Acepto los símbolos que
conjugan la palabra aunque
ignore
la pluralidad, el eco que en la mente produce
una
frase que toca lo sensible sin que la prevención
o
el descuido adivinen que hay una metamorfosis
en
el interior del alma, un poso antiguo donde vibra
disímil
el sentir, un secreto no revelado, una cicatriz
que
supura al nombrar la puerta que abrió al dolor
su
dintel amargo; se desconoce el filo que causa
en
el corazón que sufre tan sangrante duelo, la
vocación
era otra, otra la urdimbre de la palabra
en
la voz de quien apunta la flecha sin presentir
que
atinará en el centro de la llaga, y es un cruce
de
reproches el diálogo tantas veces repetido,
y
es la lágrima, el llanto, la impotencia, un túnel
del
que no se adivina el final, la toalla tiembla
en
la mano antes de ser arrojada, aún los dedos
la
aprisionan, aún no llegó la soltura, aún no es
caída,
aún un rescoldo de paz podrá avivarse si
en
los dos pesa más el amor que, su némesis, el odio.