Me buscaste en la música del entretiempo, te encontré
bajo el balcón dormido que ama la lluvia pasajera
y fuimos el aliento en la cúspide del azar, el natural
regocijo de los cuerpos jóvenes en las noches sin miedo.
Nada en el candil de la lujuria adivinaba el estallido final
de la luz, nadie pensó que los rostros tímidos crecerían
hasta la cumbre donde las despedidas son de nácar.
Un átomo fuiste de luna dorada, un horario sin vértebras,
un azul en la nieve que brillaba sin otro fin que darnos
un suspiro de ángel en el frenesí incandescente
como de sol omnívoro.
Y vino la umbría, la húmeda ansiedad de los ejércitos silenciosos,
y ya no fue posible la lumbre en las noches del arbitrio.
Concebir un misterio es tan inútil, tú lo sabes,
sabes que en el crepúsculo llora la dalia
que te regalé aquel día en que el álgebra de la felicidad
moría de pena.
Ni tu ni yo entendimos el ciclo que rompe los aludes de la quietud,
hoy es viernes, no importa el año, yo soy sombra y tú ceniza
de un viento atroz, así son los caminos que se suicidan
bajo los horarios neutros.
Así canta el colibrí cuando entiende que está en su naturaleza
el fugaz olvido, así recuerdo tu honda serenidad
al mirar en mi ardor como una llama que crecía infinita
hasta el agua de tu nombre, allí aún vive su raíz
que hace mucho tiempo anegaste.