¿Cuál es el valor de la palabra? Quiero comunicar mi sed,
que llegue el manantial hasta la orilla de un corazón.
Pero no sé.
A menudo escribo símbolos, paradojas, hechos sin nombre ni fecha.
Es el miedo a sentir la piel en otra piel, la duda o el silencio,
el ansia, la ternura, el gozo, el dolor
sin entender
que lo diferente no existe en el caudal de este río común llamado vida.
Termino un poema y se ilumina la oscuridad, descubro la inquietud de una estrofa,
el orbe amargo de su redondez, coso los hilos
como si el significado fuera un tapiz que entregar al ensueño.
Busco palabras inauditas, el asombro,
la provocación de los vocablos audaces
para que el niño triste encuentre al fin el elogio de su intento,
la bienvenida a los paraísos simulados.
Mi quimera es la emoción de dos ojos
que lloran o ríen
o entienden el subterfugio al que el poema induce
como un relámpago que acaba de nacer
en las pupilas de un lector
que ignora que lo escrito le llama, le absorbe
y en un instante único
le penetra.
martes, 18 de diciembre de 2018
sábado, 15 de diciembre de 2018
Este mar que ahora veo

Qué lento y negro el mar.
Un espejo de luz su piel de agua.
Otras veces,
muchas veces
contemplé la historia bravía del oleaje,
cabalgaduras de crestas al sol,
espuma ciega contra el silencio del dique.
Una interrogación el haz del faro,
chispea buscando el rostro del hombre-pez
o la simpatía adorable de la sirena.
Hay un aullido que prorrumpe en la iconografía como un dios terrible,
es el núcleo celeste de los cirros
o la voracidad asombrosa de la borrasca
en la inclemencia del piélago.
Su lengua,
la lengua de los galeones perdidos,
de las islas no visitadas,
de los icebergs y las corrientes,
del albatros imperial,
de la gloria del transatlántico inútil,
todo un mundo que susurra al oído
el sentido de la inmortalidad del tiempo.
Delgada península de farolas mortecinas,
un aire salino puebla mis pulmones,
la vista es una torre cuadrangular,
piedra de augures y címbalos como un ejemplo de noches y luz
en la boca firme del océano.
Han partido los barcos,
renacerán los petroleros y sus yugos surcando el vientre del agua.
Al mirar en la lejanía un sueño infantil visita mi vejez,
atlántidas y nautilus,
robinsones, piratas descuidados,
buques impronunciables que amaron el hielo,
cáscaras de nuez sobre los hombros de la aventura.
El mar muere aquí y yo no sé qué decir,
ya que no conocí otra patria
que la tierra estéril.
martes, 11 de diciembre de 2018
Los juegos del amor

Hora bruja, medianoche intacta.
Suave el alcohol en la raíz, bendecida la noche
por relámpagos y estrellas de mar. Un beso y la risa,
el aroma de los geranios y dos pájaros surcando el cielo.
El humo llega hasta tu labio y se escapa como un niña alegre.
Todo el éxtasis en la sinrazón que guardo,
humedad de vientres juntos,
sudor de albas en el músculo caído.
Y tu pecho de mujer sobre el cáliz del jardín
y mi voz muda en el enjambre de los fuegos que iluminan la bahía.
Nos miran con la cabalgadura del sueño en las pestañas,
ruido y algarabía,
la cruz del deseo se vierte como un recién nacido.
¿Qué pensará el alguacil que observa desde la ventana oculta?
Palpitan a la vez los girasoles que soñamos,
la cercanía de la ola con su cadencia azul,
el aire que eleva su canción al escuchar el sonido
de nuestros cuerpos entregándose a la vida.
En mi coche crecen veranos
Trece curvas con tejados rojos
y una amapola que circula invirtiendo las agujas.
Yo ya sé lo que espero, avispas en noviembre,
flores sobre andamios o la verdad de un bolígrafo
que quiso ser pájaro.
Tarde en que el sol muda camisa,
el solsticio entra en pasillos y una voz rectangular
extiende sobre el cristal
toallas.
y una amapola que circula invirtiendo las agujas.
Yo ya sé lo que espero, avispas en noviembre,
flores sobre andamios o la verdad de un bolígrafo
que quiso ser pájaro.
Tarde en que el sol muda camisa,
el solsticio entra en pasillos y una voz rectangular
extiende sobre el cristal
toallas.
viernes, 7 de diciembre de 2018
Paseo nocturno con caballos, luna y gárgola
Hay un parecido de sombras entre la niebla.
Diciembre es un manto ajeno a la luz, inconcluso, roto,
casi una herida. Caminas con la ubre de la edad
en los bolsillos, pisando la noche como un oráculo
o una pregunta sin verbo. Se vacía tu ayer
en las hojas del mortecino abedul, en los cristales que reflejan
el paso de una quimera, en los ojos que esquivan
la presencia de un cuerpo. Hablar al silencio refrenando los caballos
como un jinete que necesita el impulso fiel de la madurez,
la raíz invisible del canto. Mil adioses
sobre el ataúd del reloj, la luna sin luz
te acompaña como una gárgola vieja
mientras fluye la sangre allá lejos
bajo las aguas de un crepúsculo
yacido.
Diciembre es un manto ajeno a la luz, inconcluso, roto,
casi una herida. Caminas con la ubre de la edad
en los bolsillos, pisando la noche como un oráculo
o una pregunta sin verbo. Se vacía tu ayer
en las hojas del mortecino abedul, en los cristales que reflejan
el paso de una quimera, en los ojos que esquivan
la presencia de un cuerpo. Hablar al silencio refrenando los caballos
como un jinete que necesita el impulso fiel de la madurez,
la raíz invisible del canto. Mil adioses
sobre el ataúd del reloj, la luna sin luz
te acompaña como una gárgola vieja
mientras fluye la sangre allá lejos
bajo las aguas de un crepúsculo
yacido.
martes, 4 de diciembre de 2018
El sonido de tu ausencia
Amanecí en tu perfil y no supe encontrar el adiós.
Me gustaba el ejercicio de las mariposas
al anunciar el vuelo exacto de tu nombre.
Me gustaba la lluvia como un arco iris
donde escondías la cicatriz del deseo.
Todos los atardeceres escriben palabras de lujuria
-verdes, rosas, grises como un halo sin porvenir-.
Hay diez aventuras en tu dorso
y un puñal de amapolas en la sílaba
que vas dejando en mis sueños.
Si oyes el aullido del mar calla,
si la piedra llora el agua del silencio
piensa en las fuentes que manan sin esperar la luz.
Hay ráfagas de tiempo donde somos el color.
Está aquí el sonido de tu ausencia,
ya llega, ya llega su sinfonía de libélulas,
su crisálida dulce, el misterio que envuelve la memoria
con las guirnaldas viejas de un yugo marchito
que solo ansía desandar la noche.
Me gustaba el ejercicio de las mariposas
al anunciar el vuelo exacto de tu nombre.
Me gustaba la lluvia como un arco iris
donde escondías la cicatriz del deseo.
Todos los atardeceres escriben palabras de lujuria
-verdes, rosas, grises como un halo sin porvenir-.
Hay diez aventuras en tu dorso
y un puñal de amapolas en la sílaba
que vas dejando en mis sueños.
Si oyes el aullido del mar calla,
si la piedra llora el agua del silencio
piensa en las fuentes que manan sin esperar la luz.
Hay ráfagas de tiempo donde somos el color.
Está aquí el sonido de tu ausencia,
ya llega, ya llega su sinfonía de libélulas,
su crisálida dulce, el misterio que envuelve la memoria
con las guirnaldas viejas de un yugo marchito
que solo ansía desandar la noche.
sábado, 1 de diciembre de 2018
Soy hombre
Algo me pesa pero no sé qué es.
Algo empujo pero no sé hacia dónde.
Un día maquilla otro día sin pudor.
Grabadas están las huellas en la ladera,
tensos los músculos, duro el cóncavo soporte:
allí habita la roca. Pisar y pisar la grava
y el esqueje, el sol en la curva del lomo,
la piel y la carne melladas, las lágrimas
en los párpados que no se doblegan.
Soy hombre sin alas, conozco la herida
y el silencio del amargor eterno, no dudo
cuando alzo mi condena hasta la altura del ser.
Ya he caído, mil veces caído, solo la razón
me encumbra en un pedestal de plantas salvajes
donde al fin entiendo la razón de mi existir:
este furor que me agota como un rayo
y eleva su grito hacia la desventura,
hacia la raíz de mi libre consciencia.
Algo empujo pero no sé hacia dónde.
Un día maquilla otro día sin pudor.
Grabadas están las huellas en la ladera,
tensos los músculos, duro el cóncavo soporte:
allí habita la roca. Pisar y pisar la grava
y el esqueje, el sol en la curva del lomo,
la piel y la carne melladas, las lágrimas
en los párpados que no se doblegan.
Soy hombre sin alas, conozco la herida
y el silencio del amargor eterno, no dudo
cuando alzo mi condena hasta la altura del ser.
Ya he caído, mil veces caído, solo la razón
me encumbra en un pedestal de plantas salvajes
donde al fin entiendo la razón de mi existir:
este furor que me agota como un rayo
y eleva su grito hacia la desventura,
hacia la raíz de mi libre consciencia.
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