Ya no existe mi calle.
Solo la consigo recorrer si cierro los párpados.
Desapareció el súper de enfrente,
el único garaje donde guardaba la bicicleta,
aquel bar de la esquina en el que se reunían los padres
para tomar vino malo en tazas de loza,
la tienda del pan es una franquicia...
Tampoco estás tú.
Ni estoy yo.
Con mi calle desapareció también
-un día cualquiera-
la infancia
que tuvimos.