Por un casual descubrí
ya divorciados
que eras celíaca
un día que coincidimos en una terraza
cuando finalizaba agosto
-en la etiqueta de tu bebida ponía “sin gluten”-.
Ahora entiendo tu repentino desdén
por el pan caliente, recién horneado,
que con mucho amor,
untado de mermelada de arándanos,
te servía a diario
durante el desayuno.
Tú entonces ignorabas que eras celíaca,
pero no lo ignoraba el destino.
Siempre me pregunté por la razón de que me pidieras separarnos.
Es posible que en el pan recién horneado
untado con mermelada de arándanos,
que con amor te servía a diario,
esté la respuesta.
O puede que tan solo
te valiera
de excusa.
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