miércoles, 2 de diciembre de 2020

Se ha ido octubre

Se ha ido octubre como un manjar exhausto.

Queda la furtiva luz entre los olmos
y la ginesta verde en las orillas.

Aquí, en la ciudad, duerme el sapo en el albañal,
rodadas de autos hacia el rascacielos de veinte
o treinta pisos insomnes.

Hay un pretil sin pozo en la mina,
hay dromedarios albinos en la playa,
el rubí perdido brilla entre tus ojos
como un ángel de sangre.

Y la lluvia en el olivar,
la misma lluvia que cae sobre la pútrida fe de las fachadas,
el agua incandescente que rocía las baldosas,
que se asusta al ver la calavera del silencio.

Y lloras,
acodada en el pub,
musa de corinto,
las greñas azules despeinadas en el sol de tu vientre,
la ceniza en las pestañas se derrama como un mercurio negro
mientras la música vibra y un soliloquio irrumpe
sin palabras, sin versos, sin verdad.


Los lobos encienden sus colmillos de neón
buscando tu yugular
que brota
altiva,
parpadeante,
cósmica,
desde el centro de la noche.

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