viernes, 12 de febrero de 2016

10 de febrero

Se han juntado algunas cosas:
la lluvia en el cristal,
el vuelo desesperado de las golondrinas,
el lomo del mar que se encrespa
como una duda ardiente,
el arco de unas piernas
que acompasan el ejército invisible
de la huida.

Llueve y es febrero,
como aquel febrero sin luz
cuando buscaba el mapa de los laureles
en tus rodillas rojas, en tus pechos de
fruta que no ha conocido el desdén,
en tus ángulos perversos de afrodita-niña.

No es la misma lluvia,
ni es el mismo mar,
ni eres ya la niña
que cabalgó las olas del sueño.

Y aún así yo sé
que siempre vuelve
febrero.




miércoles, 10 de febrero de 2016

El tiempo

Un fino hilo
une la corta distancia que existe
entre estas dos botellas de plástico.

Yo no lo veo,
aún así siento cómo está vivo,
siento cómo lo recorren las invisibles hormigas
que antes poblaban mis ventrículos.

Siento su electricidad,
la recta y ominosa sed del fluido
que no para, que no para,
que no vuelve.

martes, 9 de febrero de 2016

Del imposible retorno

¿Qué esperaba de la luz, de los rododendros,
del aljibe de los bares, de un lluvia no nombrada?
Me esperaba a mi en esa estirpe de la juventud
indomable cuando la noches eran química de astros
en la huella infantil del azar y las horas. Nada puede
sustituir al arbitrio efímero del aire blanco, ni tu ciudad
soñada, ni el reivindicativo sol que ya no ilumina para ti,
que ya es memoria de la luz en tu piel sin rostro.

Un poema de Martín López-Vega

CARTA DESDE CÚNOVO

Estoy junto al Danubio, amor.
Te escribo a media mañana
frente a las colinas de Hungría
mientras alzan el vuelo los gansos salvajes
y un pato se sumerge en el agua erizada.
Cuando estoy sin ti colecciono lugares
en los que me gustaría estar contigo.
Hoy quiero abrazarte y sin embargo
solo podría acariciar la rugosa piel del río,
pero es un animal que también me rehuye.
El viento trata de ondearme
como si fuera una bandera
y yo ni siquiera me siento capaz
de ser mi propio símbolo.
A veces, lo sabes, uno piensa
que busca una respuesta y lo cierto
es que aún no ha encontrado siquiera la pregunta.
Una pregunta que hoy podría ser tal vez
cuál es mi sitio, y el tuyo,
esta mañana de fines de septiembre
y de qué somos bandera.

sábado, 6 de febrero de 2016

Auto-anàlisis de un hombre corriente

No hay nada de particular en ti. Tu cuerpo no
es grande ni pequeño, tu voz no cautiva ni seduce,
tus ojos son oscuros como una mancha indolente.
Cuando caminas las olas del aire no te acompañan,
cuando alzas las manos se ensombrecen los árboles,
cuando quieres escribir algo genial, divertido, triste,
las palabras se confunden con garabatos ciegos que
nunca llegan a poblar el alma virgen del lector. No,
nada hay de particular en lo que eres, ni en lo que has
sido, ni en lo que serás. Comprende, pues, que en esta
fila en la que vives el orden es crucial(huella tras huella,
armonía de coros, bienaventuranza del abrazo),su seguridad
te invita al no pensamiento, a la no rebeldía, al no discurso.
Para ti solo existe una forma de ser feliz, no la desprecies
porque nada hay de particular en ti, nada.

El tictac de la añoranza

Volver no es una razón, tal vez en el sínodo
de la memoria exista la clave de porqué una
campana deja de ser muda y suena y resuena
insolente en la multitud de tus días. Al margen
de la nostalgia no guardo apellidos, soy un barco
que en su deriva regresa al puerto del ayer, a la orilla
blanca, al amor del crepúsculo. No me arrepiento
de esta debilidad que me busca en un frenesí, bajo
la lluvia, en el territorio de tu singladura o en el
arrecife en que muero.¡Qué dramática la luz en la
esfera del reloj, cuando me pregunto por tus anillos
o el calambre de tus botas en mis ojos que no vuelven!
He agotado las cruces donde te hallé, me digo que es
sano equilibrar la ausencia con mis huellas amargas,
quizá viva en la evocación una luz impronunciable ante
la cuál me agito como un enigma o un suceso o una
escala diatónica que se repite sin querer.

viernes, 5 de febrero de 2016

La coincidencia



El hule es un mapa por descubrir.

Tú acaricias la porcelana
como atisbando el silencio
(o sus margaritas fósiles).

Es medianoche tras el cristal,
adentro los azules crecen cuando te hablo
y tu voz contesta
con la cruz de un arpegio.

Hay momentos en que la felicidad se desnuda
y pasa como una náyade
sobre los ríos de tu presente,
sobre el trasluz de mis ojos.

Regresa el camarero a su designio,
ha traído una copa blanca para mi,
un té sin mácula
para tu expectativa de semen o flor,
de rosal o fluido
que recorre la inquietud
o el desinterés
de los hábitos más infantiles.

Siempre recordaré de qué hablamos:
de tus lecturas perdidas,
de mis films ambiguos,
de la curiosidad de desvestirnos
en calles sin edad.

De pronto, la lluvia se empeña en ser sonido
que ignora la raíz pura de una coincidencia
que se disfrazó de destino
mientras la fiebre del reloj buscaba
el instante exacto en que los labios dijeron sí
o tal vez
o para nunca seré
la melodía en que no estás.