Que nos retenga el semáforo
da tiempo para vernos de frente.
Es incómodo ya lo sé
contemplarse
con los ojos
del pasado.
Pero piensa que la juventud se ha ido
y que es inútil
la nostalgia.
Al cruzarnos
desviamos la mirada
para no herirnos.
Que nos retenga el semáforo
da tiempo para vernos de frente.
Es incómodo ya lo sé
contemplarse
con los ojos
del pasado.
Pero piensa que la juventud se ha ido
y que es inútil
la nostalgia.
Al cruzarnos
desviamos la mirada
para no herirnos.
En la encendida risa de vuestros labios infantiles
se transparenta el fulgor mágico de los cuerpos celestes,
porque brilláis en las sombras de la edad
y sois como ángeles que prometen islas de cristal
que vagan por los océanos de la tristeza.
Bien sé que carecéis de materia y que confundís los colores
para que no parezca real lo que en el interior de los ojos se exhibe
como una premonición que jamás se cumplirá;
en mis párpados de somnolencia sembráis los días
con imágenes que viví o no viví, con deseos inconfesables,
con dulces ejércitos que atenúan el rigor ambiguo de las pesadillas,
me regaláis encuentros con mi yo perdido donde aún reviven
las escenas de la infancia, los actos de amor en plenitud,
los viajes que en la memoria son luz de postal sin sombras.
Y en la vigilia hacéis que lo invisible crezca como un árbol
en el bosque de la paz, como una flor en el jardín
que añora los paraísos del edén, como un pájaro que desde las alturas
divisa lo nunca visto: los ríos en la piel del tiempo,
las montañas que el azar columpia sobre los cielos púrpura,
los valles fértiles de lo no sucedido,
los océanos donde habitan las caracolas de la fantasía,
el oasis en el que solo podré vivir si me arropáis como a un niño
que os espera en cada pliegue de sus párpados caídos.
Por más que mire en lo hondo del espejo
no volverá el que fui; no hay huella ni rastro
en la piel del azogue; incluso mi sombra está
cambiando, curvándose ya como la flor que un día,
no tan remoto, caerá en el olvido que precede a la nada.
Cuando muerdo la blandura de tu piel se derrama
en mi boca el sabor un poco dulce del durazno, el río
que recorre las papilas fluye hasta caer lentamente
en el pozo de mi faringe, la carne que me entregas
es una ofrenda en sazón, al masticar la pulpa
mis dientes sajan tus hilos que en mi lengua
se arraciman como un zumo de granos fértiles
que despiertan mi sensualidad oculta, solo el oscuro
hueso sobrevive a este ejercicio de amor, la fruta
devorada ha perdido su majestad, en mi mano
la semilla que sembraré mientras aún permanece
el aroma del carozo en el aire, por un instante nada
más, por un segundo que, para mí, es eco de eternidad.
Aún el halo que arropa la sed del recuerdo cae sobre mis ojos,
vierte la penumbra de lo irreal en el instante del fulgor.
Tú eras un nido de pájaros que duermen en el alfeizar de la memoria
con la sonrisa azul de un cielo sin ángeles.
Tú eras pared y ventanales, color y vigas cubiertas de sueños.
Tú eras los mil pasillos que no acaban nunca de morir
tras los pasos del imberbe.
Tú la armonía sospechosa de ser un artificio del tiempo
me llamas en las tardes sin luz cuando lo oscuro teje en mis ojos
páginas de silencio y solo brilla un pábilo en el horizonte
como un faro entre las tinieblas que no consigo nombrar
con palabras dulces.
Y persistes sin que que ningún viento arrastre tu raíz de piedra
que tomó por asalto el corazón que un día fue flor de ternura.
Y te busco cada vez que traspaso el umbral que abren
mis párpados hacia el túnel donde se agitan las luciérnagas
que dejé como hitos que resplandecen sin pausa
en la revivida noche.
Vendrás tarde con la corola gris de la flor yacente,
me dirás la palabra antigua que un día trazó círculos
de fuego en el aire fugitivo para ser nube que se aleja
hacia un horizonte sin mar, en tu voz el ronco eclipse
del pálpito agoniza como un ataúd que da sombra al
ardor que dejó una cicatriz en mi ansia, nuestro recuerdo
ha dejado de amanecer porque tu bandera de nostalgia
es un oscuro tapiz en el que descubro las raíces sin alma
que teje el olvido, y si por un instante retornas, vuelves a mí
desnuda, como si el vestido del pasado ya no tuviera los colores
invencibles de un arco iris, que, aunque efímero, cruza el telar
de la lluvia con la total displicencia de quien no tiene mañana.