Por más que mire en lo hondo del espejo
no volverá el que fui; no hay huella ni rastro
en la piel del azogue; incluso mi sombra está
cambiando, curvándose ya como la flor que un día,
no tan remoto, caerá en el olvido que precede a la nada.
Por más que mire en lo hondo del espejo
no volverá el que fui; no hay huella ni rastro
en la piel del azogue; incluso mi sombra está
cambiando, curvándose ya como la flor que un día,
no tan remoto, caerá en el olvido que precede a la nada.
Cuando muerdo la blandura de tu piel se derrama
en mi boca el sabor un poco dulce del durazno, el río
que recorre las papilas fluye hasta caer lentamente
en el pozo de mi faringe, la carne que me entregas
es una ofrenda en sazón, al masticar la pulpa
mis dientes sajan tus hilos que en mi lengua
se arraciman como un zumo de granos fértiles
que despiertan mi sensualidad oculta, solo el oscuro
hueso sobrevive a este ejercicio de amor, la fruta
devorada ha perdido su majestad, en mi mano
la semilla que sembraré mientras aún permanece
el aroma del carozo en el aire, por un instante nada
más, por un segundo que, para mí, es eco de eternidad.
Aún el halo que arropa la sed del recuerdo cae sobre mis ojos,
vierte la penumbra de lo irreal en el instante del fulgor.
Tú eras un nido de pájaros que duermen en el alfeizar de la memoria
con la sonrisa azul de un cielo sin ángeles.
Tú eras pared y ventanales, color y vigas cubiertas de sueños.
Tú eras los mil pasillos que no acaban nunca de morir
tras los pasos del imberbe.
Tú la armonía sospechosa de ser un artificio del tiempo
me llamas en las tardes sin luz cuando lo oscuro teje en mis ojos
páginas de silencio y solo brilla un pábilo en el horizonte
como un faro entre las tinieblas que no consigo nombrar
con palabras dulces.
Y persistes sin que que ningún viento arrastre tu raíz de piedra
que tomó por asalto el corazón que un día fue flor de ternura.
Y te busco cada vez que traspaso el umbral que abren
mis párpados hacia el túnel donde se agitan las luciérnagas
que dejé como hitos que resplandecen sin pausa
en la revivida noche.
Vendrás tarde con la corola gris de la flor yacente,
me dirás la palabra antigua que un día trazó círculos
de fuego en el aire fugitivo para ser nube que se aleja
hacia un horizonte sin mar, en tu voz el ronco eclipse
del pálpito agoniza como un ataúd que da sombra al
ardor que dejó una cicatriz en mi ansia, nuestro recuerdo
ha dejado de amanecer porque tu bandera de nostalgia
es un oscuro tapiz en el que descubro las raíces sin alma
que teje el olvido, y si por un instante retornas, vuelves a mí
desnuda, como si el vestido del pasado ya no tuviera los colores
invencibles de un arco iris, que, aunque efímero, cruza el telar
de la lluvia con la total displicencia de quien no tiene mañana.
Qué ausencia de mármoles en esa dura caída
que eleva sus alas como un grito sin paz,
qué azul en lo hondo si no hay cielo en la raíz
que conoce lo oscuro, qué lágrima en la mejilla
no busca un río, qué corazón no confunde el latido
con un estertor de llamas en el frenesí de un tiempo
que yace, qué diluvio brota hacia arriba y nos bendice
con la lluvia de un verano que se niega a ser verano.
Tu único habitante un rayo luna, en las galerías el sueño de las olas,
el edificio de tres globos con sus escamas ocres, sus cariátides
sin dosel, sus columnas de acanto, las ventanas como un faro
negro en la noche, la lluvia que atraviesa el haz de las farolas
y muge con el aire vivo de la madrugada, la heroína que defiende
la llanura del mar, que se enfrenta al galeón con el grito y el arma
que brotan de su corazón libre, los arcos en silencio, sin el eco
de la multitud, un olor a sal añeja, a fauna insomne, los ojos que miran
ocultos tras los vidrios cómo golpea el invierno las losas centenarias,
y mi nostalgia de verte pasar en los días de la luz camino de tu casa,
junto a la iglesia y el parque donde los árboles dan sombra a mis sueños.