Oír voces sin que nadie esté contigo, ser lo imposible,
un pájaro-pez, o una nube de cristal, temblar ante la imagen
que devuelve el espejo roto, no tener nombre ni pasado,
existir como el rocío al que viola el sol de la mañana.
Oír voces sin que nadie esté contigo, ser lo imposible,
un pájaro-pez, o una nube de cristal, temblar ante la imagen
que devuelve el espejo roto, no tener nombre ni pasado,
existir como el rocío al que viola el sol de la mañana.
¿Acaso recibiste de Helios la pasión pura,
provista de luz cegadora?
Tu fama de hechicera sirvió a tu amante
para rendir al dragón que guardaba el vellocino de oro.
¿Por qué tu ingenio, tus ritos, tus pócimas no te revelaron
la traición futura de aquel que usó tan arteramente
tus dones para sus propios fines?
Medea, la salvaje, la que obra sin temor,
la que hace del hechizo un arma triunfal,
la que no pudo soportar el engaño de aquel
por el que dejó atrás todo: su país, su familia, su honor…
Hoy te recuerdan por el suceso más cruel,
la muerte de tus hijos, la venganza contra Jasón
y contra el destino que no te permitió ser feliz.
Con el estigma en la frente vagarás
como proscrita en busca de olvido.
Tú, que hiciste del dolor una bandera
y de la pasión el fuego voraz
que destruye
la raíz de la inocencia.
Si yo persigo la luz dentro del túnel,
si la duda me hiere más que el error,
si desconozco qué hay detrás de un interrogante
y todavía confío en mi suerte, si no busco morir
en la ignorancia y hago del acierto o de la equivocación
una verdad con la que no sé si ganaré o perderé la partida;
entonces yo apostaré todo por mis sueños, quizá
así se cumplan y, si no, siempre me quedará
el orgullo de haberlo intentado.
Un patio que es piel negra.
La luz envuelve tu pañuelo,
¿A dónde me llevas padre en lo más profundo de la noche?
Ulula el búho, la sierpe escondida observa el paso
que asola mi virtud, la luna juega a ser luna
en el cielo oscurecido, casi desnudo, padre,
tu espalda encorvada que ansío abrazar.
Ya tus ojos niegan mis ojos y en tu tez el viento forma ríos de dolor,
cuál es mi destino padre, tú que adoras al Dios todopoderoso,
que le sirves con la fidelidad de un alma dócil,
que cumplirás el sacrificio para que nuestro pueblo
tenga un hogar, un destino
y una fe eterna.
Adónde te diriges, padre, aquí hay solo pedregal,
ninguna fuente, ninguna higuera o árbol, solo matojos,
arbustos secos, aras que llevan mi nombre.
Por qué me sujetas ahora padre con tus fuertes brazos
y por qué brilla en la noche el haz de un cuchillo.
Cuando ya el filo roza mi carne, un parpadeo de luz,
un ángel divino detiene tu acto brutal, es la palabra de Dios
la que en boca del enviado te indica el nuevo sacrificio.
El cordero espera ajeno a su suerte, ya la sangre que brota
no es mi sangre cuando penetra en el corazón más tierno tu daga,
por fin ríes, padre, me abrazas, me besas, me pides perdón
y soy yo quien por ti llora,
querido
padre
mío.
Tú, el invencible,
el héroe entre los héroes
hoy lloras por el joven Patroclo.
Tu venganza será infinita
y con ella caerá la ciudad
que desafió a los griegos.
Un día el más débil de los troyanos
te abatirá, a ti, el invicto.
Y, al fin, tú también
conocerás
el sabor de la muerte.
Sabe que la herida será mortal, al tensar
el arco, al sentir el vigor de los músculos,
la pupila que conoce el fin, el cordel que envía
con precisión la flecha a su destino claro;
cómo el pecho se abre para recibir el triángulo
que desgarra su piel desguarnecida, y el color
púrpura que asoma antes de que el último
suspiro llegue a su moribundo corazón.