Este sol que aturde los sentidos y está sed
que cuartea mis labios y seca mi lengua.
Labro en la plenitud del día y en la sombra de la noche,
el fruto se agosta, el trigo es negro como mi ansia.
Abel ríe mientras su rebaño bebe en el manantial
y come la hierba aún fresca del rocío.
Yo daré a mi dios un resto de la mies,
él le dará el hermoso ejemplar de un carnero joven.
Arrodillado, con la piel ajada lloro ante el desprecio a mi labor,
y crece en mí un fuego omnisciente que busca el rostro hermano
con la rabia invencible que destruye la armonía del bien.
Aún gotea de sangre el instrumento de la maldición
cuando mi dios indaga por la suerte de Abel.
Yo respondo, herido en lo profundo,
soy acaso el guardián de mi hermano.
La ira del creador marca mi frente,
y es entonces que debo vagar incesante por las duras estepas
más allá del edén donde oriente es un páramo infinito.
Y así será para mi estirpe durante toda la eternidad.