Apenas cuatro o cinco libros en un estante,
un póster, una lámpara de pie
y un colchón en el suelo.
Y sin embargo qué feliz aquí contigo.
Tu desnudo es mi auténtico tesoro.
Apenas cuatro o cinco libros en un estante,
un póster, una lámpara de pie
y un colchón en el suelo.
Y sin embargo qué feliz aquí contigo.
Tu desnudo es mi auténtico tesoro.
Celebra conmigo la natural forma de la lluvia,
a veces te desnudas con el silencio de la tarde,
entonces veo la frágil armonía de tus omóplatos
subir hacia la luz como las alas de un ángel,
y acude el viento al cristal y suena el ritmo
de un baile que en tu vientre posa la canción
de los pájaros sin nombre, en tu piel alba
maduran por fin las semillas del tornasol,
y giras con pasos breves en el círculo de la luz,
afuera la lluvia hace sonar su infantil
latido en la ventana azul de tus ojos.
Yo evito la sed de los carámbanos,
corro sobre cristales pulidos por el mar del invierno.
Nado sin que las rocas con sus aristas de nácar
graben en mi piel cicatrices ambiguas de sal negra.
Vigilo desde el faro de mis ojos la corriente de las palabras
que visten mi soledad con ecos de algarabía.
En la luz soy sombra, en el arrabal un paraíso de pétalos al sol.
Soy el azúcar donde se endulza lo agrio,
el canto del ruiseñor que se une a los coros de la claridad.
Soy el círculo que viaja entre líneas paralelas
sin que ningún ápice acuda a herir el sueño
en el que vive el caudal
siempre en flor
del que un día partió
el tobogán de mi infancia.
Ahora soy yo quien se refleja en ti.
Encadenado a tu imagen me pierdo
en el fondo del azogue.
Y es así cómo recupero mi niñez,
mi juventud, incluso mi alma.
Y aunque un día muera
estaré en ti
para siempre.
Ondula su eje, gira, enhebra el aire y es armonía
que en elipse traza círculos de ansiedad.
Cubre la piel alba una blonda y un canesú de orlas
que caen como hilos dorados de carnaval.
El torso se anuda para que los pechos brillen en lo alto
con el haz de un sol amante.
En la zancada dos alas de ángel, en los brazos
que comban la luz una letanía de perlas y nácar.
Alzándose en arpegio índices que dibujan vuelos de pájaro
sobre nubes carmesí, su capacidad de romper las estrías del aire,
su levedad que transita entre rosas de luz, su infantil voltereta
que extiende el volumen de su falda azul, los pies desnudos,
la cintura con pendientes que cuelgan al ras de la enagua.
Cómo su delgadez abre las piernas en manantial de arcos
meciéndose con el baile insólito que no necesita el ardid
de una música vivaz.
En el discurrir la mística fluye con símbolos que claman al son
de un canto interior, el cuello erguido, la mirada fija,
el sudor blanco que cae indómito, la locura y el éxtasis.
El pábilo en los ojos, sin saber el porqué ni el nombre, la dirección,
quién invoca a su intransitable danza si todo es paz bajo las hojas
de estos árboles que han dejado de oscilar con el viento de abril.
Como armar del todo el mayor mecano del mundo.
O poner la última pieza de un puzle inmenso.
Así son los instantes que justifican una vida.
Pocos y aparentemente inútiles.
Y sin embargo, qué haríamos sin ellos.