Hay perfiles altivos
como de moneda
que duran
lo que dura
una vida.
Así el tuyo, bajo la parra
de un café lleno de gente.
El giro de tus muñecas al hablar,
en la piel un río de estrías
que los años dibujan ya
en tu rostro.
La forma en que recoges tu cabello
todavía es el de la joven rebelde
que amaba ser libre.
Aviso al camarero y en las monedas te veo a ti.
Descubro entonces que yo soy la cruz
y tú la cara de aquella moneda
con la que un día,
ya lejano,
me ganaste
la partida.
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