Tu rostro se parece a la tierra endurecida por la escarcha
de octubre y en tus manos el amarillo de las hojas se extiende
igual que el ramaje de un bosque en el corazón de la edad.
La bruma en tus ojos es ya ceniza que vela el oculto fuego
de tu vigor marchito, el aire en tus pestañas dejó un rocío
blanco que late como un abril que añora el sol de los días
donde la luz era un cáliz de oro y el mar una serena lámina
de azul columpiándose alegre igual que un niño de espuma
bajo la claridad de un cielo que lo mece feliz.
En tu piel hay un musgo de vivencias, hojarasca inagotable que
mullida crece desnudando el árbol de tu juventud, como deshoja
la luz del crepúsculo al bravío sol que al concluir la tarde ve la caída
de sus rayos: así sucumbe la fruta madura a la sed de la omnívora noche.