viernes, 9 de octubre de 2026

El tapiz que bordé

 

Desde que vi la luz, sin ninguna conciencia, hilé

con torpes dedos el tapiz que hoy conforma mi vida;

la tela desnuda, en blancor virgen, recibió la primigenia

puntada, irregular como de ojo ciego, frágil como

camino de agua, aún estéril en su transcurrir de río

imberbe, sin color todavía, sin la claridad de un dibujo,

un mapa, un paisaje o un símbolo que describieran

mis actos, mis hechos en sucesión, mis ansias infantiles,

con flores bordadas, arabescos y filigranas, geometrías

del azar, urdimbre única del lino que en el bastidor

va creciendo igual que crecen las amapolas en un campo

salvaje; allí la andadura inicial del ser, los juegos del niño,

la febril juventud, la madurez y sus cargas, el rostro mío

siempre en su faz, devorado por la textura del tiempo,

escenas que no volverán, recorrido de un hombre a través

del mar de la vida hasta el confín último de una muerte

que asoma ya entre las nubes que todavía ocultan el ocaso.


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