Mi orgullo sois,
mi verdad sois,
mi guía sois.
Sin vosotros no hay luz,
solo egoísmo
y noche.
Mi orgullo sois,
mi verdad sois,
mi guía sois.
Sin vosotros no hay luz,
solo egoísmo
y noche.
Abre el corazón de la tierra y deposita en él
la planta sarmentosa, riega con paciencia lo
que aún es esqueje para que crezca altivo
el tronco de la vid en busca del sol y de la luz;
recibe el fruto arracimado, la redonda uva verde,
saja su raíz con amor de padre, una día llevarás
a tus labios el rojo efluvio que embriaga y sentirás
la dicha que en las venas posa un ardor de siglos,
el vino que de la tierra nace y en el alma se esconde.
Naciste hilo de agua entre peñas, un hilo que recorre
el surco alimentándose de la lluvia y de las generosas
arterias que vierten en ti su líquido fértil, transcurres
en sazón, preñada tu matriz como la vena de un aljibe
sin fondo, tu cintura de meandros fugaces, de silvas
y álamos en los bordes, de peces antiguos que cruzan
de orilla a orilla el indómito cauce; tu fluir de manantial
eterno semeja un látigo que agita tus aguas hasta
que de pronto un abismo asoma, allí donde
tu cabellera cae con rumor de fuente bravía
en cascada de espuma, prosigues en ágil canto
tu singladura, ya turbia la piel que rompe
en los labios de un mar que aguarda,
amoroso, tu inagotable beso.
Nunca la vi desnuda, nunca las huellas de los cuadros
mostraron su faz de tinta, el color ya desvaído
por las olas de un tiempo dejó cicatrices en la piel
que un día no tan lejano brillaron como arco iris de luz.
Hoy las voces son ecos, silbidos en las juntas del cristal,
palabras que regresan con frases de las que solo la infancia da testimonio.
Allí hubo, como en jardín de vida, alfombras gastadas por el paso,
paredes mudas que oyeron hablar a los teléfonos desde un rincón oculto,
días de amor y días de feliz encuentro, días donde la desgracia
fue un grito en la madrugada, días de púrpura y días sin alma
como un nidal abandonado al oleaje de una marea borrosa
donde ya no nadan los recuerdos.
Así ocurrieron en el azar, así la sencilla voz
cruzó los misterios del aire, de ese modo
el tacto sutil fue espora de luz en los rincones
de la materia, objetos que un día dejaron de ser
múltiples en el corazón del niño porque el recuerdo
convirtió en único su metal, su caoba, el gastado
plástico que con amor sostuvo entre el índice
y el pulgar como un trofeo sin réplica, y también
el visaje que regala una caricia cuando el abismo
se refleja en unos ojos que han dejado de ver
la luz del ensueño, un adjetivo que nombra
a la paz con sílabas de nieve, la ternura
que no oculta su dolor ante la humana
condición que anuncia, de nuevo, la caída.
A la velocidad de mil kilómetros surca el deseo los paisajes
que soñamos, calla agosto mientras el sol guía al caparazón
gris donde medio desnudos con el sudor naciente que vela
los cuerpos ya no somos más que un pálpito que asume
su don de fértil ansia bajo las olas del éxtasis; se abren
las pancartas de un río que nos dirige a un sur de cal
y frutos rojos, y en tu frente la senda del agua es un lago
sin orillas que cae por los surcos de la piel igual que un riego
de paz cae por la alegría de vivir; un soliloquio de cigarras
muere en la luna del automóvil, yacen los árboles del estío
con el velo del polvo en la desnuda corteza y un pájaro
te nombra bajo el azul de la distancia que se aproxima al coche
como un hogar con ventanas de colores que dibujan mundos.
Solo esperáis la leve brisa que os alce,
el viento que esparza vuestra negrura
que ya no forma un árbol de carne
en la raíz de un nombre, el aire
que os siembre en la estéril
tierra del olvido.