jueves, 29 de julio de 2021

Los trabajos de Hércules(el León de Nemea)

 


El felino no es un dios, te repites.

 

Cómo acometer su sed de colmillo viril,

su honda mordedura que desgarra los sueños.

 

Una flecha, un golpe en la testuz,

tu espada no puede con la piel del monstruo,

invulnerable al frío del metal.

 

Allí donde la fronda es azul, un ojo negro te mira,

ya sientes el aire, las ventanas de la luz,

en el resplandor de la cueva

su sombra es más león que su alma.

 

Aferrado a la carne, a la asfixia infinita,

se extingue el poderío de la bestia con quejido de muerte.

 

Atraviesas su piel ámbar con las uñas del dolor,

en tus hombros desnudos un manto de hierro,

la corola rubia sobre tu frente perlada.

 


miércoles, 28 de julio de 2021

La ciudad se dibuja en el revés de mis párpados

Como un tallo que se acuesta y se dobla, testuz
de alfil, yunque de cristal, martillo invisible y tenaz,
las velas que un aire sur olvida, el plexo en arco
sobre la almohada gris de una nube, sin avanzar
como ninfa de piedra, qué avidez del agua pura,
qué insomnio de río, qué nado sin alas, la piel
perlada por el amanecer de la lluvia, en abril,
mercurio de las estaciones, la ciudad, crespón
de un haz, faro inmóvil, elipse de luz en la bahía
negra, mar de sibila náutica, espuma ingrávida,
merengue de sal, ángel de voz blanca, lloro que
bendice el espigón, epidermis de vidrios al sol,
las barcas sin nombre, la luna amante, el silencio
azul de las gaviotas. Y mis ojos, que prefiero no abrir.

martes, 27 de julio de 2021

El pasajero

El trirreme parte, la voz del cómitre, en la proa algarabía,
cascos alados, espadas que agitan el aire a la conquista de Troya.
En el azul insolente del mar la ballena y su espiráculo, hiere un arpón
de plata su nombre, gran cetáceo que morirá libre bajo las amuras
del Pequod. Más allá de los acantilados ocres ya no hay niebla, la aridez
y el polvo son una piel oscura, los jinetes con alfanje, Alá en los labios,
asedian Bizancio, caerá la cruz enjoyada, la fe huye de las iglesias,
el pánico es gris como una rata vieja. En las estepas de Mongolia
los ojos rasgados, las pieles de Uro, las yeguas blancas, el furor
de la ambición recorren las líneas de la cristiandad, Atila ríe a la luz
de un fuego hostil. En las islas del Japón los monjes rezan bajo
pérgolas floridas, la palidez de lo místico, la majestad del Shogun,
un Samurái vencido por la sed de amor, Mishima dixit. En Norteamérica 
galopan los cowboys entre cactus y montañas calizas, al pistolero 
le tiembla la mano porque sabe que cuando llegue el plenilunio
todos los asesinos serán Pat Garrett, la última diligencia recorre
el páramo, los apaches nunca duermen. Los ríos del sur, la marca
del indio, los templos de piedra en los valles de México, Pico
Viejo bajo la bruma, dicen que Atahualpa murió un jueves,
en España no lo recuerdan. Europa cabalga un toro imperial,
guerras y odio bajo el palio del rey, dinastías carmesí como
la sangre de los Papas, historias de religión que enfrentan luz
y sombra, hace mucho que Hitler ha muerto, Franco también.
Subido al barco rojo, camino de otras islas, las Cíes, galeote yo
en el año dos mil veintiuno de nuestro señor, a trece de julio.

lunes, 26 de julio de 2021

Agua

De barro o adobe, en cristal humilde, pellejo de piel

que recoge su flor de vida. Del manantial su canto,

río de agua pura que baja enhebrándose, formando

un surco alegre que riega la semilla, el aljibe, el pozo

y su misterio, embalse amanecido como madre líquida,

fluido donde beben los pájaros negros, azules, pardos,

de color iris, de frenético trino. Transparencia que no moja

la luz, frescura de nieve amante en la grieta de los labios,

sin gusto, solo humedad en el solano de mi cuerpo, fontanas

como ombligos de plazas sedientas, rocío en la piel, ola

insípida que fecunda el ovario de los poros, tibio lagrimal

sobre la desnudez de mi hombría, tú, agua, tú el don, tú la vida.

domingo, 25 de julio de 2021

Como aire lívido

Despieza el reloj poco a poco,

conviértelo en pestañas circulares

sobre un océano escarlata.

 

Gita el águila con la voz del ciempiés,

eludir la luna es un don de los emisarios ciegos,

finge el oráculo como si el designio hiriera la noche,

cabalgan sobre el ejército de las mariposas cisnes de sal,

sutil la vibración cálida del polen,

un sonido sin regreso

-mentira en la luz-

puebla el cosmos del silencio.

 

Así la materia y el color,

los témpanos junto a la roca,

el camaleón que rehúye el sol

con su melancolía

de trasluz impasible.

 

Nos regala abril un collar hojas azules

que se aferra al cuello de la golondrina,

imagen donde ves la magulladura del error.

 

Como aire lívido la simulación del vivir,

aire húmedo que se pega a la piel del insomne,

aire sin vértebras

escondido en la luz

que refulge en el diario

que tú escribes,

lentamente. 

 

Por su faz giran los segundos,

su carga de tuétano virgen te ampara,

y ya eres raíl de plomo,

ya la consigna que debes aullar,

ya el soliloquio del mandarín,

en su ciudad de himnos y nieve.

 

Aprendí del orden su músculo intratable,

aquí yo, allí tú,

la equis que nadie pisa.

 

Yo sé que el orín guarda bajo su corazón de memorias

otro corazón alegre que espera su cenit.

 

Amigos, vuestro surf son olas de vanidad,

infligid al olivo una cicatriz de bocas cosidas,

esconded la furia y el nombre del ocaso;

pervertir, si podéis,

al frío conyugal de las campanas,

a los latidos que ahuyentaron a las cigüeñas

con címbalos negros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 23 de julio de 2021

Las huellas del peregrino sobre la flor del éxtasis

Desde la humildad y el corazón enfebrecido,

con vocación de ángel que cruza de rodillas

los páramos, andrajos sin color, la escarcela vacía,

los pies que no dudan en proseguir, el sol, la lluvia,

el viento, la escarcha, dominios donde las estaciones

azotan mi sed. Parajes áridos como lengua de caimán,

montañas de picos azules, lagos y valles en verdor,

gente campesina que regresa con la mies en los hombros,

señores en cabalgaduras de espanto, yelmos grises y espadas

de metal brillante, la cruz de Santiago, roja como cinabrio,

casas humildes de adobe y paja me dan cobijo, pan ácimo

y leche agria son el sustento. Iglesias donde mi fe descansa,

incienso y fulgor de pábilos, luz tenue, aroma a pústulas,

a mugre, a orines, curas de sotana vieja, penitentes de la cruz,

monjas al trasluz de los confesionarios, capillas sin oro,

cobre, madera, piedra sin pulir. Polvo de los caminos,

hospitalidad del buen pastor, niñas y niños semidesnudos

juegan en charcas, pajares, almenas derruidas. A lo lejos

un resplandor, me uno al coro de los creyentes, cerca

ya del prístino ser, la catedral se adivina con sus agujas

de cristiandad a poniente, el paso firme, el corazón

latiendo con un frenesí de pájaros ebrios, por fin

la llegada, por fin mi alma entre las voces, el altar,

los cirios, las naves cálidas, se arrodilla mi cuerpo,

rezan las bocas sobre el humo de los incensarios.

 

 

 

 

 

 

Porque la vida es una fiesta color esperanza(Poema co-ganador del XIII Concurso internacional aniversario de Alaire)

Hay una alegría sin pájaros que sueña.

El circular de los sentidos, todo maremágnum en la edad del niño,
sed en la piel angosta, el resplandor de las imágenes omnívoras,
el aroma de los pinos, el salitre, el pan como hogaza de entrega,
las voces que arrullan al frío con serpentinas de aliento.

La vida ríe con trece nenúfares escarlatas,
el agua caracolea en la memoria
y las ciudades en el rosal infinito
muestran sus caparazones sin vértebras,
fruta dulce en las papilas del ensueño.

Es suficiente con comprender la canción de la vida,
campos sin collar, abiertos a la luz igual que damas vírgenes,
el espejo cóncavo donde una flor es la esperanza del arrobo,
perfil que busca un perfil nuevo en el crisol de la aventura.

Y la amistad y los vientos,
los océanos y las cumbres,
la hojarasca del otoño,
la nieve en el haz,
el sudor entre los lirios,
la luna en el dintel
junto a la sombra de un gato albino.

También el rumor de los juegos,
la descendencia de plata vieja,
el rojo y el amarillo de este sol redondo,
luz de luz inmaculada.

Mis rodillas y mis pies calcinados
que conocieron ríos, puentes, colinas,
catedrales, muros y plazas, idiomas proscritos,
estepas y junglas,
un norte,
un sur,
el oriente
y el ocaso,
la llama que en el corazón ilumina el rescoldo que pervive.

Dejad que los años me vistan con su tiempo de amapolas sin voz,
ese fanal donde las luciérnagas amantes
lloran junto a mí
la vacua palidez de una hombría
que se diluye lentamente,
cesa.