Todo un clásico para una cita: película romántica
y después un buen restaurante en el centro.
Ella y su vestido rojo, su carmín, su rímel
y esos pechos que se insinúan bajo la ropa.
Yo con mi americana,
mi camisa azul y mis chinos
-el colmo de la originalidad-.
De cena unos entrantes para compartir.
Después, carne-yo-,
pescado-mi pareja-.
De postre, los dos, tiramisú.
Un rioja gran reserva para acompañar.
¡Perdonad, que no cite la literatura de la carta!
Esas miradas, esos guiños, esas sonrisas,
y un leve roce de las manos...
En total doscientos euros
que pagué yo,
naturalmente.
Al salir me dice subiéndose al primer taxi que pilló:
disculpa pero llego tarde a una despedida de soltera.
Y allí me quedé yo, como un imbécil, junto a la boca del metro.
