Poco a poco se perfila en el contorno del espejo.
Tú quisieras ver la infancia,
la plenitud de un hombre,
incluso la madura tez de un anciano.
Pero no, allí está para recordarte tu destino.
La maldita calavera.
Poco a poco se perfila en el contorno del espejo.
Tú quisieras ver la infancia,
la plenitud de un hombre,
incluso la madura tez de un anciano.
Pero no, allí está para recordarte tu destino.
La maldita calavera.
Es la hora del Cuco, la letanía del péndulo en la ojiva,
el duelo de las agujas bajo el cristal, de haya o de caoba
su carne, de porcelana el fondo, la coreografía de los números
y el oro de las saetas, el carcaj omnisciente de las horas,
el sonido de un corazón sin alma y el canto del Cuco como
una risa triste que no volveré a oír si ya está aquí la eterna noche.
Y lloverá el álbum de la luz en tus tobillos
donde la sombra escribe nubes que viajan
por los rieles de la lentitud.
Ahora que el viento sabe nombrar las esquinas
que dibujan la corpórea sed de tu devenir
yo busco la geometría de los portales,
el excelso armazón de los arcos
donde la lluvia pierde el rumbo de su efímero destino
entre columnas de un rosa frágil.
La sinrazón de verte cumplir con los horarios del azar
describe mi sutileza cuando-imán de tu ser-
alcanzo la huella que se diluye al llegar mis pies
a lo que ya es tu sur, a la cuadrícula que en la gravilla
hunde tu firme desliz de hembra que dirige su talle
a la entrecortada luz de un farol que en el atardecer estira su lengua,
su cono como alfil sobre la plaza que espera tu huida.
Mientras los pájaros que no te olvidaron se asoman a los campanarios,
allí sus alas son hojas de un árbol nuevo,
allí nunca hay para ti el ocio de un badajo que no suena firme
pues en tu voz los ecos son un vestigio de azares
que llueven como clamores de una luna vieja.
Y tú que naciste entre olas de mar, mensajera de los faros,
haz que vigila cualquier deriva, la mía que te sigue más allá del perdón,
entre calles sin lucidez con los mil perfiles que rastrean
los hilos breves de la lluvia que se posó en tu ausencia.
Ajeno yo a ese murmullo que acompaña a la larga estela de tu agua,
toda tú río de un ramal que me hace perder el rastro primigenio
que, de pronto, es una línea de carmín que señala en donde morirá la luz
que ya no ilumina el deseo.
Me llevaras a la distancia mayor donde deje atrás las huellas
que me nombran, y viviré en tu azar como una golondrina
en la acrobacia de la luz, ante ti mis cabellos extienden
sus ramales, mis pestañas tiran de los párpados para no
sentir el aire frío que sopla entre las nubes viajeras,
los árboles bailan tu danza con el collar del ramaje
girando como los derviches de oriente, y yo me siento
espora, brizna sin latitud, papel desnudo con el que juega
tu invisible confín que da sentido y temblor a la fantasía.
Cómo ya es sequedad y temblor, una cuña de mugre
consolida la cicatriz eterna en su faz de atlante, cuando
los ojos se detienen en un punto retorna el alba de lo
que fue como un trasluz recóndito de niñez y sueños,
viste la tela ambigua que trastoca los nombres de victoria
y pérdida, en sus labios la grieta, en sus hombros el frío
de un enero sin paz, en su piel las islas del dolor como
llagas de un océano oculto bajo pliegues de costra y vómito,
ya no es el rubio jazmín que florecía junto al estanque de la juventud,
el mitón cubre sus dedos como alfiles, fuma la colilla última
del último cigarrillo antes de que los párpados caigan sobre
los ojos casi ciegos del penitente, nadie se para ni un segundo
a mirar cómo se acuesta entre los cartones que recogió esa misma
tarde del contenedor azul tan próximo al callejón del supermercado.
He visto tu alba, tu mediodía y tu ocaso.
Me contienes como un árbol de piel
-aunque no florezcan ya tus hojas-.
En tu interior la vida se estanca
como el cauce de un río
que agota su caudal.
Cuando el fin asome
-como los mejores amigos-
nos daremos la mano
antes de yacer juntos
para siempre
en la misma sepultura.