Si acaso la pluma se hiciera hielo
o el carmín de tu boca bosque
o los azules imberbes
un misil de carne en la llanura.
Si los ojos del gato lloraran
y las espigas guardadas en el neceser
se volvieran negras como el luto de los ángeles.
Si el mar de tinta, el mar al que le crecen alas,
el mar de los niños en la playa de magma,
el mar del sol implacable y la tormenta
y la alegría del bucanero, fuera un jardín
de agua y cristal.
¿Por qué el mar que no existe?
Todo es una pregunta y todo se acuesta en tu espalda.
Trenes de suburbio, tiznados como una lengua ácida,
maquillajes en los pubs sedientos de humo y palabras invisibles,
el terco amanecer de los nudillos que guardo en las axilas.
Y tú, el margen de la piedra,
el eco de la fuente que absorbe tu voz bajo la luz herida.
Ser circunstancia húmeda, sudor de pilares,
focos contra la vieja catedral, amarilleando el deseo.
Ya te dije que vivía tu perfil en la aguja del pórtico,
a la sombra del atlante, en el cirio apagado,
en el coro y en los tubos de níquel,
en el atrio y en el negro corazón de Belcebú,
en el canto de la liturgia que ampara esta cueva
que no es tu virtud sino la fruta del vómito.
Qué hogar, qué luz sin vida,
qué líquidos sin color bajo tu falda,
en qué silaba muere el viento,
cuándo se alza la nube de arsénico
que se filtra en tu ombligo y lame el dolor.
Hay futuro, siempre hay futuro en una página vacía,
escribe tu alud de ginebras en mi cintura,
algún día sabrás que la realidad vive en los calendarios deshojados,
sin abrigo, en el silencio de las lámparas rotas,
como aves que al morir la noche lanzan un graznido de rosales
al contraluz, hacia el espejo que te despierta con su voz amarga,
y su certidumbre de surcos en la piel
con cortinas oscuras que ya no blanquearán jamás
bajo el continuo deslizar de los pájaros muertos.
jueves, 31 de octubre de 2019
martes, 29 de octubre de 2019
Tus cabellos

Has pensado si son sangre también, venas finísimas
que estallan en color. Cientos, miles de miles
como un ejército que se expone al sol, al agua,
a un microcosmos o a una jungla impenetrable.
La edad atosiga su brillo, mata la raíz, ejerce
una costumbre de páramo y caen como árboles
exhaustos; sus hilos blancos, refulgen en la noche
son heridas del tiempo inviolable. En la juventud
crecieron libres, frondosos, esquejes que la luna premia;
después su hogar fue un hombro, la canción del peine,
un alud de añoranzas que cruza la oronda senectud
del cráneo. Sois un espejo de muerte o un símbolo
de infelices sombras. En esta fotografía acicalas
con el hueco de tu mano un rizo rebelde y piensas
que la vida es como el aire que se posa en la luz
y se escapa, así la almendra que tus cabellos dejan
en el arcoíris fugitivo del pasado.
lunes, 28 de octubre de 2019
Mi gato

Lleva en su iris un carámbano de luna.
Si maúlla caen las hojas del peral.
Es grácil su cuerpo peludo, me roza
con la insolencia del adiós en la mirada.
Hay días- o noches- que sube a los tejados
y espera el zureo del palomar como un canto
de alegres difuntos. Ocupa el lugar de mi madre,
igual que ella se amodorra y estira sus patas
de títere sobre el algodón del sofá. Yo lo alimento
con espinas y lúpulo, le doy un rostro y le pido
que me enseñe a caminar en el silencio
con la altivez de los príncipes. Algunas mañanas
se asoma al ventanal con sus ojos grandes,
azules de océano, y finge ser el antiguo dios
de un Egipto enterrado. No le pondré ningún nombre
ni dibujaré la elegancia con que se desliza entre el yeso
y las paredes ajadas. Mi gato no es mi gato,
mi gato sueña con junglas y paraísos perdidos,
no sabe que en esta casa reina como un malhechor
reina en su guarida.
sábado, 26 de octubre de 2019
Los silencios
¿Qué dicen los silencios de la casa?
Hablan los espejos, pulidos como el metal del alma,
hablan los ojos del televisor y las macetas áridas,
habla el mercurio del azogue y los relojes parados
en noviembre, habla el cajón que es tu memoria,
tu edad y tus miedos. Hablan los domingos
con su orla de bienaventuranza, habla el párpado
entreabierto a la claridad. Le hablas tú al sol,
rayo en la curva de un mueble, le hablas al infante
que una vez fuiste, te habla un ratón perdido
en el zócalo rajado, le hablas al perdón
y a todos sus nombres.
¿A quién pertenece el silencio de esta casa?
Vives aquí con la fiel costumbre y el fulgor del aire,
vives solo, o eso crees, porque tu sombra pisa el tiempo,
la baba se deshace en humus y sientes la luz
y el calor y el tránsito como polen que fertiliza
el orgullo del desdén. Te hablas a escondidas
como una tarántula en su hilo invicto, me hablas
al responderte-y eres un eco azul-. Le hablas al dolor
y a la oscuridad y a las voces que no entiendes.
Hablamos en la umbría de los parques
y en los paseos donde el mar escupe un oráculo.
Los silencios de esta casa no existen, se desdoblan,
mueren vírgenes en unos labios que se abren
y recitan la canción de la vida, que es una canción muda.
Hablan los espejos, pulidos como el metal del alma,
hablan los ojos del televisor y las macetas áridas,
habla el mercurio del azogue y los relojes parados
en noviembre, habla el cajón que es tu memoria,
tu edad y tus miedos. Hablan los domingos
con su orla de bienaventuranza, habla el párpado
entreabierto a la claridad. Le hablas tú al sol,
rayo en la curva de un mueble, le hablas al infante
que una vez fuiste, te habla un ratón perdido
en el zócalo rajado, le hablas al perdón
y a todos sus nombres.
¿A quién pertenece el silencio de esta casa?
Vives aquí con la fiel costumbre y el fulgor del aire,
vives solo, o eso crees, porque tu sombra pisa el tiempo,
la baba se deshace en humus y sientes la luz
y el calor y el tránsito como polen que fertiliza
el orgullo del desdén. Te hablas a escondidas
como una tarántula en su hilo invicto, me hablas
al responderte-y eres un eco azul-. Le hablas al dolor
y a la oscuridad y a las voces que no entiendes.
Hablamos en la umbría de los parques
y en los paseos donde el mar escupe un oráculo.
Los silencios de esta casa no existen, se desdoblan,
mueren vírgenes en unos labios que se abren
y recitan la canción de la vida, que es una canción muda.
jueves, 24 de octubre de 2019
El invisible raíl
Lo que verás es tu ayer en la ola fugaz de la playa.
Qué pide la noche al silencio, qué ansia tu cuerpo
perdido en la hojarasca de un parque sin lujuria.
Te abrazo con el osario alegre. Soy el orden de las estrellas
en un hemistiquio de luz, soy la pregunta que la nieve
rechaza en su dormida efigie de manto y agua azul.
Me atrae un equinoccio que ronda la semilla de tu piel,
la flor de un tatuaje, la noche en la almendra virgen del ataúd
que llevas bajo la axila, deuda y misterio de los ojos húmedos.
Has subido, encarnada y frágil, hasta la red híspida del palomar.
Sobre los tejados el aullido que lanzas enfría la hoguera
que en los suburbios es un fanal o un carmesí aventado
por el miedo. ¿Escuchas cómo el invisible raíl, la cicatriz
inmortal de los trenes sin alma te responde en la negrura,
te convierte en hambre de exilio o en océano sin islas?
Solo tres o cuatro palabras equivalen al cerrojo o a los espejos
que invocan la fragilidad del pasado. Si no crees en la hoja
herida, entrégame el perfil de la mañana, el ruiseñor que surge
para ser canto en mi centro, en el justo espacio donde habitan
la ruindad y el frenesí de los orates.
Qué pide la noche al silencio, qué ansia tu cuerpo
perdido en la hojarasca de un parque sin lujuria.
Te abrazo con el osario alegre. Soy el orden de las estrellas
en un hemistiquio de luz, soy la pregunta que la nieve
rechaza en su dormida efigie de manto y agua azul.
Me atrae un equinoccio que ronda la semilla de tu piel,
la flor de un tatuaje, la noche en la almendra virgen del ataúd
que llevas bajo la axila, deuda y misterio de los ojos húmedos.
Has subido, encarnada y frágil, hasta la red híspida del palomar.
Sobre los tejados el aullido que lanzas enfría la hoguera
que en los suburbios es un fanal o un carmesí aventado
por el miedo. ¿Escuchas cómo el invisible raíl, la cicatriz
inmortal de los trenes sin alma te responde en la negrura,
te convierte en hambre de exilio o en océano sin islas?
Solo tres o cuatro palabras equivalen al cerrojo o a los espejos
que invocan la fragilidad del pasado. Si no crees en la hoja
herida, entrégame el perfil de la mañana, el ruiseñor que surge
para ser canto en mi centro, en el justo espacio donde habitan
la ruindad y el frenesí de los orates.
martes, 22 de octubre de 2019
Quizá tú ya pensaste
Quizá tú ya pensaste, alguna vez,
qué significa la luz.
Un rayo se posa en tu nombre y se enciende la luna,
llama la aurora al ventanal y se derrama su aliento
como polen de vida.
En la deidad del sol no hay sombras ausentes,
en el atardecer los paraguas de la noche se abren contra el fulgor
y se acuesta la nube y regresan los pájaros
hacia el nido blanco que relumbra.
Dora la luz los campos vírgenes,
las espigas tempranas elevan sus coronas
como alfanjes purísimos,
en el perfil del cristal muere la ceniza de la luz
ahíta de silencio y de paz.
Vibrante el día de agosto, canícula que ciega el sudor,
éxtasis luminoso en el arenal, cuerpos de bronce
en las acequias del mar.
Pero qué nos regala, entonces, la luz.
Te diré que es la razón por la que existen mis ojos y los tuyos,
el terciopelo suave de su caída
es un don de agua riente,
rompe su cabellera la negritud
como el desnudo de un dios ilumina el perdón.
Yo no sé qué significa la luz,
solo recibo su constancia de madre amante,
su eterna canción de flores altivas,
el eco que en mis párpados deja el fluido invisible de su ardor,
el misterio, sin pausa, que dona
al crear un mundo
en los cimientos de mi corazón.
qué significa la luz.
Un rayo se posa en tu nombre y se enciende la luna,
llama la aurora al ventanal y se derrama su aliento
como polen de vida.
En la deidad del sol no hay sombras ausentes,
en el atardecer los paraguas de la noche se abren contra el fulgor
y se acuesta la nube y regresan los pájaros
hacia el nido blanco que relumbra.
Dora la luz los campos vírgenes,
las espigas tempranas elevan sus coronas
como alfanjes purísimos,
en el perfil del cristal muere la ceniza de la luz
ahíta de silencio y de paz.
Vibrante el día de agosto, canícula que ciega el sudor,
éxtasis luminoso en el arenal, cuerpos de bronce
en las acequias del mar.
Pero qué nos regala, entonces, la luz.
Te diré que es la razón por la que existen mis ojos y los tuyos,
el terciopelo suave de su caída
es un don de agua riente,
rompe su cabellera la negritud
como el desnudo de un dios ilumina el perdón.
Yo no sé qué significa la luz,
solo recibo su constancia de madre amante,
su eterna canción de flores altivas,
el eco que en mis párpados deja el fluido invisible de su ardor,
el misterio, sin pausa, que dona
al crear un mundo
en los cimientos de mi corazón.
domingo, 20 de octubre de 2019
Dédalo se lamenta por la muerte de Ícaro

*Cuadro de Anton Van Dyck
No es fácil convertirse en pájaro
cuando el cuerpo es otro
y la experiencia solo conoce
el surco de la tierra o la ola del mar.
Esta aguja, este hilo, la pez, el sudor de la tela,
el plumaje suave con que vestí las noches de la amada
son ahora un germen de libertad sin límites.
Mira como se agita el armazón
y sorbe al aire
igual que un amante escucha
el susurro ambiguo de las mariposas.
Deja que se impulse la armonía de las alas contra el horizonte,
y verás que no persiguen un deseo, se acomodan a la luz,
simulan el recorrido o el peregrinaje de los albatros,
de las garzas marinas, de las gaviotas perdidas
entre la niebla.
Ciñe el cuero bruñido a tus hombros,
aprende del ágil enigma de los cernícalos,
no finjas ser un astro cuando solo eres la imitación de un sueño.
Yo te quería lejos del infeliz Minotauro.
Te quería hijo de una isla blanca
sin engaños ni venganzas
ni misterio.
Me acerco a ti cuando el sol me hiere,
como una lluvia de oro rocías las nubes con tu canto
y no presientes el calor
ni su mortandad azul.
Has caído como un títere roto.
Te recibe el aliento de la bruma
y un sudario de ninfas en el barniz de tu inocencia.
Quisiera ser tú y renacer en la memoria,
quisiera que tu hogar fuera el país donde crecen los frutales,
aquellos que de niño te alimentaron
antes de tu muerte, en la mitad de tu vida.
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