Bebí en el cielo de tu boca,
por un instante me iluminó tu sol,
después llegó la noche
y duró para siempre.
Bebí en el cielo de tu boca,
por un instante me iluminó tu sol,
después llegó la noche
y duró para siempre.
Por un casual descubrí
ya divorciados
que eras celíaca
un día que coincidimos en una terraza
cuando finalizaba agosto
-en la etiqueta de tu bebida ponía “sin gluten”-.
Ahora entiendo tu repentino desdén
por el pan caliente, recién horneado,
que con mucho amor,
untado de mermelada de arándanos,
te servía a diario
durante el desayuno.
Tú entonces ignorabas que eras celíaca,
pero no lo ignoraba el destino.
Siempre me pregunté por la razón de que me pidieras separarnos.
Es posible que en el pan recién horneado
untado con mermelada de arándanos,
que con amor te servía a diario,
esté la respuesta.
O puede que tan solo
te valiera
de excusa.
Hay perfiles altivos
como de moneda
que duran
lo que dura
una vida.
Así el tuyo, bajo la parra
de un café lleno de gente.
El giro de tus muñecas al hablar,
en la piel un río de estrías
que los años dibujan ya
en tu rostro.
La forma en que recoges tu cabello
todavía es el de la joven rebelde
que amaba ser libre.
Aviso al camarero y en las monedas te veo a ti.
Descubro entonces que yo soy la cruz
y tú la cara de aquella moneda
con la que un día,
ya lejano,
me ganaste
la partida.
Que nos retenga el semáforo
da tiempo para vernos de frente.
Es incómodo ya lo sé
contemplarse
con los ojos
del pasado.
Pero piensa que la juventud se ha ido
y que es inútil
la nostalgia.
Al cruzarnos
desviamos la mirada
para no herirnos.
En la encendida risa de vuestros labios infantiles
se transparenta el fulgor mágico de los cuerpos celestes,
porque brilláis en las sombras de la edad
y sois como ángeles que prometen islas de cristal
que vagan por los océanos de la tristeza.
Bien sé que carecéis de materia y que confundís los colores
para que no parezca real lo que en el interior de los ojos se exhibe
como una premonición que jamás se cumplirá;
en mis párpados de somnolencia sembráis los días
con imágenes que viví o no viví, con deseos inconfesables,
con dulces ejércitos que atenúan el rigor ambiguo de las pesadillas,
me regaláis encuentros con mi yo perdido donde aún reviven
las escenas de la infancia, los actos de amor en plenitud,
los viajes que en la memoria son luz de postal sin sombras.
Y en la vigilia hacéis que lo invisible crezca como un árbol
en el bosque de la paz, como una flor en el jardín
que añora los paraísos del edén, como un pájaro que desde las alturas
divisa lo nunca visto: los ríos en la piel del tiempo,
las montañas que el azar columpia sobre los cielos púrpura,
los valles fértiles de lo no sucedido,
los océanos donde habitan las caracolas de la fantasía,
el oasis en el que solo podré vivir si me arropáis como a un niño
que os espera en cada pliegue de sus párpados caídos.
Por más que mire en lo hondo del espejo
no volverá el que fui; no hay huella ni rastro
en la piel del azogue; incluso mi sombra está
cambiando, curvándose ya como la flor que un día,
no tan remoto, caerá en el olvido que precede a la nada.