Aún el halo que arropa la sed del recuerdo cae sobre mis ojos,
vierte la penumbra de lo irreal en el instante del fulgor.
Tú eras un nido de pájaros que duermen en el alfeizar de la memoria
con la sonrisa azul de un cielo sin ángeles.
Tú eras pared y ventanales, color y vigas cubiertas de sueños.
Tú eras los mil pasillos que no acaban nunca de morir
tras los pasos del imberbe.
Tú la armonía sospechosa de ser un artificio del tiempo
me llamas en las tardes sin luz cuando lo oscuro teje en mis ojos
páginas de silencio y solo brilla un pábilo en el horizonte
como un faro entre las tinieblas que no consigo nombrar
con palabras dulces.
Y persistes sin que que ningún viento arrastre tu raíz de piedra
que tomó por asalto el corazón que un día fue flor de ternura.
Y te busco cada vez que traspaso el umbral que abren
mis párpados hacia el túnel donde se agitan las luciérnagas
que dejé como hitos que resplandecen sin pausa
en la revivida noche.