Abres un libro y vuelan palomas
como verbos de infantil azar.
Te vi en el cristal cuando ya no eras sombra,
te soñé luna en la cadencia de los tiovivos
siempre en círculo alrededor de un jardín alado.
Te perdí al nombrarte en soliloquio sin un diálogo
al trasluz de las noches en vela.
Fuiste un árbol de ramas verdes que creció en el agua
como un géiser de amor.
Ni la lluvia ni la ola mojaron jamás el alba de tu pecho,
tan clara, tan lívida en la etérea canción
de los silencios insomnes.
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