Cuál es tu río de sombra si el agua
que te lleva no ve la luz que mana
en la noche, cuál tu isla sin mar,
tu árbol sin hojas, tu nube sin
cielo, tu voz que nadie oye
cuando le gritas al mundo,
en el revés del espejo
solo el silencio
te escucha.
Cuál es tu río de sombra si el agua
que te lleva no ve la luz que mana
en la noche, cuál tu isla sin mar,
tu árbol sin hojas, tu nube sin
cielo, tu voz que nadie oye
cuando le gritas al mundo,
en el revés del espejo
solo el silencio
te escucha.
Hay una equidistancia invisible entre la línea
que en el horizonte señala el temblor del perfil
ignoto y la fosa donde en lo profundo las imágenes
que fueron bucean sin voz bajo el agua del olvido;
y es en el lugar en que la luz yace como semilla
de un árbol, el sitio en que la latitud del presente
podría florecer donde puedo palpar el círculo
de las cosas que aún laten en mí; estás tú con tu fiel
presencia de ánima que arrulla el dolor, está mi casa
sin jardín, está el flujo casi inmóvil de los días
donde las sombras son el revés mágico de la luz;
están los mitos del pasado y lo que incumplió
el porvenir como estaciones a las que regresa
el tren de mi niñez y ya no soy distancia sino
memoria que revive una y otra vez en el corazón
de un tiempo que me acuna con flores de orfandad.
Tu rostro se parece a la tierra endurecida por la escarcha
de octubre y en tus manos el amarillo de las hojas se extiende
igual que el ramaje de un bosque en el corazón de la edad.
La bruma en tus ojos es ya ceniza que vela el oculto fuego
de tu vigor marchito, el aire en tus pestañas dejó un rocío
blanco que late como un abril que añora el sol de los días
donde la luz era un cáliz de oro y el mar una serena lámina
de azul columpiándose alegre igual que un niño de espuma
bajo la claridad de un cielo que lo mece feliz.
En tu piel hay un musgo de vivencias, hojarasca inagotable que
mullida crece desnudando el árbol de tu juventud, como deshoja
la luz del crepúsculo al bravío sol que al concluir la tarde ve la caída
de sus rayos: así sucumbe la fruta madura a la sed de la omnívora noche.
Tus ojos regresan a la lluvia y hacen del gris
un sendero de agua en la quietud del pasado; tú
sabes del color tardío de las amapolas cuando
el rojo es un alba que vive en el nido ancestral
de la noche, a veces olvidas que fuiste un árbol
de frutos dulces donde maduraba el canto del colibrí
entre el ramaje en sombra de tu voz, y a veces dibujas
espejismos en el círculo del día como si algo, quizá
la resurrección de tu anhelo de no sucumbir al azar,
quizá el fiel ardid de la memoria cuando hoy el ayer
que es victoria de la luz te dirige a la arcadia donde
los paraguas lucían un arco iris en sus cúpulas
y la lluvia en tus ojos los volvió del color
de las nubes viajeras, ya para siempre.
Como un río que se ausenta de su cauce, perdido
en el ramaje del error, con su agua que ya no es torrente,
que ahora es hilatura mínima, arterias sin el caudal
que firme recorre fértil los senderos de la edad,
con la pesadumbre como un rictus en la mejilla
agrietada, con el grito mudo que ya es cicatriz
inviolable de un alma rota cayendo por las dunas
de un arenal sin fondo, estéril en su prisión
de ángeles caídos, así se vive el fracaso como
ausencia de luz en el corazón de un hombre.
Quisiera dibujar en el cielo signos evidentes
de que llega la aurora, el fulgor de un matiz
que indique la vía que marca la diferencia
entre la luz y lo oscuro.
En la prédica o en la invocación hay un grito
de ventanas abiertas al aire de la claridad.
En mi rostro se contraen dunas de desacierto
junto a la piel lisa de los días en que el paso
resultó suave, casi anónimo, como ocurre
siempre con lo que da paz en mitad del fragor
que acumula tiempo.
Ahora finjo rumores de calma que llegan como lluvia
a mi latitud herida y soy uno más de los que aún
confían en que el buen sol del mañana
les ilumine.
Voló el fantasma sobre el atril de lo real como un lince
gris en la espesura, un cenit de extremidades en ardor,
la fiebre del tacto que acaricia el limo ocre, las medidas
que cuadran en un tapiz hasta dar luz a la idea, el flujo
que baila con el pincel dando forma al frenesí de quien
crea lunas en el fondo de un abismo, la imagen que es
materia virgen, lágrima del color, vibración sin ejes donde
giran las lineas elementales de la evidencia; lo que fue idea
se vuelve curva moldeada por las manos del que será nombre
en perfiles de oro purísimo, lo que fue boceto descubre el aire
infinito de la eternidad, el barro exige la marca del índice,
el roce del anular, la niñez de las falanges en su vientre,
y en el dibujo de equilibrios, en la sed de las fachadas,
en la ortodoxia o su némesis, en la techumbre y en el
balcón donde las formas ha perdido la similitud para ser
el orden nuevo entre las cenizas de un material caduco.