Cuando muerdo la blandura de tu piel se derrama
en mi boca el sabor un poco dulce del durazno, el río
que recorre las papilas fluye hasta caer lentamente
en el pozo de mi faringe, la carne que me entregas
es una ofrenda en sazón, al masticar la pulpa
mis dientes sajan tus hilos que en mi lengua
se arraciman como un zumo de granos fértiles
que despiertan mi sensualidad oculta, solo el oscuro
hueso sobrevive a este ejercicio de amor, la fruta
devorada ha perdido su majestad, en mi mano
la semilla que sembraré mientras aún permanece
el aroma del carozo en el aire, por un instante nada
más, por un segundo que, para mí, es eco de eternidad.
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