Y lloverá el álbum de la luz
en tus tobillos
donde la
sombra escribe nubes que viajan
por los
rieles de la lentitud.
Ahora que
el viento sabe nombrar las esquinas
que dibujan
la corpórea sed de tu devenir
yo busco la
geometría de los portales,
el excelso
armazón de los arcos
donde la
lluvia pierde el rumbo de su efímero destino
entre
columnas de un rosa frágil.
La sinrazón
de verte cumplir con los horarios del azar
describe mi
sutileza cuando-imán de tu ser-
alcanzo la
huella que se diluye al llegar mis pies
a lo que ya
es tu sur, a la cuadrícula que en la gravilla
hunde tu
firme desliz de hembra que dirige su talle
a la
entrecortada luz de un farol que en el atardecer estira su lengua,
su cono
como alfil sobre la plaza que espera tu huida.
Mientras
los pájaros que no te olvidaron se asoman a los campanarios,
allí sus alas son hojas de un árbol nuevo,
allí nunca
hay para ti el ocio de un badajo que no suena firme
pues en tu
voz los ecos son un vestigio de azares
que llueven
como clamores de una luna vieja.
Y tú que
naciste entre olas de mar, mensajera de los faros,
haz que
vigila cualquier deriva, la mía que te sigue más allá del perdón,
entre
calles sin lucidez con los mil perfiles que rastrean
los hilos
breves de la lluvia que se posó en tu ausencia.
Ajeno yo a
ese murmullo que acompaña a la larga estela de tu agua,
toda tú
río de un ramal que me hace perder el rastro primigenio
que,
de pronto, es una línea de carmín que señala en donde morirá la luz
que ya no
ilumina el deseo.