Día oscuro en el cristal donde no aparece la imagen de tu cuerpo.
Me acostumbré a la espera como se acostumbra el niño
a la plegaria nocturna del perdón, la taza de café adormecida
también espera que el remolino blanco, el ojo donde la espuma
forma rostros de olvido no olvide el tuyo, memoria de una luz
en la mañana con el resol mordiendo como un dulce lobo
de claridad los vestigios de una piel que ahora se dibuja,
con indolencia, en el trazo circular de una cucharilla de alpaca.
Algún día la espera dejará de ser un sueño y los párpados se abrirán
como los frutos del estío se abren, carnosos, a la avidez del gusano
que, pacientemente, los roe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario