Acompaña la luz como un río que esparce flores de agua,
y cae desde el cielo con pétalos que mojan las raíces
más yertas, para que al fin germine el fruto y con él
la vida.
Acompaña la luz como un río que esparce flores de agua,
y cae desde el cielo con pétalos que mojan las raíces
más yertas, para que al fin germine el fruto y con él
la vida.
Te reconozco por el canto y no por la palabra.
No por lo que dices que es común como el aire.
Si en el acento que crea la armonía
donde habita el lenguaje.
Te escucho porque eres trino, lo último de ti que me llega
es el idioma en que me hablas.
Como la de un pájaro
tu voz libre
no tiene dueño.
Quisiera como tú cantarle a la vida
y que después
llegue al fin
la palabra.
La letra bordada, la tersura del encaje,
los ribetes azules, la doblez perfecta,
el triángulo que asoma en el bolsillo
izquierdo del blazer.
Te prefiero tan humilde como mi alma,
para que recibas las lágrimas del dolor
o a la innoble fuente
que mancha
tu virtud.
Ay! el grito que enmarca el azul, esa curva hostil
del tronco ante la ira de Dios, de qué sirven tus alas
si la culpa es densa como la pez, la sierpe aprisiona
tus músculos con el atavío del dolor, no hay pájaros
que se posen en tu álgida testuz, qué has visto ante ti,
quizá la mano alzada de la condena inclemente,
el rostro que pronuncia las palabras terribles
que nunca quisieras haber oído, y en el pedestal
el blancor de un tallo que te muestra al mundo,
en su base febriles dragones vierten el agua
donde ahogarás tu pavor, te miran los niños
con la curiosidad del ángel imberbe, las madres
dejan que los perros orinen sobre los monstruos
que te circundan, mientras yo sigo aquí, solo,
esperando a que anochezca, a que las sombras
oculten tu sombra, y a que nadie se acerque ya
a escupir en el pozo negro de tu memoria.
A veces el tiempo nos devuelve el alud como
una pregunta. Siempre creí en un solo tren
perdido en la noche. Nunca en los eclipses
del miedo. Y sin faltarme tú el paisaje dormía
(a mi lado la ciudad reinventada en bosque,
en silencio inmortal o en largas autopistas
sin destino). Era como volver a la piel
de una huella para decir lo que el vacío reclama
tras sus horas de insomnio. Me refugié
en el hábito de los días precoces cuando el sol
es una página por escribir y el deseo
se conmueve con los sueños perdidos de un libro
rojo. Existía ese incendio que nos quema
y nos seduce, existía también el hogar lúgubre
de los hombres sin futuro. Tracé un mapa
de invisibles telarañas, para que el verbo
fuera luz y mi memoria un pedazo de sed,
desnuda y simple. Todavía pienso que
equivoqué mis aceras, que solo envolví
lo que era transparente, líquido, etéreo.
Algo así como mi vida y su noche fugaz.
Amarillo, azul, rojo y verde.
Podrían ser los colores del parchís
o los de una carrera de cuadrigas
-si cambio el amarillo por el blanco-
en la antigua Roma.
¿Cuál de ellos es mi color?
En cada partida, en cada carrera,
uno distinto.
Cualquiera menos el que gane.
El segundo se hace eterno, late el corazón como un río que busca desesperadamente el mar donde muere la noche, la lucidez dicta palabras núbiles, su claridad es púrpura como la de un sol de sangre en la matriz del cielo, el medio no importa, el lugar no importa, no importa la cadencia de los relojes que palpitarán en el aire con su condena atroz de pervivir para siempre, la mecánica fricción del largo eclipse de los sueños, es plácido el silencio, la pared escucha una salmodia de dolor, casi muda, el ángel partió, ya no protege tu alma el abrazo múltiple del feligrés, ya las campanas de la alegría callaron ante el horizonte negro que trazaste con el pincel rojo de la desesperación, quieres razonar, quieres que el motivo sea el mas puro de los motivos, susurras mamá, papá, la niñez se ha vuelto enemiga porque es como una flor que brota en el jardín de la esperanza, y tú ya eres principio de ceniza, se extingue el fuego en tu corazón, afirmas la honradez que no despierta la culpa, para redimirte o para no sobrellevar una carga insoportable, pero no lloras y asumes el fin con el orgullo de un hombre consecuente con su destino, ahora tan solo se trata de convertir el pensamiento en una sentencia real.