Has doblado las rodillas del
miedo, con la lluvia
que
moja la estela que trazas en las columnas del aire
vuelves
a la estéril quietud de los relojes pétreos.
Aún
la herida no sembró de cicatrices la piel del dolor,
todavía
recorro las vías donde tus alas percuten contra
el
cristal antes de que fueras el pájaro del olvido.
Tú
sabes que no hay mitos que sobrevivan a la canción
oscura
de la vejez, no ignoras que en el vientre de los paraísos
el
agua es un espejo que no refleja la luz insomne de los amantes.
Solo
los círculos que duraron lo que dura el salto de una piedra
en
la faz de un río turbio comprenden la armonía fugitiva
de
las horas más frágiles.
Bajo
las sombras late un ardor moribundo, el que crepita
en
los párpados de la memoria, allí donde resulta imposible
comprender
esa luz que penetra hasta el tuétano de los huesos roídos.