Parecen palabras engarzadas en luz
pero huelen como sulfuro en una enagua blanca.
Se adornan, se acicalan con su sabor dulce de raíz florida.
Si yo interrogo el por qué, tu voz dice pájaros, amor y luna.
Pero hay un río que desvía el brillo hacia el barro,
hay serpientes de un azul poderoso
que cimbrean en tu esqueleto deforme.
¿Quién ganará aquí, quizá la bífida amargura del desdén
o se adivina el tronco improbable de una madurez que asoma?
Escupe si quieres vocablos sin orillas,
la verdad elige su mortaja y en ella vence el olvido.
martes, 26 de febrero de 2019
sábado, 23 de febrero de 2019
Victoriosos
Las cosas más simples llegan aquí
como un ramillete en flor.
El agua de la lluvia, la canción en la madrugada,
tu sonrisa recién nacida, un rayo de sol que destruye la penumbra.
Y era un hogar el silencio entre tu cuerpo y el mío,
yo sabía de tus pasos y tú te anticipabas a mi voz
como si presintieras que los adjetivos que te di
nunca volverían a mi nombre.
Después de hacer el amor un aire sutil nos acompaña,
tú miras a la claridad y yo busco en el espejo mi hombría de antaño,
el paraíso inmortal de la juventud y el ansia.
Es otro y distinto el día y me gusta que así sea,
hoy te tranquiliza que la araña enhebre su verdad
y a mí el transitar de los pájaros en el cielo
me recuerda al dibujo
de aquel jersey olvidado sobre una silla azul.
Pertenecemos a las turbias historias que son símbolos heridos,
el futuro enciende un faro en la simetría de dos orquídeas ajadas.
Pero un hilo une las respuestas que nos nombran,
ese hilo es la huella compartida de un tiempo feliz
que no admite la derrota del presente.
como un ramillete en flor.
El agua de la lluvia, la canción en la madrugada,
tu sonrisa recién nacida, un rayo de sol que destruye la penumbra.
Y era un hogar el silencio entre tu cuerpo y el mío,
yo sabía de tus pasos y tú te anticipabas a mi voz
como si presintieras que los adjetivos que te di
nunca volverían a mi nombre.
Después de hacer el amor un aire sutil nos acompaña,
tú miras a la claridad y yo busco en el espejo mi hombría de antaño,
el paraíso inmortal de la juventud y el ansia.
Es otro y distinto el día y me gusta que así sea,
hoy te tranquiliza que la araña enhebre su verdad
y a mí el transitar de los pájaros en el cielo
me recuerda al dibujo
de aquel jersey olvidado sobre una silla azul.
Pertenecemos a las turbias historias que son símbolos heridos,
el futuro enciende un faro en la simetría de dos orquídeas ajadas.
Pero un hilo une las respuestas que nos nombran,
ese hilo es la huella compartida de un tiempo feliz
que no admite la derrota del presente.
viernes, 22 de febrero de 2019
Nostalgia
Tantas veces vestido por tu sombra que ya no te conoces.
En los espejos hablan las caras que fuiste,
en tu voz se descubre un murmullo de adioses que no cesan,
en tus recuerdos un niño te mira buscando la luz del mañana.
Quieres ser la eternidad de los dieciocho en una piel herida.
Crece la marea que el reloj multiplica bajo el ansia imposible
de un ángel que arroja sobre ti las cenizas del olvido.
Preferirías otro nombre, otro lugar, otro tiempo
que nunca te desnudara.
En los espejos hablan las caras que fuiste,
en tu voz se descubre un murmullo de adioses que no cesan,
en tus recuerdos un niño te mira buscando la luz del mañana.
Quieres ser la eternidad de los dieciocho en una piel herida.
Crece la marea que el reloj multiplica bajo el ansia imposible
de un ángel que arroja sobre ti las cenizas del olvido.
Preferirías otro nombre, otro lugar, otro tiempo
que nunca te desnudara.
miércoles, 20 de febrero de 2019
Qué fue
Hay una identidad común que aún no tiene nombre.
Son sueños en las calles, la rendición a las sombras,
una ola que llega desnuda. Son las cicatrices el inicio
de la doblez o de la ausencia, y son las huellas del tiempo
los girasoles que entregamos el uno al otro como un signo.
A veces es suficiente con la proximidad del aire seco,
las luciérnagas en la penumbra, el rio gentil del encuentro.
Entonces bajan al día las campanas del orgullo y nos miramos
como dos eclipses o cien enigmas que se olisquean.
Ven, tu mano es un fino diamante que brilla y no muere,
ven al soliloquio de los cines y a las estatuas vencidas,
al hambre de los golfos que se adentran en tu seno,
al desiderátum de la locura entre tus piernas blancas.
En todas las fotografías el color es tu color, y no vive
el paisaje sin ti. Un recuerdo de estaciones y hojas ocres,
de playas y grutas ciegas, de vasos de vino sin terminar.
Qué fue de aquel rumor antiguo que llega hasta mí y se vuelve
piélago inmortal en un cuerpo sin orillas.
Son sueños en las calles, la rendición a las sombras,
una ola que llega desnuda. Son las cicatrices el inicio
de la doblez o de la ausencia, y son las huellas del tiempo
los girasoles que entregamos el uno al otro como un signo.
A veces es suficiente con la proximidad del aire seco,
las luciérnagas en la penumbra, el rio gentil del encuentro.
Entonces bajan al día las campanas del orgullo y nos miramos
como dos eclipses o cien enigmas que se olisquean.
Ven, tu mano es un fino diamante que brilla y no muere,
ven al soliloquio de los cines y a las estatuas vencidas,
al hambre de los golfos que se adentran en tu seno,
al desiderátum de la locura entre tus piernas blancas.
En todas las fotografías el color es tu color, y no vive
el paisaje sin ti. Un recuerdo de estaciones y hojas ocres,
de playas y grutas ciegas, de vasos de vino sin terminar.
Qué fue de aquel rumor antiguo que llega hasta mí y se vuelve
piélago inmortal en un cuerpo sin orillas.
domingo, 17 de febrero de 2019
El Viajero
Es el estiaje del cuerpo la fiebre que fluye.
Desde la encorvada luz que me acompaña
el silencio escribe soliloquios sobre la piel endurecida.
Solo, en la habitación madura,
un crepitar inaudible de minutos reverbera en mi oído
ya náufrago de sensaciones, de ardides, del frenesí de la lujuria.
Cálida mi voz como un hálito de siglos,
dulce el rumor de los objetos
tantas veces ignorados por un presente de urgencias y finitud.
Yo sé que las horas cabalgarán eternamente,
sin mi montura, sin el arrobo infantil
que aún recita en el profundo corazón la ilusión inane del azar.
Está el laberinto de la memoria, sus cruces y arpegios
que trenzaron los días a su manera.
Y estoy yo, el viajero que reconoce entre la bruma
una tierra sin abrigo, un final que abraza sin piedad
el tiempo fósil, mi deriva.
Desde la encorvada luz que me acompaña
el silencio escribe soliloquios sobre la piel endurecida.
Solo, en la habitación madura,
un crepitar inaudible de minutos reverbera en mi oído
ya náufrago de sensaciones, de ardides, del frenesí de la lujuria.
Cálida mi voz como un hálito de siglos,
dulce el rumor de los objetos
tantas veces ignorados por un presente de urgencias y finitud.
Yo sé que las horas cabalgarán eternamente,
sin mi montura, sin el arrobo infantil
que aún recita en el profundo corazón la ilusión inane del azar.
Está el laberinto de la memoria, sus cruces y arpegios
que trenzaron los días a su manera.
Y estoy yo, el viajero que reconoce entre la bruma
una tierra sin abrigo, un final que abraza sin piedad
el tiempo fósil, mi deriva.
sábado, 16 de febrero de 2019
Paisaje
¿Faltan los pájaros?
La llanura inmensa como un lamento ocre.
Un aspersor de agua cubre las semillas en calma,
el ganado enflaquecido por yugos y sol.
La canícula es verde y cae lo mismo que lluvia de mercurio
en los ojos, habita el gusano la idiosincrasia del terrón,
la brillante sed del esqueje.
Morirá el día con un ocaso de esplendor,
el jornalero calla, toca su vientre hundido,
su camisa, el algodón imperfecto sufre la locura del hedor.
Las codornices vuelan bajo,
buscan el matojo donde depositar su excremento,
fino y múltiple, caliente en su perfil de insolencia.
Continúa en el alquitrán la música de los olivos,
tres cuartos de distancia y la sinrazón,
el azote de las varas y ese ejército esclavo
que imagina el compás de las horas,
la lucidez de las hormigas que sueñan troncos, jardines,
espectros en la memoria de la luz.
La llanura inmensa como un lamento ocre.
Un aspersor de agua cubre las semillas en calma,
el ganado enflaquecido por yugos y sol.
La canícula es verde y cae lo mismo que lluvia de mercurio
en los ojos, habita el gusano la idiosincrasia del terrón,
la brillante sed del esqueje.
Morirá el día con un ocaso de esplendor,
el jornalero calla, toca su vientre hundido,
su camisa, el algodón imperfecto sufre la locura del hedor.
Las codornices vuelan bajo,
buscan el matojo donde depositar su excremento,
fino y múltiple, caliente en su perfil de insolencia.
Continúa en el alquitrán la música de los olivos,
tres cuartos de distancia y la sinrazón,
el azote de las varas y ese ejército esclavo
que imagina el compás de las horas,
la lucidez de las hormigas que sueñan troncos, jardines,
espectros en la memoria de la luz.
Olímpia tú
Seguir, oír tus pasos, detrás del vidrio.
Es la longevidad de los recorridos
una trampa sin futuro,
la sonrisa indolente de la espera.
Llueve bajo el sol oscuro,
existes como un relámpago que aterriza en la playa
desnudando olas, sintiéndose luz.
Sé tu nombre y el halo que deja tu sombra en las aulas,
en las calles, en el rumor ambiguo de las conversaciones.
Sé que guardas en tu pecho una carta secreta,
escrita dulcemente,
como un juglar canta al amor y al desencuentro.
Sé que en los rizos de tu consciencia
se dibujan cuadros de bosques infinitos.
Si el recuerdo es un mapa de olvido,
islas, continentes y territorios te reflejan
en las horas grises de la vejez.
¿Será aún rubio tu cabello,
la voz que dibujaste en un mantel de juventud
hablará todavía como un colibrí
le habla al ayer?
La risa, la ilusión, las manos furtivas,
el rostro cercano y la piel que suda el rubor del éxtasis.
Ese es el óleo que se paraliza en la memoria,
Olímpia tú, Dánae infantil de mis quimeras.
Es la longevidad de los recorridos
una trampa sin futuro,
la sonrisa indolente de la espera.
Llueve bajo el sol oscuro,
existes como un relámpago que aterriza en la playa
desnudando olas, sintiéndose luz.
Sé tu nombre y el halo que deja tu sombra en las aulas,
en las calles, en el rumor ambiguo de las conversaciones.
Sé que guardas en tu pecho una carta secreta,
escrita dulcemente,
como un juglar canta al amor y al desencuentro.
Sé que en los rizos de tu consciencia
se dibujan cuadros de bosques infinitos.
Si el recuerdo es un mapa de olvido,
islas, continentes y territorios te reflejan
en las horas grises de la vejez.
¿Será aún rubio tu cabello,
la voz que dibujaste en un mantel de juventud
hablará todavía como un colibrí
le habla al ayer?
La risa, la ilusión, las manos furtivas,
el rostro cercano y la piel que suda el rubor del éxtasis.
Ese es el óleo que se paraliza en la memoria,
Olímpia tú, Dánae infantil de mis quimeras.
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