Intercambiamos los lugares en la cama.
Mi auto deportivo por tu coche familiar.
También los sitios de la ropa en el armario.
Y las tazas del desayuno.
El puesto que ocupamos en la mesa
y en el sofá.
Tú cocinabas de lunes a jueves
y yo de viernes a domingo,
ahora es al contrario.
Todo por entendernos mejor,
variar las costumbres
y no ser tan rutinarios.
Al final no resultó como esperábamos.
Querida, la verdad es que el problema
no son ni las costumbres viciadas
ni la rutina que cansa,
el problema
somos nosotros.
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