Allí me llevaste, donde la luna es de metal triste
y hasta los perros brillan como faros de azufre
en el centro de un laberinto oscuro, y yo que piso
el frío del silencio con mi lámpara de candil roto,
yo que fui el viandante de tu virtud cuando el arrabal
se convirtió en un oasis de palmeras blancas, yo
que no elegí el aire que de pronto iza un papel y le
da la forma de un pájaro y lo viste con las plumas
de la inocencia, traslúcidas como un cielo de lino; allí
me llevaste, donde el cristal es una lámina opaca de sílice
y musgo; allí donde tu habitación ciega es una boca
que murmura las palabras adolescentes que nos dijimos
casi sin querer, en un lenguaje de flor abierta al sol
imposible de las noches cálidas, a la estéril canción
de los espejos del alba cuando ya todo es de mercurio
y tu herida fulge como un narciso de luz entre las aguas
de un albañal que no nombra a los manantiales puros del frenesí.
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