Estoy cansado de vivir en el miedo.
Fisura negra los otros, la mecánica de los días,
cumplir conmigo igual que quien arrastra un pecio.
Me lastra el ayer, sus ecos iridiscentes,
me pesa la rutina de los hábitos de plomo,
me inquieta el porvenir donde ya no estaré.
Estoy cansado de vivir en el miedo.
Y lo digo ante este mar tan libre de congojas,
sin la dirección de las calles ni el horario vacuo
de las costumbres, sin el yugo estrecho de la culpa
que me hace llorar sin lágrimas, cuando a través
de una mirada el espejo me devuelve una figura fugaz
que oculta su ansia de luz. Estoy cansado de vivir en el miedo
que no soy yo, que es esta sombra que me cubre
como una capa de espinos.
lunes, 31 de julio de 2017
domingo, 30 de julio de 2017
El puente
Son como una mano extendida a la paz.
Se trata de unir riberas, barrios,
voluntades con la firme ilusión de lo eterno .
En su medio, después de los pasos indiferentes,
el aire golpea los rostros que miran la turbiedad de las aguas,
el fluir cansino de esta vena que ensanchará el mar,
la huida juguetona de los peces hacia la sombra del puente,
el murmullo casi inaudible del tránsito,
la ciudad que espejea como una luz borrosa
en la piel líquida del río.
El día está gris, lo atraviesan pájaros
que circundan los pilares sin detener el vuelo,
asomado al pretil las barcas fluyen en silencio
con luces rojas en los mástiles.
Yo sé que no hay tiempo ni lugar,
el puente está en mí como una isla imaginaria
o un hilo sin fin que viaja en el recuerdo
hasta las urbes serenas,
hasta la fidelidad de las estatuas
bajo la penumbra de las horas vacías,
hasta el instante en que fuimos efímera extensión
de su historia impasible.
Se trata de unir riberas, barrios,
voluntades con la firme ilusión de lo eterno .
En su medio, después de los pasos indiferentes,
el aire golpea los rostros que miran la turbiedad de las aguas,
el fluir cansino de esta vena que ensanchará el mar,
la huida juguetona de los peces hacia la sombra del puente,
el murmullo casi inaudible del tránsito,
la ciudad que espejea como una luz borrosa
en la piel líquida del río.
El día está gris, lo atraviesan pájaros
que circundan los pilares sin detener el vuelo,
asomado al pretil las barcas fluyen en silencio
con luces rojas en los mástiles.
Yo sé que no hay tiempo ni lugar,
el puente está en mí como una isla imaginaria
o un hilo sin fin que viaja en el recuerdo
hasta las urbes serenas,
hasta la fidelidad de las estatuas
bajo la penumbra de las horas vacías,
hasta el instante en que fuimos efímera extensión
de su historia impasible.
sábado, 29 de julio de 2017
Primer día de vacaciones
Parece que hubiera más horas en el sueño de vivir.
Nada que aguarde la presencia de mí con la meticulosa
mentira del reloj, nada del frío y de las luces apagadas,
nadie que me acompañe en el mediodía de los cafés
cuando el desahogo son historias cercanas, sucesos
de telediario, miedo al futuro. Hoy la luz es un mirlo
en el ventanal, entre las sábanas el desnudo de los cuerpos
late bajo una pátina de hilos invisibles, el calor asoma
su rubia cabellera en el dibujo de las cortinas, el silencio
somos tú y yo con las alas crecidas. Está escrito el verano
en tu pecho de albor; yo imagino olas en tu vientre,
un césped húmedo donde el sol ocupe un triángulo
cálido junto al mar de tus ojos, en la espesura
abigarrada de un tiempo infinito.
Nada que aguarde la presencia de mí con la meticulosa
mentira del reloj, nada del frío y de las luces apagadas,
nadie que me acompañe en el mediodía de los cafés
cuando el desahogo son historias cercanas, sucesos
de telediario, miedo al futuro. Hoy la luz es un mirlo
en el ventanal, entre las sábanas el desnudo de los cuerpos
late bajo una pátina de hilos invisibles, el calor asoma
su rubia cabellera en el dibujo de las cortinas, el silencio
somos tú y yo con las alas crecidas. Está escrito el verano
en tu pecho de albor; yo imagino olas en tu vientre,
un césped húmedo donde el sol ocupe un triángulo
cálido junto al mar de tus ojos, en la espesura
abigarrada de un tiempo infinito.
viernes, 28 de julio de 2017
Acercándonos
Chove en Santiago/meu doce amor.
Federico Garcia Lorca
Hay otra lluvia en el corazón.
Creer o descreer son láminas en los bolsillos,
vacías como una pregunta que aún no he pronunciado.
Este cuerpo tiene sus hábitos de hambre y pasión.
Un nombre, una imagen, letras que inventan la luz
en los párpados imberbes,
roces al cruzar escalinatas de musgo y gris,
ecos en los claustros de gárgolas invisibles
entre ramajes de espino y fuentes mínimas.
Afuera el agua inhibe la pulcritud de mi sombra,
paraguas sin color bajo las arcadas,
espejos en neblina detrás de cristales impíos,
abrigos que son rumor de sábanas
contra el aire y su caricia.
Otra vez salgo a la vida con un mensaje mudo en los labios,
soy ojos en la penumbra
cuando te veo en la estación abstraída de ti,
ajena a la canción de los trenes,
al pálpito cansino de los equipajes.
A la llegada la ciudad nos guía,
ciudad de luces pálidas y automóviles negros.
Te hablo con la voz de los héroes,
las palabras quieren ser testimonio de una edad infinita,
los pasos desdibujan el ciclo de la timidez,
se entregan a ti como rutas que voy abriendo
con las rodillas en flor del deseo.
Vuelve la lluvia y mueren las hojas del otoño,
en el silencio de las tardes
las chimeneas confunden su estela
bajo la oscuridad plomiza del crepúsculo.
A mí me bastan los hábitos de la incertidumbre
para sentir de nuevo esta humedad de sangre
que me inclina sobre la luz en tránsito,
sobre la guirnalda con que te imagino desnuda,
con tu piel que mi índice va surcando
hasta el frágil clímax de un éxtasis azul.
Federico Garcia Lorca
Hay otra lluvia en el corazón.
Creer o descreer son láminas en los bolsillos,
vacías como una pregunta que aún no he pronunciado.
Este cuerpo tiene sus hábitos de hambre y pasión.
Un nombre, una imagen, letras que inventan la luz
en los párpados imberbes,
roces al cruzar escalinatas de musgo y gris,
ecos en los claustros de gárgolas invisibles
entre ramajes de espino y fuentes mínimas.
Afuera el agua inhibe la pulcritud de mi sombra,
paraguas sin color bajo las arcadas,
espejos en neblina detrás de cristales impíos,
abrigos que son rumor de sábanas
contra el aire y su caricia.
Otra vez salgo a la vida con un mensaje mudo en los labios,
soy ojos en la penumbra
cuando te veo en la estación abstraída de ti,
ajena a la canción de los trenes,
al pálpito cansino de los equipajes.
A la llegada la ciudad nos guía,
ciudad de luces pálidas y automóviles negros.
Te hablo con la voz de los héroes,
las palabras quieren ser testimonio de una edad infinita,
los pasos desdibujan el ciclo de la timidez,
se entregan a ti como rutas que voy abriendo
con las rodillas en flor del deseo.
Vuelve la lluvia y mueren las hojas del otoño,
en el silencio de las tardes
las chimeneas confunden su estela
bajo la oscuridad plomiza del crepúsculo.
A mí me bastan los hábitos de la incertidumbre
para sentir de nuevo esta humedad de sangre
que me inclina sobre la luz en tránsito,
sobre la guirnalda con que te imagino desnuda,
con tu piel que mi índice va surcando
hasta el frágil clímax de un éxtasis azul.
jueves, 27 de julio de 2017
La aldea
Al pie del río canta la vida. Extraños pájaros
que se acercan con sus picos rojos y el andar grácil.
Humedad, sombra, árboles sin miedo de que los reviente
el aire, mesas abandonadas como dólmenes anacrónicos.
Soy la risa que se diluye en la algarabía, la campana
de la iglesia tañe la luz, el silencio es un hongo que crece
en el color. Días de verano junto a las espigas al sol, días
de mirada animal, dulce la leche que olea en los cántaros,
los huertos fructifican la raíz con los dones de la tierra.
Palabras mudas que se escriben en los gestos de hombres
y mujeres sin voz. Por la tarde arranco de los frutales
su corazón de fruta aguada y me arrincono en su sombra
igual que un niño feliz. Doy vueltas con mi bicicleta amarilla,
subo las colinas, transito el pedregal, llego al valle y descanso
de mí. Es un recuerdo lo que aquí escribo, es la fuerza vívida
de una edad que niega el paso oscuro de los relojes,
la mirada transida de una nostalgia que fluye y fluye.
que se acercan con sus picos rojos y el andar grácil.
Humedad, sombra, árboles sin miedo de que los reviente
el aire, mesas abandonadas como dólmenes anacrónicos.
Soy la risa que se diluye en la algarabía, la campana
de la iglesia tañe la luz, el silencio es un hongo que crece
en el color. Días de verano junto a las espigas al sol, días
de mirada animal, dulce la leche que olea en los cántaros,
los huertos fructifican la raíz con los dones de la tierra.
Palabras mudas que se escriben en los gestos de hombres
y mujeres sin voz. Por la tarde arranco de los frutales
su corazón de fruta aguada y me arrincono en su sombra
igual que un niño feliz. Doy vueltas con mi bicicleta amarilla,
subo las colinas, transito el pedregal, llego al valle y descanso
de mí. Es un recuerdo lo que aquí escribo, es la fuerza vívida
de una edad que niega el paso oscuro de los relojes,
la mirada transida de una nostalgia que fluye y fluye.
miércoles, 26 de julio de 2017
Julio 1976
La amistad es una ola que destella.
Nuestro territorio la playa y el dique,
escopetas que disparan entre las junturas
donde asoman los hocicos de viejas ratas
marinas, al atardecer del verano los reflejos
en los tubos rojos de las bicicletas, las jóvenes
y sus pieles de sal, el olor de las barcas
a pescado azul. Desde la habitación el mar
oscurece, de pronto golpea bravío las rocas
gastadas. No sabía, entonces, que sería el último
julio de nuestra amistad. La playa sigue allí,
imperturbable.
Nuestro territorio la playa y el dique,
escopetas que disparan entre las junturas
donde asoman los hocicos de viejas ratas
marinas, al atardecer del verano los reflejos
en los tubos rojos de las bicicletas, las jóvenes
y sus pieles de sal, el olor de las barcas
a pescado azul. Desde la habitación el mar
oscurece, de pronto golpea bravío las rocas
gastadas. No sabía, entonces, que sería el último
julio de nuestra amistad. La playa sigue allí,
imperturbable.
martes, 25 de julio de 2017
La planta

Alguien te la compró como un gesto de amor.
Tú la colocaste sobre un plato de cristal a contraluz
de la ventana en el lugar más íntimo de tu habitación.
Al amanecer miras la frondosidad de las hojas,
las flores azules, la esbeltez del tallo. Y piensas
en un rostro que sonríe o en una caricia sobre el pelo,
suave como las alas de un pájaro. Y quieres ser
esa planta que absorbe la luz, el agua, sobre la firme
pasión de la tierra. Y quieres ser vida, no aquí,
entre las sombras, el humo, las voces, la insipidez
de los electrodomésticos. No, tú quieres ser flor
que brota, infantil, bajo los árboles del bosque,
en el amarillo tenue de los campos, entre jaras,
espigas o jardines amantes, al aire y al sol
de las estaciones, en la palma de una mano
que amorosa te cuida como si fueras un capullo
que ha nacido para la alegría y no para el dolor.
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