de la luz, porque siente en su piel la caricia del sol,
en los ojos los matices del color, en la boca la textura de lo dulce,
el aire perfumado, la armonía de los sonidos que llegan
como oleaje a su conciencia de ser, porque la vida
es un don, y así se ofrece a la carne, ya desnuda y libre,
como un pájaro que ha descubierto, por fin, el amor.
Piensa que naciste cuchillo,
hoja que resplandece con la plenitud del día.
Una vez te vi sajar el aire en busca de la nube,
su perfil de corazón abierto a la herida,
el núcleo gaseoso donde late la virtud.
Eres duro y letal si introduces con ansia tu espolón
en la fina piel.
Eres un rayo de acero que penetra en lo oscuro
como lo haría el índice de un dios salvaje.
Te amoldas al revés de mi mano
y yo te acojo para hendir en la faz del alimento
tu alfil.
Un día se mellará tu filo y tu corte deberá repetir ese baile atroz
que tanto se parece al de una guillotina loca
que no cesase de caer nunca.
Ningún taxi en la parada.
El autobús va lleno y no hay otro en un buen rato.
A pie son alrededor
de cuarenta y cinco minutos.
Así que a caminar.
Cuando ya estoy en el Café
tú me llamas para cancelar la cita.
Por lo visto
al salir de casa
-como me pasó a mí-
no conseguiste ni taxi ni autobús.
Si fueras caminando desde tu casa
te llevaría una media hora.
Y encima no hace frío y luce el sol.
Fue en ese momento cuando descubrí
lo poco que te importaba.
En la habitáculos o en las concavidades, ya hogar
de mis silencios, en la arquitectura que construyó
un ideal diestro con las cenizas del perdón, bajo
el alféizar que expande sus alas como un pájaro de fe;
y más allá con la luz que lloró al ver morir el alba
entre racimos de luna, está mi corazón que un día
descubrió el azul posándose en la tibia sangre, como
cielo en la aurora, como mar en el río de mis venas,
como capullo de flor añil en cada latido que fue travesía,
sin la paz virgen de la infancia hoy ausente, sin tu voz
acompañándome desnuda de sueños, porque el final
ya se atisba tras un árbol maduro que no dará
amparo al fluir encanecido de mis arterias.
Dicen que Ítaca es solo un peñón
en medio de un mar lejano.
Pero hay otra Ítaca en tu interior
que solo verás cuando la muerte asome.
A veces te sentirás como un náufrago.
Otras veces disfrutarás del viaje.
Mientras tanto, habrás vivido.