jueves, 6 de agosto de 2026

Los sueños

 

En la encendida risa de vuestros labios infantiles

se transparenta el fulgor mágico de los cuerpos celestes,

porque brilláis en las sombras de la edad

y sois como ángeles que prometen islas de cristal

que vagan por los océanos de la tristeza.


Bien sé que carecéis de materia y que confundís los colores

para que no parezca real lo que en el interior de los ojos se exhibe

como una premonición que jamás se cumplirá;

en mis párpados de somnolencia sembráis los días

con imágenes que viví o no viví, con deseos inconfesables,

con dulces ejércitos que atenúan el rigor ambiguo de las pesadillas,

me regaláis encuentros con mi yo perdido donde aún reviven

las escenas de la infancia, los actos de amor en plenitud,

los viajes que en la memoria son luz de postal sin sombras.


Y en la vigilia hacéis que lo invisible crezca como un árbol

en el bosque de la paz, como una flor en el jardín

que añora los paraísos del edén, como un pájaro que desde las alturas

divisa lo nunca visto: los ríos en la piel del tiempo,

las montañas que el azar columpia sobre los cielos púrpura,

los valles fértiles de lo no sucedido,

los océanos donde habitan las caracolas de la fantasía,

el oasis en el que solo podré vivir si me arropáis como a un niño

que os espera en cada pliegue de sus párpados caídos.


miércoles, 5 de agosto de 2026

Metamorfosis de mi sombra

 

Por más que mire en lo hondo del espejo

no volverá el que fui; no hay huella ni rastro

en la piel del azogue; incluso mi sombra está

cambiando, curvándose ya como la flor que un día,

no tan remoto, caerá en el olvido que precede a la nada.



La soledad del amor


Mi sol, mi saxo de infinitos alambres,
la duda de mi luz, el cofre de un corsario.

Tantas son las huellas de la calígine,
la temprana anémona de las águilas
cuando el rastro de una caricia pervive
como dúctil fruto o corazón que vaga.

La lentitud de las sombras arropa el cenáculo de la fe
cuando miro los collares de la edad, circunloquios de una prisión
ambigua con su astucia demacrada y ese relucir
de objetos sin nombre en el quimérico desnudo
que ha robado sus lindes al invierno.

Solo hay un cuerpo y cien mil latidos,
solo la hermosura de lo perdido deja
un corazón palpitando en la tiniebla de Orfeo.

Volverás, volveré al maquillaje abstracto
de una ventana que ya es ojo o penuria
o trasluz.

¡Si entendiera el por qué ha llovido tu carne en mi frente
sin declarar el aullido, o morir como muere el dolor
bajo la inocencia del azul!

Ha sido mi insomnio una estratagema, aún recuerdo el prisma
que un pómulo herido dibujó en mi faz.

Quizá la nada de la nada me acogió entonces
con su sábana perfecta y su canción de soliloquio.

No sé, pasaron los años con la ambivalencia de un pájaro sin patria,
y mi reloj incansable fue estatua o mirador de un tiempo de abriles
que ha formado al fin guedejas de nieve.

¿Reconoceré algún día aquel gesto que busca mi perfil
en un espejo noble, la caridad de un sol?

No diré que mi juventud haya sido sin más un rostro imberbe,
han florecido pétalos en la luna, neones de sal
o la ternura del niño que crece más allá de los sueños.

Y, sin embargo, todavía hoy la flor de la memoria me viste
con sus alas de ángel rubio, de ruiseñor que en su delirio
confunde lo innombrable con la lujuria que provoca una piel florecida.

Demasiados son los pasos entre la niebla de mi sendero gris.

¿Cuál ha sido su raíz?¿Cuál la oscura quietud de un hogar
donde ya no resplandece la palabra?

martes, 4 de agosto de 2026

Fruto maduro

 

Cuando muerdo la blandura de tu piel se derrama

en mi boca el sabor un poco dulce del durazno, el río

que recorre las papilas fluye hasta caer lentamente

en el pozo de mi faringe, la carne que me entregas

es una ofrenda en sazón, al masticar la pulpa

mis dientes sajan tus hilos que en mi lengua

se arraciman como un zumo de granos fértiles

que despiertan mi sensualidad oculta, solo el oscuro

hueso sobrevive a este ejercicio de amor, la fruta

devorada ha perdido su majestad, en mi mano

la semilla que sembraré mientras aún permanece

el aroma del carozo en el aire, por un instante nada

más, por un segundo que, para mí, es eco de eternidad.

lunes, 3 de agosto de 2026

Hogar

 

Aún el halo que arropa la sed del recuerdo cae sobre mis ojos,

vierte la penumbra de lo irreal en el instante del fulgor.


Tú eras un nido de pájaros que duermen en el alfeizar de la memoria

con la sonrisa azul de un cielo sin ángeles.


Tú eras pared y ventanales, color y vigas cubiertas de sueños.


Tú eras los mil pasillos que no acaban nunca de morir

tras los pasos del imberbe.


Tú la armonía sospechosa de ser un artificio del tiempo

me llamas en las tardes sin luz cuando lo oscuro teje en mis ojos

páginas de silencio y solo brilla un pábilo en el horizonte

como un faro entre las tinieblas que no consigo nombrar

con palabras dulces.


Y persistes sin que que ningún viento arrastre tu raíz de piedra

que tomó por asalto el corazón que un día fue flor de ternura.


Y te busco cada vez que traspaso el umbral que abren

mis párpados hacia el túnel donde se agitan las luciérnagas

que dejé como hitos que resplandecen sin pausa

en la revivida noche.

domingo, 2 de agosto de 2026

Lo nuestro duró lo que dura un arco iris en agosto

 

Vendrás tarde con la corola gris de la flor yacente,

me dirás la palabra antigua que un día trazó círculos

de fuego en el aire fugitivo para ser nube que se aleja

hacia un horizonte sin mar, en tu voz el ronco eclipse

del pálpito agoniza como un ataúd que da sombra al

ardor que dejó una cicatriz en mi ansia, nuestro recuerdo

ha dejado de amanecer porque tu bandera de nostalgia

es un oscuro tapiz en el que descubro las raíces sin alma

que teje el olvido, y si por un instante retornas, vuelves a mí

desnuda, como si el vestido del pasado ya no tuviera los colores

invencibles de un arco iris, que, aunque efímero, cruza el telar

de la lluvia con la total displicencia de quien no tiene mañana.


sábado, 1 de agosto de 2026

Verano apóstata

 

Qué ausencia de mármoles en esa dura caída

que eleva sus alas como un grito sin paz,

qué azul en lo hondo si no hay cielo en la raíz

que conoce lo oscuro, qué lágrima en la mejilla

no busca un río, qué corazón no confunde el latido

con un estertor de llamas en el frenesí de un tiempo

que yace, qué diluvio brota hacia arriba y nos bendice

con la lluvia de un verano que se niega a ser verano.