Ahora que ya la casa es magia o simplemente un ensueño
donde lo imposible amenaza con ser real por su presencia
constante en el mediodía de mis ojos, por el eco de las voces
que llega a mí como una ola de infinitud, por la representación
viva de cada punto en que los relojes marcaron el lugar
y el tiempo en que sucedió el cruce inevitable entre lo
fugaz y lo permanente, allí donde la sincronía grabó
cicatrices de oro en mi piel ya para siempre vestigio
de un ayer que aún roza los segundos con imágenes
intactas igual que flores de piedra en el devenir sin
pausa de los ritos, y es que hay todavía un símil
de doblez en la evocación que revive una y otra
vez en la cortina azul del silencio las palabras,
el movimiento, la propia edad que no tiene más
permanencia que la de la nube en el azul de su
transcurso etéreo por la urdimbre del aire, la ropa
que no yace en el baúl del olvido porque reverbera
con luz antigua como de faro en la raíz del alma.
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