viernes, 13 de marzo de 2026

Soledad

 

Infinito contorno que perfilas mi existir,

muda como una hoja perennemente reseca,

en tu acecho hay una doblez de páramo

en el oasis de la templanza, juntos nacemos

y morimos igual que esquejes de un árbol

que brotó único, en la lejanía del bosque,

no eres carne ni alma, no eres la flor alegre

que ilumina mi ser con voz de pájaro feliz,

pero siempre estás ahí como una sombra

que acude cuando nadie me escucha, solo

tú que nada dices después de que el dolor

asome con su rayo de luz inagotable eres

fiel, con tu presencia, al destino que cumplo.



jueves, 12 de marzo de 2026

Yo que fui huésped de un viejo hotel

 

Sin sonido, solo humedad y un pábilo de luz en el dintel.


El nombre está borroso, la puerta vibra con el temblor del cristal.


¿Son de cartón los espejos, el silencio un rayo que no escucha

el eclipse del ayer, acaso hay pájaros en las molduras

o un manantial bajo la alfombra de tapiz geométrico?


¿Y la música de un violín en la noche, el rumor de las conversaciones

en un idioma inaudible, la luna en la lucerna, la pared oscurecida

por el rastro del tiempo?


Pende de la araña un microcosmos de luz y yo santiguo el aire

con mi índice de niño, qué paraíso de almidón en la chalina,

qué rotundo el lazo en la nuez del servidor, qué palabras

de dulce ensueño anuncian la carta como un féretro que se abre

al pórtico de mi boca.


Y resplandece la cubertería y la cerámica gime,

y en el vidrio habita un fluido de lágrimas, y en el mantel

un mapamundi como una enagua de ribetes de coral

que tapara la pulida superficie de la caoba.


Oh! la fúnebre senectud de los cuadros, la columna griega-agrietada,

el estuco blanco y las flores en el brocal de un búcaro.


Ya voy al vientre de la nocturnidad después de la fugaz canción del hambre,

el mármol y la balaustrada en flor con el óxido del hierro

y la pintura enferma y ese quejido en el alma del edificio

cuando mis pies hunden su estilete en la madera rota.


Y yo sin el uniforme púrpura, y yo con el andrajo y los pantalones azules del mendigo,

y yo casi mudo como una estatua en el fósil iris de la edad,

y yo ángel que en su habitación escribe versos que caen al suelo

igual que nieve tibia, y yo que no respondo a la pregunta del barman

salgo a la lluvia como quien sale al adiós de una nave sin destino.


Y yo que conocí la sinrazón anacrónica que se instaló en la cortina de mis ojos,

me alejo de la luz, del rótulo con letras sonámbulas, de los números que son el epitafio

de las habitaciones vacías, del tordo que huye del alféizar, de mi sombra saciada,

y voy al encuentro del duende que no madruga con el corazón en calma

y en la voz un rosal ya sin espinas.









martes, 10 de marzo de 2026

La aparición

 

Poco a poco se perfila en el contorno del espejo.


Tú quisieras ver la infancia,

la plenitud de un hombre,

incluso la madura tez de un anciano.


Pero no, allí está para recordarte tu destino.


La maldita calavera.



lunes, 9 de marzo de 2026

Reloj de pared

 

Es la hora del Cuco, la letanía del péndulo en la ojiva,

el duelo de las agujas bajo el cristal, de haya o de caoba

su carne, de porcelana el fondo, la coreografía de los números

y el oro de las saetas, el carcaj omnisciente de las horas,

el sonido de un corazón sin alma y el canto del Cuco como

una risa triste que no volveré a oír si ya está aquí la eterna noche.

domingo, 8 de marzo de 2026

Mientras tú caminas bajo la lluvia nocturna

 

Y lloverá el álbum de la luz en tus tobillos

donde la sombra escribe nubes que viajan

por los rieles de la lentitud.



Ahora que el viento sabe nombrar las esquinas

que dibujan la corpórea sed de tu devenir

yo busco la geometría de los portales,

el excelso armazón de los arcos

donde la lluvia pierde el rumbo de su efímero destino

entre columnas de un rosa frágil.



La sinrazón de verte cumplir con los horarios del azar

describe mi sutileza cuando-imán de tu ser-

alcanzo la huella que se diluye al llegar mis pies

a lo que ya es tu sur, a la cuadrícula que en la gravilla

hunde tu firme desliz de hembra que dirige su talle

a la entrecortada luz de un farol que en el atardecer estira su lengua,

su cono como alfil sobre la plaza que espera tu huida.



Mientras los pájaros que no te olvidaron se asoman a los campanarios,

allí sus alas son hojas de un árbol nuevo,

allí nunca hay para ti el ocio de un badajo que no suena firme

pues en tu voz los ecos son un vestigio de azares

que llueven como clamores de una luna vieja.



Y tú que naciste entre olas de mar, mensajera de los faros,

haz que vigila cualquier deriva, la mía que te sigue más allá del perdón,

entre calles sin lucidez con los mil perfiles que rastrean

los hilos breves de la lluvia que se posó en tu ausencia.



Ajeno yo a ese murmullo que acompaña a la larga estela de tu agua,

toda tú río de un ramal que me hace perder el rastro primigenio

que, de pronto, es una línea de carmín que señala en donde morirá la luz

que ya no ilumina el deseo.











viernes, 6 de marzo de 2026

Viento

 

Me llevaras a la distancia mayor donde deje atrás las huellas

que me nombran, y viviré en tu azar como una golondrina

en la acrobacia de la luz, ante ti mis cabellos extienden

sus ramales, mis pestañas tiran de los párpados para no

sentir el aire frío que sopla entre las nubes viajeras,

los árboles bailan tu danza con el collar del ramaje

girando como los derviches de oriente, y yo me siento

espora, brizna sin latitud, papel desnudo con el que juega

tu invisible confín que da sentido y temblor a la fantasía.



jueves, 5 de marzo de 2026

El mendigo

 

Cómo ya es sequedad y temblor, una cuña de mugre

consolida la cicatriz eterna en su faz de atlante, cuando

los ojos se detienen en un punto retorna el alba de lo

que fue como un trasluz recóndito de niñez y sueños,

viste la tela ambigua que trastoca los nombres de victoria

y pérdida, en sus labios la grieta, en sus hombros el frío

de un enero sin paz, en su piel las islas del dolor como

llagas de un océano oculto bajo pliegues de costra y vómito,

ya no es el rubio jazmín que florecía junto al estanque de la juventud,

el mitón cubre sus dedos como alfiles, fuma la colilla última

del último cigarrillo antes de que los párpados caigan sobre

los ojos casi ciegos del penitente, nadie se para ni un segundo

a mirar cómo se acuesta entre los cartones que recogió esa misma

tarde del contenedor azul tan próximo al callejón del supermercado.