Yo soy quien dispara el fusil.
Yo guio un dron.
Yo formo parte de los cuerpos especiales.
Yo me encargo de la logística de los cohetes.
Y yo soy General, lo mío es la estrategia.
Todos matamos pero cada cuál lo hace a su manera.
Yo soy quien dispara el fusil.
Yo guio un dron.
Yo formo parte de los cuerpos especiales.
Yo me encargo de la logística de los cohetes.
Y yo soy General, lo mío es la estrategia.
Todos matamos pero cada cuál lo hace a su manera.
Haz del rito un eco de ti.
Entre el índice y el corazón
un cilindro de papel
con hebras
rojas.
Quería compartir la palabra,
el mismo gusto en la lengua,
las brasas que se vuelven
ceniza.
Tu humo y el mío juegan
enredándose igual
que dos amantes
en la fría noche.
Consigues círculos perfectos,
yo ríos de algodón
de un gris, casi azul.
Los consumimos a la par
y no nos importa la muerte anunciada
si lo que nos fumamos
es la vida.
Recibe en pie el aire voraz, mensura el arrebato,
dale sosiego al ardiente corazón, que la palabra
encauce el dolor para que razone la ira, que tus
demonios no empuñen el arma después de la afrenta,
aguarda a que llegue la luz cuando todo lo que te rodea
es sombra, mide el golpe que darás para no sentir la culpa
por un exceso de fe, que jamás la desesperanza anule
tu juicio solo así cada decisión que tomes será libre.
Mi adversario soy yo, en la luna del espejo sangra mi carne, siento
la herida que el puño causa y es mi alma quien verdaderamente
sufre el inacabable martirio, resbalan hilos púrpura por mi torso desnudo,
en mis ojos hay islas que supuran lágrimas carmesí, danzo en pos
de mi sombra, golpeo sin pausa, cada golpe que dirijo contra mis cejas,
mi mandíbula, mi boca, mi costado, mi pecho, mis pómulos, mi abdomen
me vuelve más insensible al dolor, ya no noto la luz de neón en los párpados,
ni respiro casi el oxígeno vital, apenas me llega la algarabía que rodea
el inexistente cuadrilátero, el espejo es mi tapiz, los segundos crecen
en secuencia, no podré levantarme al alcanzar el diez, la toalla del sueño
vuela entre las nubes del azogue, en el instante en que yazgo vencido
tú vienes a mí y aunque no eres real me abraza tu cariño, tu consuelo,
tu ansia de curar mis heridas, soy a la vez el ganador y el perdedor
de un combate que no cesa de vivirse, mañana, como cada día, regresará la lid,
el rival, que me conoce desde siempre, habita en el espejo y no tiene piedad.
De joven yo admiraba a Bob Dylan, ahora los jóvenes-y no tan jóvenes- admiran a Bad Bunny.
En las canciones de Dylan encontraba no solo buena música, también unas letras donde la poesía y el mensaje social iban de la mano en una época contestataria y llena de ideales. Así era la juventud de entonces.
No conozco a fondo las canciones de Bad Bunny, eso sí su forma de interpretar es conmovedora, ya que tiene algo de infantil y meloso, arrastrando sílabas sin entender muy bien lo que dice hasta que lo has oído como mil veces, exige por tanto un esfuerzo intelectual; y las letras tienen tal simpleza que llegan rápidamente a los corazones, tocan la fibra sensible del fan gracias en parte a ese invento, el auto-tune, que activa zonas del cerebro desconocidas que en mí comienzan a despertar cuando lo escucho con atención. Es también un referente de la moda por su elegancia en el vestir. Un gran artista y además un icono para los jóvenes latinos frente al poderío anglosajón.
Ya no admiro a Dylan, comienzo a admirar a Benito, por su poder de arrastrar a las masas y darles un sentido a sus vidas. Sin duda, en un futuro no muy lejano será más rico que Dylan.
¡Viva Bad Bunny, muera Dylan!
Están ahí, en duermevela, como esperando ser el ataque del lobo,
son amargas, de filo hiriente y en realidad nunca callan: laten,
rumian, imploran salir como fieras atrapadas por el silencio.
Se llevan mal con la caricia, con la boca que sonríe, con el placer
de los cuerpos, saben dónde herir, en qué parte de su adversario
está la escondida culpa, qué lugar compartido fue una derrota.
Como un tumor vivo cada tanto expelen el pus que, de no hacerlo,
supondría admitir la imposibilidad de la convivencia, han crecido
alimentadas por las malas costumbres, los reproches, las mentiras
y los desencuentros, son de la voz su tono más alto, se aturullan
y confunden la sintaxis porque ardían en el interior y expelen
su lava sobre la piel enemiga sin pensar en el daño, también saben
ser sutiles, ácidas en la letanía, buscan con ahínco la traición y la sorpresa,
el golpe letal que deje mudo al contrincante, y si es así, volverán a hincar
su mordedura una y otra vez en la víctima única de este juego inútil,
la víctima por la que un día sintió amor y ahora solo desprecio.
En tu cintura de arena y perfiles blancos hay pájaros
que danzan en círculos de paz, eres un filo de cristales
donde la luz enciende rosas que brillan al atardecer
como en un jardín de espejos con rojos que dibujan estelas
en el horizonte, me llamas desde el haz con tu sigiloso trazo,
me buscas en las sombras donde la sal rocía los portales
con su corona que refulge bajo los pórticos desnudos,
y son olas las nubes del cielo, y son espuma los balcones
de estas casas que transitan las rías, con sus crestas al sol
y sus abalorios de coral, mojadas por el salto marino de mil
peces, por la lluvia que cae como un velamen que suda un rocío
de húmeda marea sobre la piel amante, los nativos invocan
a las islas lejanas en un mar de misterio tan azul como el azul
de unos ojos que con la claridad de la mañana reflejan el océano
como si fuesen flores de agua en la memoria de un tiempo ido.