Te vas sin decir nada.
A cualquier hora.
A la vuelta ni un saludo.
El silencio es para ti un don.
Hablar, ¿de qué?
murmuraste, incómodo,
la última vez
que abriste la boca.
Sin interlocutores
me dirijo al espejo,
al ficus del salón
y continuamente al gato
que maúlla protestas
contra mí
en su incomprensible
idioma.
La verdad es que cada día
resulta más difícil
convivir
con mi otro
yo.