Al principio la soledad es solo un duende.
Su imaginario ser no habita los caparazones
de la muchedumbre ni conoce el libre juego
de los estetas.
Como en un río imperecedero
mis brazos innobles
mueven lentamente sus aspas,
se avían igual que descuidadas libélulas
sobre el fluido constante de un rumor cristalino.
Ríen los miembros cuando una voz imperiosa
maldice la virtud de los horizontes prohibidos,
cuando la visión de la isla es otra isla encendida,
cuando los párpados no hablan otro idioma que el frío.
Y sin embargo, hay letras de arrugado frenesí
y locuras que mienten bajo un sol sin héroes.
Desde aquí
veo la fauna agreste, la tierra calcinada,
los acantilados como rostros seculares
de un armazón perdido.
Mientras, son las palabras el refugio de la noche
-pareciera que un búho gris ululara en mi oído
la vieja canción de los marinos: el ron, el ron, el ron...-.
Habitante de mis dudas, callo como un muerto
que ha conocido al fin su paraíso.
jueves, 3 de julio de 2014
domingo, 29 de junio de 2014
Aquellos días
Algunas veces, dentro de la melancolía,
se abren mundos de napalm.
Con la piel renovada, con los ojos heridos
por la culpa, con el hambre de los dieciséis años
aún latente, con el cielo gris y acuoso cayendo
como un pedestal sobre mis días; me reafirmo
desde el paso triste, la incomprensión y el silencio,
para ser pájaro nuevo sobre estatuas de granito,
acústica similitud de jóvenes sin patria, mirada
limpia que vaga como humo de inmortalidad
y sueña con hembras desleídas que apuntan
nombres de plata en cuadernos rojos,
que jamás maquillan la conciencia núbil
y arrojan los iris como perlas ambiguas
hacia el dominio mensurable de la finitud.
Así es la llegada que enciende el vigor de los cuervos,
en su cenáculo las palabras susurran un canto de mendacidad,
con silabas de adiós o luces mortecinas que amparan
el lúgubre eco de lo piadoso.
Y sin embargo, no hay más que un principio gris,
la puerta cuyos goznes vibran como exaltación de la luz,
estrategia pálida que crece hacia ciudades por conquistar
junto a las caricias del amor en países de exilio,
en playas inventadas por mares inexistentes
y pedazos de luna que sobreviven al cautiverio
de los siglos por venir.
En la claridad de entonces, veredas de futuro se enlazaron,
ya solo se trataba de una elección o una deriva, del azar
que surge como una guirnalda que el viento orea
para crucificar el destino, desnudarlo de ser y pasado,
de nombre y artificio, y construir al fin una historia,
la mía.
se abren mundos de napalm.
Con la piel renovada, con los ojos heridos
por la culpa, con el hambre de los dieciséis años
aún latente, con el cielo gris y acuoso cayendo
como un pedestal sobre mis días; me reafirmo
desde el paso triste, la incomprensión y el silencio,
para ser pájaro nuevo sobre estatuas de granito,
acústica similitud de jóvenes sin patria, mirada
limpia que vaga como humo de inmortalidad
y sueña con hembras desleídas que apuntan
nombres de plata en cuadernos rojos,
que jamás maquillan la conciencia núbil
y arrojan los iris como perlas ambiguas
hacia el dominio mensurable de la finitud.
Así es la llegada que enciende el vigor de los cuervos,
en su cenáculo las palabras susurran un canto de mendacidad,
con silabas de adiós o luces mortecinas que amparan
el lúgubre eco de lo piadoso.
Y sin embargo, no hay más que un principio gris,
la puerta cuyos goznes vibran como exaltación de la luz,
estrategia pálida que crece hacia ciudades por conquistar
junto a las caricias del amor en países de exilio,
en playas inventadas por mares inexistentes
y pedazos de luna que sobreviven al cautiverio
de los siglos por venir.
En la claridad de entonces, veredas de futuro se enlazaron,
ya solo se trataba de una elección o una deriva, del azar
que surge como una guirnalda que el viento orea
para crucificar el destino, desnudarlo de ser y pasado,
de nombre y artificio, y construir al fin una historia,
la mía.
miércoles, 25 de junio de 2014
Generaciones
El que os habla no es el mismo
que conocisteis.
Quizá, en el presente,
cuando yo soy vosotros,
cuando la edad me aproxima
al calor de vuestros sentimientos
comprenda al fin la distancia que nos une.
No os culpo, porque en el territorio
en el que plantasteis mi vida
no haya crecido un árbol más fuerte,
no os culpo del error que pesa
en la conciencia y golpea como
un martillo alucinado.
En el fondo son cosas fútiles
las que sin sospecha horadan el porvenir,
juegos de azar, palabras como cuchillas
que aparentan ser la suavidad perenne
de la consolación.
Y no lo son, porque su naturaleza
es la del tigre ágil
que un día abrirá sus fauces de espanto,
en medio de las sombras que empiezan a poblarte,
igual que un arco iris
que de pronto quemara
las vías ilusas de la felicidad
y abriera surcos de quemazón en las horas blancas
de la inocencia.
Pero ¿quién adivina la estrategia del dolor
cuando se viste de canto leve y es solamente
el preludio de una oscura ficción,
un teatro sin luces
cuyos actores gritan
un nombre siempre repetido?
Hoy os comprendo. Mi piel ha viajado
por la melancolía de los meses, mis ojos
han roto el velo infantil de la falsedad,
lo real exhibe garras de premura;
ahora soy el que ignora la luz,
el que habita en sus vértices de desencanto
y escupe esta verdad sin patria,
esta verdad que habla del perdón de los ausentes
o de como se puede ser niño
y se puede ser hombre a la vez,
en medio de la claridad
o de la negra perfección de la herida.
que conocisteis.
Quizá, en el presente,
cuando yo soy vosotros,
cuando la edad me aproxima
al calor de vuestros sentimientos
comprenda al fin la distancia que nos une.
No os culpo, porque en el territorio
en el que plantasteis mi vida
no haya crecido un árbol más fuerte,
no os culpo del error que pesa
en la conciencia y golpea como
un martillo alucinado.
En el fondo son cosas fútiles
las que sin sospecha horadan el porvenir,
juegos de azar, palabras como cuchillas
que aparentan ser la suavidad perenne
de la consolación.
Y no lo son, porque su naturaleza
es la del tigre ágil
que un día abrirá sus fauces de espanto,
en medio de las sombras que empiezan a poblarte,
igual que un arco iris
que de pronto quemara
las vías ilusas de la felicidad
y abriera surcos de quemazón en las horas blancas
de la inocencia.
Pero ¿quién adivina la estrategia del dolor
cuando se viste de canto leve y es solamente
el preludio de una oscura ficción,
un teatro sin luces
cuyos actores gritan
un nombre siempre repetido?
Hoy os comprendo. Mi piel ha viajado
por la melancolía de los meses, mis ojos
han roto el velo infantil de la falsedad,
lo real exhibe garras de premura;
ahora soy el que ignora la luz,
el que habita en sus vértices de desencanto
y escupe esta verdad sin patria,
esta verdad que habla del perdón de los ausentes
o de como se puede ser niño
y se puede ser hombre a la vez,
en medio de la claridad
o de la negra perfección de la herida.
lunes, 23 de junio de 2014
Diario de un provinciano
Hay que poblar el vacío.
Descubro la memoria de la urbe,
los vericuetos que llevan al refugio,
las rutas inefables del color.
Días de ojos sin tránsito,
los murmullos de la vecindad se extienden
como un río de palabras, el caudal de los meses
que espían mis cejas oscuras, la piedad de las cadenas
que habitan la música de los ángeles son un vaticinio
o una prueba de la sed que guardo.
No rugen televisores en la quietud de las horas,
canta el niño-niño su canción inacabada,
sueña mi rebeldía con caderas verdes
mientras el reflejo del níquel devuelve la curva
de mi rostro a su condición ingrávida.
Tras el teatro del cristal pasan autobuses rojos,
cruzan la histeria de las nubes
gorriones de plata,
azucenas de polvo se estiran hacia un cielo
de humo.
No sé qué espero, ni si ambiciono
otra cosa que el silencio.
A veces la lujuria vaga conmigo
en suburbanos de látex,
otras veces los párpados de una biblioteca
me dicen que aún hay esperanza
entre la sordidez
y la mentira.
Supongo que se trata de vivir, de echar los dados
sobre alfombras ciegas.
¿Vendrá la noche a desnudarme,
o habrá una flor,
un labio, un pan o un verso
que me caliente?
Cuando miro la terrible negritud del asfalto,
los árboles exhaustos,
el ruido inconsolable,
pienso en la caricia del mar,
en el círculo del azul,
pienso en mi locura.
Descubro la memoria de la urbe,
los vericuetos que llevan al refugio,
las rutas inefables del color.
Días de ojos sin tránsito,
los murmullos de la vecindad se extienden
como un río de palabras, el caudal de los meses
que espían mis cejas oscuras, la piedad de las cadenas
que habitan la música de los ángeles son un vaticinio
o una prueba de la sed que guardo.
No rugen televisores en la quietud de las horas,
canta el niño-niño su canción inacabada,
sueña mi rebeldía con caderas verdes
mientras el reflejo del níquel devuelve la curva
de mi rostro a su condición ingrávida.
Tras el teatro del cristal pasan autobuses rojos,
cruzan la histeria de las nubes
gorriones de plata,
azucenas de polvo se estiran hacia un cielo
de humo.
No sé qué espero, ni si ambiciono
otra cosa que el silencio.
A veces la lujuria vaga conmigo
en suburbanos de látex,
otras veces los párpados de una biblioteca
me dicen que aún hay esperanza
entre la sordidez
y la mentira.
Supongo que se trata de vivir, de echar los dados
sobre alfombras ciegas.
¿Vendrá la noche a desnudarme,
o habrá una flor,
un labio, un pan o un verso
que me caliente?
Cuando miro la terrible negritud del asfalto,
los árboles exhaustos,
el ruido inconsolable,
pienso en la caricia del mar,
en el círculo del azul,
pienso en mi locura.
domingo, 22 de junio de 2014
Paisaje
Tras el cristal sueña el color su alegría.
Hay en el tiempo perenne un silencio de ámbar,
un otoño de pájaros lúgubres, una risa contenida
que yace.
La mirada se posa en los caminos vacíos,
en las espigas ocres, en la pulcritud del agua
que da vida a la vida.
En la cicatriz de los cuestos se dibujan pedregales sin alma,
un aire insomne apenas circula, herido en su sed.
Me gusta el frío de esta soledad sin patria,
su desmemoria, su muerte desoída.
Uno sabe que la tierra es un corazón yerto
como sabe que en la victoria del azul
sobrevive un sol sin lágrimas.
Que no habrá otro instante como éste
en que la luz se entrega al día.
Que aún hay esperanza,
aunque ya no para mi.
Hay en el tiempo perenne un silencio de ámbar,
un otoño de pájaros lúgubres, una risa contenida
que yace.
La mirada se posa en los caminos vacíos,
en las espigas ocres, en la pulcritud del agua
que da vida a la vida.
En la cicatriz de los cuestos se dibujan pedregales sin alma,
un aire insomne apenas circula, herido en su sed.
Me gusta el frío de esta soledad sin patria,
su desmemoria, su muerte desoída.
Uno sabe que la tierra es un corazón yerto
como sabe que en la victoria del azul
sobrevive un sol sin lágrimas.
Que no habrá otro instante como éste
en que la luz se entrega al día.
Que aún hay esperanza,
aunque ya no para mi.
viernes, 20 de junio de 2014
La verdad
La verdad presume de color.
Es ventajosa, se dulcifica
con afeites de silencio.
Ha llegado hasta aquí
como un misterio,
su inquietud asombra,
sus ojos sin niebla
han llorado la luz.
Y prosigue, hasta
el fin incierto de
la duda.
Es ventajosa, se dulcifica
con afeites de silencio.
Ha llegado hasta aquí
como un misterio,
su inquietud asombra,
sus ojos sin niebla
han llorado la luz.
Y prosigue, hasta
el fin incierto de
la duda.
sábado, 14 de junio de 2014
Burdel
La exactitud eran cien pasos repetidos.
Mi oración escribía su infantil epitafio
con ecos de ciudad.
No hablar de la vida,
no entender el filo de las emociones,
no transcribir la piel ni el perfume
que horada la sinrazón.
Sólo la cáustica sombra
de las habitaciones añejas,
el boudoir que recibe
la volatilidad de un sábado.
Y en el espejo de la noche
los paraísos del candil,
la penumbra sin color de los tabucos,
el insomnio como un elixir
en la estación prohibida del suburbio.
Mi oración escribía su infantil epitafio
con ecos de ciudad.
No hablar de la vida,
no entender el filo de las emociones,
no transcribir la piel ni el perfume
que horada la sinrazón.
Sólo la cáustica sombra
de las habitaciones añejas,
el boudoir que recibe
la volatilidad de un sábado.
Y en el espejo de la noche
los paraísos del candil,
la penumbra sin color de los tabucos,
el insomnio como un elixir
en la estación prohibida del suburbio.
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