Atravieso el mercurio como quien nada hacia la noche,
allí hay un hogar que abre sus ojos a la profunda evocación
de quién ya no espera otra luz que sobreviva a la que asoma
en el resplandor desvaído de la memoria, recupero el dibujo
de las grecas en la pared, las habitaciones que aún guardan
el misterio de los cuerpos idos, la música que danza en el aire
con olas que conmemoran el sentir adolescente, la voz grave,
la voz dulce y la voz tímida bajo los techos de molduras grises,
la llamada del teléfono con la secuencia de sus latidos como
un rito ancestral, el lugar donde la luz amarilla y la luz
blanca construyen un halo mágico de briznas insomnes,
las cosas que son imagen y no ser, virtualidad y no materia
de un mundo que aún pervive en lo más hondo de mi espejo.
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