Mi sol, mi saxo de infinitos alambres,
la duda de mi luz, el cofre de un corsario.
Tantas son las huellas de la calígine,
la temprana anémona de las águilas
cuando el rastro de una caricia pervive
como dúctil fruto o corazón que vaga.
La lentitud de las sombras arropa el cenáculo de la fe
cuando miro los collares de la edad, circunloquios de una prisión
ambigua con su astucia demacrada y ese relucir
de objetos sin nombre en el quimérico desnudo
que ha robado sus lindes al invierno.
Solo hay un cuerpo y cien mil latidos,
solo la hermosura de lo perdido deja
un corazón palpitando en la tiniebla de Orfeo.
Volverás, volveré al maquillaje abstracto
de una ventana que ya es ojo o penuria
o trasluz.
¡Si entendiera el por qué ha llovido tu carne en mi frente
sin declarar el aullido, o morir como muere el dolor
bajo la inocencia del azul!
Ha sido mi insomnio una estratagema, aún recuerdo el prisma
que un pómulo herido dibujó en mi faz.
Quizá la nada de la nada me acogió entonces
con su sábana perfecta y su canción de soliloquio.
No sé, pasaron los años con la ambivalencia de un pájaro sin patria,
y mi reloj incansable fue estatua o mirador de un tiempo de abriles
que ha formado al fin guedejas de nieve.
¿Reconoceré algún día aquel gesto que busca mi perfil
en un espejo noble, la caridad de un sol?
No diré que mi juventud haya sido sin más un rostro imberbe,
han florecido pétalos en la luna, neones de sal
o la ternura del niño que crece más allá de los sueños.
Y, sin embargo, todavía hoy la flor de la memoria me viste
con sus alas de ángel rubio, de ruiseñor que en su delirio
confunde lo innombrable con la lujuria que provoca una piel florecida.
Demasiados son los pasos entre la niebla de mi sendero gris.
¿Cuál ha sido su raíz?¿Cuál la oscura quietud de un hogar
donde ya no resplandece la palabra?
la duda de mi luz, el cofre de un corsario.
Tantas son las huellas de la calígine,
la temprana anémona de las águilas
cuando el rastro de una caricia pervive
como dúctil fruto o corazón que vaga.
La lentitud de las sombras arropa el cenáculo de la fe
cuando miro los collares de la edad, circunloquios de una prisión
ambigua con su astucia demacrada y ese relucir
de objetos sin nombre en el quimérico desnudo
que ha robado sus lindes al invierno.
Solo hay un cuerpo y cien mil latidos,
solo la hermosura de lo perdido deja
un corazón palpitando en la tiniebla de Orfeo.
Volverás, volveré al maquillaje abstracto
de una ventana que ya es ojo o penuria
o trasluz.
¡Si entendiera el por qué ha llovido tu carne en mi frente
sin declarar el aullido, o morir como muere el dolor
bajo la inocencia del azul!
Ha sido mi insomnio una estratagema, aún recuerdo el prisma
que un pómulo herido dibujó en mi faz.
Quizá la nada de la nada me acogió entonces
con su sábana perfecta y su canción de soliloquio.
No sé, pasaron los años con la ambivalencia de un pájaro sin patria,
y mi reloj incansable fue estatua o mirador de un tiempo de abriles
que ha formado al fin guedejas de nieve.
¿Reconoceré algún día aquel gesto que busca mi perfil
en un espejo noble, la caridad de un sol?
No diré que mi juventud haya sido sin más un rostro imberbe,
han florecido pétalos en la luna, neones de sal
o la ternura del niño que crece más allá de los sueños.
Y, sin embargo, todavía hoy la flor de la memoria me viste
con sus alas de ángel rubio, de ruiseñor que en su delirio
confunde lo innombrable con la lujuria que provoca una piel florecida.
Demasiados son los pasos entre la niebla de mi sendero gris.
¿Cuál ha sido su raíz?¿Cuál la oscura quietud de un hogar
donde ya no resplandece la palabra?
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