Da un paso,
luego otro
y otro.
La vista siempre
en el horizonte.
Nunca llegarás allí,
solo habrás hecho
camino.
Da un paso,
luego otro
y otro.
La vista siempre
en el horizonte.
Nunca llegarás allí,
solo habrás hecho
camino.
Todo un clásico para una cita: película romántica
y después un buen restaurante en el centro.
Ella y su vestido rojo, su carmín, su rímel
y esos pechos que se insinúan bajo la ropa.
Yo con mi americana,
mi camisa azul y mis chinos
-el colmo de la originalidad-.
De cena unos entrantes para compartir.
Después, carne-yo-,
pescado-mi pareja-.
De postre, los dos, tiramisú.
Un rioja gran reserva para acompañar.
¡Perdonad, que no cite la literatura de la carta!
Esas miradas, esos guiños, esas sonrisas,
y un leve roce de las manos...
En total doscientos euros
que pagué yo,
naturalmente.
Al salir me dice subiéndose al primer taxi que pilló:
disculpa pero llego tarde a una despedida de soltera.
Y allí me quedé yo, como un imbécil, junto a la boca del metro.
En la curva del ánfora
o en el vientre de la crátera
un dibujo en negro.
Es de un felino en el acto de cazar.
No adivino su presa,
tal vez se trate de un animal
que huye y nadie ve.
Si el ánfora o la crátera
fueran un espejo
que me reflejara,
la víctima sería yo,
incapaz de huir
ante mi suerte.
Entrechocan sus alas y picos
en combate voraz.
Sólo por unos restos de pan duro.
Parece que para ellas
no hubiera mañana
ni día venidero.
Alguna sangra, alguna se encrespa,
alguna huye, alguna agrede...
Todas buscan una única cosa:
el mejor de los pedazos.
Nada las sacia,
ni las detiene
en su salvaje rito.
Hay tanto de humano en ellas
que al mirarlas
yo también
me siento
paloma.
Un silencio de pizarra acoge la quietud del río
y es un rostro ajado el perfil de las laderas,
la piel pétrea y el fruto de la vid como zarcillos
de un verde en flor, esta luz gris de nube velada
posa en la frondosidad de los árboles una lengua cálida,
apenas el aire mueve las ramas del chopo, del castaño,
del abedul, del laurel y de algún olivo secular,
la crin del sarmiento que recorta un viticultor
mientras recorre el bancal, el milano que busca
el azul entre la lluvia finísima, el agua casi azabache,
nuestro navío que sortea hojas y troncos con su ritmo
de cetáceo afónico, y aún los ecos del motete
bajo la parra monástica, en el cañón vestigios
de la labor que madura con lentitud como la tez
liquida de este río impasible y en su fluir sereno.
Te prefiero en carne viva, sin ningún abalorio,
pura en tu sentir, un alma que no esconde
bajo las palabras un vislumbre de falsedad,
ausente de ornatos, sin el carmín que maquille
tu boca, ni el vestido que oculte tu frágil cuerpo,
sin la voz que finge para seducir al amado,
sin la riqueza artificial del que idolatra el oro
ni el egoísmo que mutila la razón que nos une,
solo tú, casi salvaje en la jungla de mi ser
tras el amparo de este oasis que te acoge.