Sí, el mar era tuyo, como lo era el triste viento
de la tarde, por la ciudad las plazas sin infancia,
en sombra de tenue luz, con bancos de forja,
los trinos del agua en surtidores de hierro,
los pájaros inmóviles, mudos en las ramas
tupidas, el sol en el árbol con su tapiz brillante,
el aire salino que se vierte con su aura de fina ola
en tu rostro de alba palidez te vestían con el oropel
tardío del crepúsculo, pero ni el mar, ni el viento
ni la plaza que con amor te vestía cambiaron tu destino
que es idéntico a la luz que fulge a la vez que ya
es sombra al instante inmediato en que sucede.
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