Quisiera dibujar en el cielo signos claros,
el fulgor de un matiz que indique la vía
que marca la diferencia entre la luz y lo oscuro.
En la prédica o en la invocación hay un grito
de ventanas abiertas al aire de la claridad.
En mi rostro se contraen dunas de desacierto
junto a la piel lisa de los días en que el paso
resultó suave, casi anónimo, como ocurre
siempre con lo que da paz en mitad del fragor
que acumula tiempo.
Ahora finjo rumores de calma que llegan como lluvia
a mi latitud herida y soy uno más de los que aún
confían en que el buen sol del mañana
les ilumine.
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