Así ocurrieron en el azar, así la sencilla voz
cruzó los misterios del aire, de ese modo
el tacto sutil fue espora de luz en los rincones
de la materia, objetos que un día dejaron de ser
múltiples en el corazón del niño porque el recuerdo
convirtió en único su metal, su caoba, el gastado
plástico que con amor sostuvo entre el índice
y el pulgar como un trofeo sin réplica, y también
el visaje que regala una caricia cuando el abismo
se refleja en unos ojos que han dejado de ver
la luz del ensueño, un adjetivo que nombra
a la paz con sílabas de nieve, la ternura
que no oculta su dolor ante la humana
condición que anuncia, de nuevo, la caída.