Duelen las letras que no escribí,
no son semilla, no son raíz,
son aborto de luz
en lo profundo del silencio.
Duelen las letras que no escribí,
no son semilla, no son raíz,
son aborto de luz
en lo profundo del silencio.
Esa demora suspendida en el aire como una pluma
que espera la sed del viento, ese candil en cuyo vientre
la luz no se acaba en un instante sino que pervive en los días
con la placidez que se deleita en derramar poco a poco
su savia de coral dorado sobre una habitación oscura,
esa pasividad con que caen las hojas de un árbol al nacer
octubre hasta sucumbir en el limo como pájaros yertos,
ese devenir de la clepsidra que gotea eternidad en un vidrio
ante los ojos del infantil presente, esa nube que anclada
en el azul por un momento deja de ser navío, la lentitud
con que la vida me roza, antes de que asomen, el fin y la nada.
Nos llaman perroflautas, vagos, getas.
Su no previsto umbral fue la mirada que abrió
la puerta al ensueño, probé su arquitectura
con el tacto, con el gusto que en mi boca
dejó tu boca, olí su esencia en la piel
amante mientras gemía el deseo dando
voz a la pasión con sílabas de ardor;
fue inútil resistirse a su imperio, y lo vi
lo toqué, lo gusté, lo percibí, lo olfateé,
en definitiva se hizo uno con todo mi cuerpo.
Ven al cielo de la casas vacías, ni sombra
de tu paso por las paredes, ninguna voz
resuena en los pasillos, nadie vendrá
a limpiar las habitaciones con la luz
del alba, ni se oirá por la noche la risa
de los ángeles; así es cómo de tu corazón
nacieron la rosas sin ayer del olvido.
Acepto los símbolos que conjugan la palabra aunque
ignore la pluralidad, el eco que en la mente produce
una frase que toca lo sensible sin que la prevención
o el descuido adivinen que hay una metamorfosis
en el interior del alma, un poso antiguo donde vibra
disímil el sentir, un secreto no revelado, una cicatriz
que supura al nombrar la puerta que abrió al dolor
su dintel amargo; se desconoce el filo que causa
en el corazón que sufre tan sangrante duelo, la
vocación era otra, otra la urdimbre de la palabra
en la voz de quien apunta la flecha sin presentir
que atinará en el centro de la llaga, y es un cruce
de reproches el diálogo tantas veces repetido,
y es la lágrima, el llanto, la impotencia, un túnel
del que no se adivina el final, la toalla tiembla
en la mano antes de ser arrojada, aún los dedos
la aprisionan, aún no llegó la soltura, aún no es
caída, aún un rescoldo de paz podrá avivarse si
en los dos pesa más el amor que, su némesis, el odio.
Abres un libro y vuelan palomas
como verbos de infantil azar.
Te vi en el cristal cuando ya no eras sombra,
te soñé luna en la cadencia de los tiovivos
siempre en círculo alrededor de un jardín alado.
Te perdí al nombrarte en soliloquio sin un diálogo
al trasluz de las noches en vela.
Fuiste un árbol de ramas verdes que creció en el agua
como un géiser de amor.
Ni la lluvia ni la ola mojaron jamás el alba de tu pecho,
tan clara, tan lívida en la etérea canción
de los silencios insomnes.