Están ahí, en duermevela, como esperando ser el ataque del lobo,
son amargas, de filo hiriente y en realidad nunca callan: laten,
rumian, imploran salir como fieras atrapadas por el silencio.
Se llevan mal con la caricia, con la boca que sonríe, con el placer
de los cuerpos, saben dónde herir, en qué parte de su adversario
está la escondida culpa, qué lugar compartido fue una derrota.
Como un tumor vivo cada tanto expelen el pus que, de no hacerlo,
supondría admitir la imposibilidad de la convivencia, han crecido
alimentadas por las malas costumbres, los reproches, las mentiras
y los desencuentros, son de la voz su tono más alto, se aturullan
y confunden la sintaxis porque ardían en el interior y expelen
su lava sobre la piel enemiga sin pensar en el daño, también saben
ser sutiles, ácidas en la letanía, buscan con ahínco la traición y la sorpresa,
el golpe letal que deje mudo al contrincante, y si es así, volverán a hincar
su mordedura una y otra vez en la víctima única de este juego inútil,
la víctima por la que un día sintió amor y ahora solo desprecio.