Ay! el grito que enmarca el
azul, esa curva hostil
del
tronco ante la ira de Dios, de qué sirven tus alas
si
la culpa es densa como la pez, la sierpe aprisiona
tus
músculos con el atavío del dolor, no hay pájaros
que
se posen en tu álgida testuz, qué has visto ante ti,
quizá
la mano alzada de la condena inclemente,
el
rostro que pronuncia las palabras terribles
que
nunca quisieras haber oído, y en el pedestal
el
blancor de un tallo que te muestra al mundo,
en
su base febriles dragones vierten el agua
donde
ahogarás tu pavor, te miran los niños
con
la curiosidad del ángel imberbe, las madres
dejan
que los perros orinen sobre los monstruos
que
te circundan, mientras yo sigo aquí, solo,
esperando
a que anochezca, a que las sombras
oculten
tu sombra, y a que nadie se acerque ya
a
escupir en el pozo negro de tu memoria.