Di de comer
a los pájaros del tiempo
para que no
huyeran de mí.
Amé la vida
con ojos de
niño.
Unas pocas
personas poblaron mi mundo,
confío en
que nunca dejen de entrar
en el
bosque que fui.
Di de comer
a los pájaros del tiempo
para que no
huyeran de mí.
Amé la vida
con ojos de
niño.
Unas pocas
personas poblaron mi mundo,
confío en
que nunca dejen de entrar
en el
bosque que fui.
Se afila tu
rostro en el temblor de la llama.
Soñamos con
la caverna incandescente,
el ascua que
arroja nuestro lecho después de la química del amor,
la ventisca
gris que tizna la quietud de la noche,
el halo que
rubrica la silueta oblonga de la hoguera,
los pájaros
de plumas verdes atraídos por el crepitar
insomne de los
troncos, la playa de junio al bies de las olas
mientras un haz de aventura febril golpea en la sed de los cuerpos.
Ya no
existe la realidad sino el olvido, en tu faz el frenesí de la llama,
como una
luna de sangre que temblara, entre las nubes, perdida y sola.
Un día descubres
el hilo invisible de la amistad.
Se forjó en
la palabra, en los hechos,
en la
comunión de ese algo íntimo
que algunos
llaman pensamiento, y otros, alma.
El
escenario de la vida junta también los destinos,
y aparece
la amistad fácil, la de la noche y las copas,
la que
pronto se aleja cuando la desgracia
es un
dragón de fuego en las entrañas.
Yo conocí a
ese amigo infiel que a menudo lucía una máscara.
Pero
también supe del verdadero:
el que
escucha cuando el dolor es antiguo,
el que
comparte contigo los sueños que nunca alcanzará,
el que
confiesa sus debilidades y ofrece sus fortalezas,
el que te apoya
en lo infausto
y disfruta
de tu compañía,
el que es tan
sincero y leal
como lo es el
cariño de un padre.
El hilo
invisible de la amistad va tejiendo un tapiz,
un vestido
protector, una casa compartida
donde hay
un eco que responde
si lo
necesitas;
y un árbol
que da sombra
y una mano
que aprieta
fuertemente
la tuya
para que no
sucumbas al temor.
A ti puedo
llamarte mi amigo.
Toda la luz en la piel de la casa.
Hay ángeles en las fotografías que me sonríen con rostros familiares,
el olor del café, el sonido del agua, rítmico como un murmullo tenaz,
la ducha abierta mojando a la vida, la sombra en los espejos todavía
dormidos hasta que mi mirada les de luz, materia y duplicidad.
Es la alcoba un navío de enormes velas azules,
surca el mar como un pensamiento desnudo,
ágil, valiente, temerario.
Ven a las galaxias dobles de lo arcano,
sígueme al pretérito con tu cuerpo y con tu fe,
el céfiro golpea en los esquifes con el ardor de un semidiós,
hay islas que son labios húmedos y tienen rostro de mujer,
navega conmigo hacia los puertos que venden sueños de coral
y perlas grises como tus ojos al atardecer.
La luz se arrima a ti igual que una gata triste,
y te acuna el resplandor del día
y te seducen las palabras que digo,
aunque nada sea verdad,
ni las islas
ni los puertos,
ni existe un navío en que partir…
La rutina de la mañana nos espera.
Qué viejo timbal de aventura,
qué himnos crecen hacia lo alto,
qué tapiz Penélope no acaba,
en cuál isla la causa de la lejanía
es una herida en el orgullo de la estirpe,
barcos meciéndose con las velas al sol
y los remos como alfiles clavados en la piel blanca de las olas.
Colinas áridas, un vergel al norte en la punta de su rostro,
el volcán es negro como el azabache, el perfil de la isla
se dibuja en mi frente, playas de coral, farallones
que hunden sus colmillos en la paz del océano.
El hijo sin padre, el sueño de partir con las alas de Ícaro a la espalda,
lejos del sol, donde las gaviotas se juntan y desafían a los trirremes,
donde los susurros de las sirenas son los silbidos de un dios
que atrae al navegante, hacia las rompientes de un mar, nunca saciado.