sábado, 4 de febrero de 2023

Narciso

 

Recuérdame, sombra, que tú eres yo.

No sé qué seduce a la mirada de los otros,
quizá mi imagen sea un halo o un nimbo de claridad,
quizá el ideal tenga mis miembros como la luz tiene a la mañana.

Sigilosamente, entre el ramaje, una túnica de ninfa,
un quejido de raíz, un roce de susurros como un canto de ruiseñor.

Yo inquiero a la profunda umbría, el misterio y la transparencia
detrás del tronco viejo, la respuesta es mi incertidumbre,
mi palabra última con fertilidad de polen;
llega hasta mí su calidez núbil con largos brazos de posesión,
con los labios aun rozándose, ahora mudos.

¡Ahí! responde a mi ¡ahí!, al fin, como un beso que calcina mi voz.

¿Qué es ese dulce resplandor en el claro,
qué la pátina del agua, su cristal puro?

Hay un rostro sin perfil, un sol en el ojo del estanque
donde resiste la luz, si mi faz tiembla en la pasividad
cae al abismo de su negación.

El volumen del reflejo me ampara, soy un yo náufrago, 
soy la caída, soy la quietud que flota en la piel del agua
después de nadar hacia mi sed para beberme todo.

Una flor blanca no me deja ser olvido.

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