En la hendidura el magma de la fe.
Ni catedral insomne
ni gemas en la cruz
ni el blanco del armiño.
Solo la fe como una espada de fuego.
Y el yo que sufre por no ser uno.
Duele el dolor de Dios en mí.
En la hendidura el magma de la fe.
Ni catedral insomne
ni gemas en la cruz
ni el blanco del armiño.
Solo la fe como una espada de fuego.
Y el yo que sufre por no ser uno.
Duele el dolor de Dios en mí.
Antigua vas con la camelia bordada y en el canesú
ribetes de olvido, así con el frío de lo que fue un árbol
de cabellos rojos, con el perfume del ángel en las axilas
y en la frágil espalda una cicatriz de la que aún manan
los sueños persigues la bruma en el bosque de un cuadro
como ninfa inmóvil de un verde ya desvaído, te alejas
en mitad de la lluvia con el sombrero del azar que corona
el enjambre de tus bucles, casi levitas sobre la luz que te lleva
hacia un confín ignoto, y en la anacronía descubro que nunca
fuiste tú tan real como ahora en que ya no estás y te has ido.
Ni barco ni luna, espigón que clava en el azul
su esqueleto, solo orilla que recorta su faz
en la piel del océano, símil de efervescencia
tu nido de volcán ya todo ceniza, en ti llueven
las flores del drago, en ti el acento dulce
y la piel oscura del guanche, en ti el sol
de África y los jardines del trópico
que coronan tu alma.
Años tardó en encontrarla.
Filtró humores, desechó la pena,
quince semillas del verbo jugar,
trece gotas de picardía.
Al final añadió
las cuatro sílabas
de la palabra
inocencia.
Como si fuera el mayor de los triunfos
gritó su nombre:
¡la risa!
Vino y tocó en mi ventana.
Creí que eras tú, requiriéndome.
Su rítmica insistencia
la pensé como un ardid de amor.
Me equivoqué,
pues no eras tú
era el viento traidor
quien
a tales horas
llamaba.
No te anunciaste, confundida entre los minutos y yo
no supe descubrir tu luz, es cierto que me diste calma
y que no entendí que eras principio y final a la vez,
es verdad que apareces sin dar noticia de tu llegada
como el tímido aroma de una flor que seduce sin que
nadie contemple la perfecta arquitectura de su fugaz
paso, lo asimilo si te evoco en la memoria como agua
de reloj en la clepsidra que no cesa de manar, allí donde
dejaste una sombra sobrevive en el envés de la luz
el espacio y el tiempo en que fuiste la huella mas
brillante que continúa viva en lo profundo de mi ser.
Igual que quien se alza contra el orden impuesto
un día te negaste a tu condición de músculo,
y de ti nació el dolor como un tallo de piedra.
Ya no sirves al cuerpo con tu árbol de fibras
que me ayuda a cumplir los ritos del presente.
Ahora has plantado tu raíz en el pozo
que anega la secuencia de mis actos.
Son agujas que hieren mi carne tus ramas
que me obligan al inmóvil ejercicio
de esperar a que se agote, al fin, tu rebeldía.