Ahora soy yo quien se refleja en ti.
Encadenado a tu imagen me pierdo
en el fondo del azogue.
Y es así cómo recupero mi niñez,
mi juventud, incluso mi alma.
Y aunque un día muera
estaré en ti
para siempre.
Ahora soy yo quien se refleja en ti.
Encadenado a tu imagen me pierdo
en el fondo del azogue.
Y es así cómo recupero mi niñez,
mi juventud, incluso mi alma.
Y aunque un día muera
estaré en ti
para siempre.
Ondula su eje, gira, enhebra el aire y es armonía
que en elipse traza círculos de ansiedad.
Cubre la piel alba una blonda y un canesú de orlas
que caen como hilos dorados de carnaval.
El torso se anuda para que los pechos brillen en lo alto
con el haz de un sol amante.
En la zancada dos alas de ángel, en los brazos
que comban la luz una letanía de perlas y nácar.
Alzándose en arpegio índices que dibujan vuelos de pájaro
sobre nubes carmesí, su capacidad de romper las estrías del aire,
su levedad que transita entre rosas de luz, su infantil voltereta
que extiende el volumen de su falda azul, los pies desnudos,
la cintura con pendientes que cuelgan al ras de la enagua.
Cómo su delgadez abre las piernas en manantial de arcos
meciéndose con el baile insólito que no necesita el ardid
de una música vivaz.
En el discurrir la mística fluye con símbolos que claman al son
de un canto interior, el cuello erguido, la mirada fija,
el sudor blanco que cae indómito, la locura y el éxtasis.
El pábilo en los ojos, sin saber el porqué ni el nombre, la dirección,
quién invoca a su intransitable danza si todo es paz bajo las hojas
de estos árboles que han dejado de oscilar con el viento de abril.
Como armar del todo el mayor mecano del mundo.
O poner la última pieza de un puzle inmenso.
Así son los instantes que justifican una vida.
Pocos y aparentemente inútiles.
Y sin embargo, qué haríamos sin ellos.
Hay un eco de pozo en tu voz
y en tu mirada caballos
que persiguen la luz.
De tu nombre imagino una vocal
que se hunde en mi lengua
como un beso mudo.
Sé que bajo la lluvia ríes
y que eres cómplice
del sol que calienta mis días.
Y aunque no te conozco
hablas siempre conmigo
igual que yo te hablo a ti
sin hablarte
nunca.
Porque el cuerpo sabe que no es roca ni levedad,
porque asume la razón de que al vivir recibe en sí
el regalo de la luz, porque siente en su piel la caricia del sol,
en los ojos los matices del color, en la boca la textura de lo dulce,
el aire perfumado, la armonía de los sonidos que llegan
como oleaje a su conciencia de ser, porque la vida
es un don, y así se ofrece a la carne, ya desnuda y libre,
como un pájaro que ha descubierto, por fin, el amor.
Piensa que naciste cuchillo,
hoja que resplandece con la plenitud del día.
Una vez te vi sajar el aire en busca de la nube,
su perfil de corazón abierto a la herida,
el núcleo gaseoso donde late la virtud.
Eres duro y letal si introduces con ansia tu espolón
en la fina piel.
Eres un rayo de acero que penetra en lo oscuro
como lo haría el índice de un dios salvaje.
Te amoldas al revés de mi mano
y yo te acojo para hendir en la faz del alimento
tu alfil.
Un día se mellará tu filo y tu corte deberá repetir ese baile atroz
que tanto se parece al de una guillotina loca
que no cesase de caer nunca.