En la encendida risa de vuestros labios infantiles
se transparenta el fulgor mágico de los cuerpos celestes,
porque brilláis en las sombras de la edad
y sois como ángeles que prometen islas de cristal
que vagan por los océanos de la tristeza.
Bien sé que carecéis de materia y que confundís los colores
para que no parezca real lo que en el interior de los ojos se exhibe
como una premonición que jamás se cumplirá;
en mis párpados de somnolencia sembráis los días
con imágenes que viví o no viví, con deseos inconfesables,
con dulces ejércitos que atenúan el rigor ambiguo de las pesadillas,
me regaláis encuentros con mi yo perdido donde aún reviven
las escenas de la infancia, los actos de amor en plenitud,
los viajes que en la memoria son luz de postal sin sombras.
Y en la vigilia hacéis que lo invisible crezca como un árbol
en el bosque de la paz, como una flor en el jardín
que añora los paraísos del edén, como un pájaro que desde las alturas
divisa lo nunca visto: los ríos en la piel del tiempo,
las montañas que el azar columpia sobre los cielos púrpura,
los valles fértiles de lo no sucedido,
los océanos donde habitan las caracolas de la fantasía,
el oasis en el que solo podré vivir si me arropáis como a un niño
que os espera en cada pliegue de sus párpados caídos.