Ha llegado oculto, agazapado, igual que un felino
que contiene el ansia hasta que la presa se abre,
húmeda y procaz al aliento y a la mordedura.
Es el primer lazo que se agita en las grietas
de la carne, busca y rebusca la horma que selle
un amor recién nacido, quiere juntar sus dientes
con los dientes de la amada y formar un muro de marfil
donde habite la pasión virginal de dos labios apretados,
el fragor que producen los cuerpos que abrazan
la materia del otro, el perfume de la vida,
la mirada en la mejilla enhiesta, los párpados
contraídos cuando la carnosidad de las lenguas
siente el gusto amargo de la excitación, el roce
de una nariz contra la piel levemente fláccida
del mentón, las manos temblorosas, los dedos suaves
posándose en los hombros, las palabras susurradas
en espasmos de sexo. Y se demora el desliz,
se ralentiza el tacto y se extingue al fin el beso lunar,
la cicatriz que unió los destinos. Ambos saben
que no habrá un frenesí igual al del primer rayo
que quemó con un destello fugaz la longitud sellada
de sus labios en una noche de inolvidable renacer.
sábado, 31 de agosto de 2019
viernes, 30 de agosto de 2019
Hijo de la guerra
¿Será posible el silencio?
La luz no es oro
sino moléculas sucias que danzan
como en una locura de aullidos.
Casi no hay muros ni cristales en el edificio desmembrado,
un quejido se repite entre ecos de estertor,
salmodia fúnebre en los labios últimos.
El niño se pregunta otra vez, ¿será posible el silencio?
Descubre bajo los escombros un juguete de madera
que le labró su padre un domingo de abril.
Su padre que ya está muerto,
como su madre y los otros hijos de su madre
sepultados por una bomba de azufre.
Recoge el pequeño objeto, un automóvil tosco de caoba,
sin ruedas, tintado con colores alegres: rojo, azul, amarillo.
¡Es tan fácil que en un niño arraigue
de nuevo la ilusión!
Porque ahora viaja, sí,
viaja moviendo con sus pequeñas manos el aire,
asido al auto como a un brazo o a una liana que le lleva a otro país,
a otro tiempo, a otro lugar
lejos de la barbarie.
No ha comido en días, no se ha lavado,
sus ropas revientan de suciedad
y están tan rotas como su alma.
Al cerrar los ojos ya no vive allí,
ya nada le podrá hacer daño,
aunque suenen de nuevo las sirenas
y gritos de terror inunden las calles
y silben las balas
y los cañones escupan toda su miseria
en hospitales y escuelas.
Al niño no le importa
porque ha dejado de ser un cuerpo entre el horror,
porque en su imaginación juega en un parque
y hay paz y hay futuro
y, por fin, hay vida para las vidas.
La luz no es oro
sino moléculas sucias que danzan
como en una locura de aullidos.
Casi no hay muros ni cristales en el edificio desmembrado,
un quejido se repite entre ecos de estertor,
salmodia fúnebre en los labios últimos.
El niño se pregunta otra vez, ¿será posible el silencio?
Descubre bajo los escombros un juguete de madera
que le labró su padre un domingo de abril.
Su padre que ya está muerto,
como su madre y los otros hijos de su madre
sepultados por una bomba de azufre.
Recoge el pequeño objeto, un automóvil tosco de caoba,
sin ruedas, tintado con colores alegres: rojo, azul, amarillo.
¡Es tan fácil que en un niño arraigue
de nuevo la ilusión!
Porque ahora viaja, sí,
viaja moviendo con sus pequeñas manos el aire,
asido al auto como a un brazo o a una liana que le lleva a otro país,
a otro tiempo, a otro lugar
lejos de la barbarie.
No ha comido en días, no se ha lavado,
sus ropas revientan de suciedad
y están tan rotas como su alma.
Al cerrar los ojos ya no vive allí,
ya nada le podrá hacer daño,
aunque suenen de nuevo las sirenas
y gritos de terror inunden las calles
y silben las balas
y los cañones escupan toda su miseria
en hospitales y escuelas.
Al niño no le importa
porque ha dejado de ser un cuerpo entre el horror,
porque en su imaginación juega en un parque
y hay paz y hay futuro
y, por fin, hay vida para las vidas.
jueves, 29 de agosto de 2019
Confidencias
Es un misterio la palabra que enhebra el tiempo.
Nombres ausentes, adjetivos que al pensarse
emiten un vaho dorado, el aura azul
de las personas que fuimos.
Se introduce en nuestra conversación un oscuro desliz,
una urdimbre que el aire de la voz, suavemente, rompe.
Estuvimos allí, en el entreacto de una canción-protesta,
en la obra proscrita por los curas negros,
leímos un libro sin hojas con la pupila común del instinto,
en un cine tu perfil sonreía al contraluz de un lienzo
en el que dos amantes adolescentes se besaban.
Recordar es poner alas al hastío,
fluyen las ciudades compartidas como imágenes en la piel
de la memoria, basta con deletrear su signo,
P-a-r-í-s,
a la vez,
con ese rumor de labios que seduce al silencio
en un presente sin luz.
Hoy hacemos pausas inútiles que rellenan el vacío de los vasos,
los ojos viven en su interior
la comedia insólita de los octubres florecidos,
los minutos igual que un rosal
que deja su aroma fugaz bajo la sed quebrada.
Enséñame la fotografía que nunca nos hicimos,
está en tu mente y está en la mía,
está en los sueños que enviudan del tiempo y del futuro.
Los sueños que son el motor intangible de la inocencia.
Nombres ausentes, adjetivos que al pensarse
emiten un vaho dorado, el aura azul
de las personas que fuimos.
Se introduce en nuestra conversación un oscuro desliz,
una urdimbre que el aire de la voz, suavemente, rompe.
Estuvimos allí, en el entreacto de una canción-protesta,
en la obra proscrita por los curas negros,
leímos un libro sin hojas con la pupila común del instinto,
en un cine tu perfil sonreía al contraluz de un lienzo
en el que dos amantes adolescentes se besaban.
Recordar es poner alas al hastío,
fluyen las ciudades compartidas como imágenes en la piel
de la memoria, basta con deletrear su signo,
P-a-r-í-s,
a la vez,
con ese rumor de labios que seduce al silencio
en un presente sin luz.
Hoy hacemos pausas inútiles que rellenan el vacío de los vasos,
los ojos viven en su interior
la comedia insólita de los octubres florecidos,
los minutos igual que un rosal
que deja su aroma fugaz bajo la sed quebrada.
Enséñame la fotografía que nunca nos hicimos,
está en tu mente y está en la mía,
está en los sueños que enviudan del tiempo y del futuro.
Los sueños que son el motor intangible de la inocencia.
miércoles, 28 de agosto de 2019
Salir a la calle
Hay una herida sin fondo en cualquier portal.
Sombras que habitan la singularidad del tiempo,
pisos invertidos que ocultan su horror y su tiniebla.
El que sale a la movilidad insípida de una mañana húmeda
recibe el constante discurrir de las gotas en su frente ajada,
su faz recoge el cargamento virginal de la lluvia
bajo la cornisa que, brevemente, le cubre.
Ropa sin bordados en julio, jeans, camisas blancas,
un pantalón mutilado orna las piernas velludas,
los pechos insinuantes en blusas de licra o de algodón,
telas limpias como una oblea
antes de rozar la promiscuidad de los labios.
Y si es la noche de diciembre la que viste la calle
yo me altero y escribo en los muros
que mi corazón esperaba la ceniza de la luna
o proclamo que este aire, ansioso y frío, pone flores en mi piel,
flores punzantes de agujas de hielo.
Y siempre el mar o la palidez de los jardines
y más allá-en la febril bocanada del estío- los bares últimos,
las sonrisa de las estatuas, la paz de las gaviotas,
el escupir ordenado de los focos
en la actuación musical que no cesa.
Y siguen mis pasos a unos pasos de mujer,
sin quererlo, inercia, tal vez, de un ánimo solitario
que quiere escuchar como repica en los adoquines
el secreto de la belleza y el temblor;
la vanidad de una mirada en el cristal insomne de un comercio
y el mutismo del anciano que fue en su juventud
el primer atleta de su clase.
Sombras que habitan la singularidad del tiempo,
pisos invertidos que ocultan su horror y su tiniebla.
El que sale a la movilidad insípida de una mañana húmeda
recibe el constante discurrir de las gotas en su frente ajada,
su faz recoge el cargamento virginal de la lluvia
bajo la cornisa que, brevemente, le cubre.
Ropa sin bordados en julio, jeans, camisas blancas,
un pantalón mutilado orna las piernas velludas,
los pechos insinuantes en blusas de licra o de algodón,
telas limpias como una oblea
antes de rozar la promiscuidad de los labios.
Y si es la noche de diciembre la que viste la calle
yo me altero y escribo en los muros
que mi corazón esperaba la ceniza de la luna
o proclamo que este aire, ansioso y frío, pone flores en mi piel,
flores punzantes de agujas de hielo.
Y siempre el mar o la palidez de los jardines
y más allá-en la febril bocanada del estío- los bares últimos,
las sonrisa de las estatuas, la paz de las gaviotas,
el escupir ordenado de los focos
en la actuación musical que no cesa.
Y siguen mis pasos a unos pasos de mujer,
sin quererlo, inercia, tal vez, de un ánimo solitario
que quiere escuchar como repica en los adoquines
el secreto de la belleza y el temblor;
la vanidad de una mirada en el cristal insomne de un comercio
y el mutismo del anciano que fue en su juventud
el primer atleta de su clase.
lunes, 26 de agosto de 2019
La playa nocturna

Abre los ojos antiguos de lengua viva
y corazón radiante. El ósculo vendrá
con las lágrimas del viento aleve.
Surge del ovario el amor, el incienso de una barca en desafío,
cabe un dedo en la muerte y otro en la resurrección de los espejos.
Pálida razón en la vigilia del marino, canto en la amura de sal encendida.
No es vesania el haz insomne del faro ardiente
ni el proclive cardumen deja sombra en las colinas del mar,
un color se abre como alas de iris sobre la sinrazón de las nubes.
Pienso en ti al volver mi cara en la arena,
suda tu cuerpo hoy perdido al sol inclemente del verano.
Qué me dice el azul de tu seno,
la areola marca tu piel en el bañador tatuado,
sin pausa soy hombre que se arroja al ayer
como un náufrago que viera imperceptible en la niebla
la deriva hacia el país de los mitos,
hacia el luminoso espejismo de las islas donde vivieron los sueños
que creí posibles, el impulso de la juventud
en el friso verde del océano.
Esta es la hora en que un corazón escucha su latido y calla,
la hora en que vive el sediento eclipse de la ternura,
el trasluz que ilumina el murmullo de una voz
que ha dejado de ser mía.
La ola
Si canta el grillo es agosto. Claror de luna en el neceser
olvidado, la playa no gime ni la luz que bordaste
en la toalla húmeda, ilumina. La fiesta se nutre
de pájaros perdidos o de góndolas celestes. Llevas
fruta madura en el regazo, de espiga el color de la ola.
Una vez soñé con un ángel que me arrojó
al confín de tu vientre, el paraíso fue tu nombre
bajo las sábanas manchadas.
olvidado, la playa no gime ni la luz que bordaste
en la toalla húmeda, ilumina. La fiesta se nutre
de pájaros perdidos o de góndolas celestes. Llevas
fruta madura en el regazo, de espiga el color de la ola.
Una vez soñé con un ángel que me arrojó
al confín de tu vientre, el paraíso fue tu nombre
bajo las sábanas manchadas.
viernes, 23 de agosto de 2019
La inmortalidad de la piedra

Su dureza se ancla a la carcoma de los días.
Edificios sacrales donde resuenan los coros
y las altas palabras del perdón o el martirio,
torres de cuadratura enhiesta, cónicas
como un canalón de ensimismados sueños,
sillares laberínticos con un equilibrio de humus y cal,
banderas en sus cimas de renombrado fortín,
palacios de mármol o amatista, rectangulares
como lenguas de cristal, con pilares jónicos
en su rostro de altiva memoria, humildes piedras,
guijarros danzarines en el lecho del río,
adobe que protege la casa del labrador, pajizos tejados
o pizarra en el ángulo agudo donde cae el agua,
lápidas de muertos, adoquines que se arrojan
contra las barricadas, granito veteado que brilla
en el crepúsculo, arenisca que la lluvia inmola en barro,
piedra de los arcos, puentes, iglesias, adustos acantilados
que un mar bravío roe como si fuera un viejo mito
de dioses febriles. Feldespato noble en la fachada
del muladar, cuarzo tras el vientre más oculto de la tierra,
mineral que admira el geólogo bajo una lupa cetrina,
piedras que el polvo del camino ha convertido
en pesos del alma. Todas ellas sostienen el humano
devenir, todas ellas resisten el eterno ciclo de la carne
y de la vida.
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