Mi perro parece un gato.
Y mi gato un perro.
Lo digo por su manera de comportarse.
Mi gato es leal
y me defiende con uñas y dientes
de los extraños
que supone
enemigos.
Su forma de maullar suena
como sonaría
el ladrido
de un perro afónico.
Mi perro huye de las visitas,
no se deja acariciar,
solo pide salir
cuando la urgencia
de las necesidades fisiológicas
se lo demanda.
Los dos conviven en armonía,
tal vez porque han sabido ponerse
en lugar del otro.
Mi mujer y yo hemos tomado nota,
por eso cada día que pasa
lo vivimos también
desde la perspectiva opuesta.
Son muchos
los que se preguntan
por el secreto de vernos tan felices.
Nosotros, sin decir palabra,
miramos con cariño
a nuestros
poco
corrientes
animales
de compañía.