Qué gracia infantil,
qué ritmo de ángel,
qué infinita ternura
la de tu amor puro.
Qué ojos en donde la paz va a rendir
su bandera
blanca.
Asumes, equivocadamente,
que el sacrificio es pasión de dicha,
coro que al fin recibe
tu más aguda voz.
Solo eco en el instante
que precede al ritual,
mientras la noche
sangra pedazos de vellón virgen
caído
como maná cruel.
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