En el centro de la transparencia hay un mar de luz,
como la vulva de una invisible flor te abres al día,
la pureza del cuarzo recibe del sol una bendición
de claridad, mis ojos que ven cómo parte la noche.
En el centro de la transparencia hay un mar de luz,
como la vulva de una invisible flor te abres al día,
la pureza del cuarzo recibe del sol una bendición
de claridad, mis ojos que ven cómo parte la noche.
El territorio que transita por los ríos que juegan
a nombrar su inicio y su fin.
Las habitaciones con dibujos a medias como un arabesco
que crece sin saber en qué pared lucirá su filigrana.
Las huellas recientes del que todavía es liviano
y flota en el azar y será producto de un mañana
que perturbe la candidez de su ágil pensamiento .
El que sabe que la vida es un rocío temporal que se posa
en la inocencia con el agua que alegra la piel sin llagas del impúber.
Los ojos donde no existen barrancos negros, ni las pesadas hojas
de un árbol herido caen día a día sobre el frágil tapiz de la edad.
El confín como una isla entre la bruma y el que nada en el océano
sin avizorar aún en el horizonte su más que probable naufragio.
Un día aprenderás a cambiar el color de las flores,
nace el arrullo del canto más cruel mientras tú imitas
la albura que ha vertido la nieve en el cauce rocoso de mi nombre.
Yo sé que hay alas de ángel en tu verbo y que maquillas el rojo
para que no vea la sangre arder cuando la derrota provoque en mí
un ascua que licue en púrpura la fiebre que en mis ojos lagrimea
como un mástil de dolor en el navío del fracaso.
Y no es piedad tu larga cabellera de amor, no hay espadas o fusiles
que desde tu boca me inviten al delirio, no coses la seda del mal
a mi piel desnuda, toda tú eres palabra cándida que voló con los pájaros
de la infancia para dejar su sombra en mi jardín de estío.
Como un eclipse que adormece la luz del sol en el desierto de mi alma,
como si en el encaje de un hemistiquio tú fueras la palabra feliz
que ya no aviva el tizón del desencanto
honras el círculo de mi existir con la infantil canción de la mentira.
Miénteme hasta el fin, que nunca vea en mi espejo cómo crecen
los estériles cabellos de la congoja
aunque el precio sea desconocerme o negar lo que soy
bajo la claridad de una luz
-que yo lo sé-
iluminará a otro.
Sin el denuedo, sin el plomo ni la raíz ni la flor de la lucidez.
Apenas un aire que pasa, la inclemencia de los relojes
que no fijan nunca el volumen, la dimensión de lo real
cualquier matiz, la palabra que por una vez extiende
su propia luz sobre el silencio sin dejar la huella del olvido.
El éxtasis que recorre las venas como un relámpago de infancia,
el placer que dura el exacto segundo en que ya se nombra lo muerto,
la epifanía de la realidad sin que la razón comprenda la magnitud de lo ido.
Y después, en la memoria, una sucesión de soliloquios que duran lo que dura
una vida, tan similares a los que sirven de consuelo a otros muchos de tu especie.
Tú y yo los únicos pasajeros
en el vagón de un tren de cercanías.
Ningún cliente mas que tú y yo
en el bar donde nos tomamos unas cañas.
Por la calle nadie
-solo tú y yo-
en los cien metros
que había hasta tu casa.
Y ahí fue que de pronto
se nos unió
-a ti y a mí-
lo que sería después
el inefable
olvido.
La anchura del latido mas firme,
lo que ruge en la mitad del caos
y no teme al silencio del cobarde.
La fusión de los espejos que multiplican el ardor de un nombre,.
La perdida virginidad de la hembra que liberó el cáliz del deseo,
los ríos del ansia cuando los muros del azar ya no pudieron
contener los aludes infinitos.
La perfecta sintonía de voz y carne dándose a la vida
con el gemido irreal que colma en ósmosis nuestra piel enmarañada.
El último reflejo color carmesí en unos ojos que ya no serán míos,
la ciudad del sur bajo una lluvia convertida en ámbar por el ocaso.
Lo gris y el azul de tantos días alegres, las palabras que te dije
y que ahora resurgen como flores de abril en el ciclo inmortal del recuerdo.
Lo que fugaz llegó para irse sin que mis manos pudieran atrapar
el flujo de su existir.
Las huellas que dejaste en mi corazón ya borradas por el dolor de no tenerte.
Apenas cuatro o cinco libros en un estante,
un póster, una lámpara de pie
y un colchón en el suelo.
Y sin embargo qué feliz aquí contigo.
Tu desnudo es mi auténtico tesoro.