sábado, 9 de mayo de 2015

Otra vez

Otra vez he vuelto a tu piel como un niño
que añora los paisajes, como un príncipe
que busca su Itaca en las palabras que llegan
sin esperar otra luz que el asombro. Nada
quedó de los silencios hablados, ni un murmullo
en las hojas verdes, ni una esperanza en la locura
de los bares, ni un resplandor en tu carmín,
ni el eco sostenido de una música sin párpados.
Solo tu imagen miente en mi alucinación oscura
para hacer de ti la voz rota que nadie conoce.

Inicio de "Corazón tan blanco" de Javier Marías


"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con
la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él".

jueves, 7 de mayo de 2015

La juventud exhausta



Mi sol caducó en el horario de las serpentinas.

Demasiado joven para el músculo
de la vida lunar, sin entender los márgenes de la lluvia
o la abstracta monstruosidad
de los bares rotos.

Habia cremalleras
o ventanas
o cristales
que auguraban ídolos múltiples,
lloros en los tabernáculos de la conciencia.

Si, porque la juventud no dibujaba el collar de la costumbre,
su raiz vencía amapolas
en el pálido despertar del misterio.

Mi voz creyó en la sed de las estatuas,
cada dia el corazón de los almanaques
regresaba al cálculo de la insensatez,
despertaba a la noche.

¿Volverá el eco de los peces dormidos,
el algodón estéril de las dudas febriles,
la pasión acerada por la luz de los vicios
en los paraísos de la piedra
o la desnudez
de ser yo en el yo de mi voracidad?

Algunas veces mi memoria finge vivir en lo alto de un dios,
me acorrala, insiste en su cansancio de brújula,
en el invierno insoslayable de mis calcetines gastados.

Entiendo el porqué de la gratitud,
los versos no riman en los escalones impares,
quiere el tiempo un rojo pétalo
o la verdad de un futuro
que deje de anticipar el milagro.

Ah! del rubor en los clandestinos catres del mediodía,
ah! de los rododendros cuando ya no miran el sexo
ni descubren el soliloquio fértil de los fantasmas.

En el secreter que guarda la preguntas
como sonajeros rancios
mi verguenza es el latido del devenir, el infantil recuerdo
de una imagen que no me evoca
ni ha dejado su incendio o su perfume,
su nada duradera en el osario imberbe de la caducidad.












lunes, 4 de mayo de 2015

La isla

Siempre hay un sur en el delirio.

Conchas azules,
un mar sin espejos,
la piel hostíl de la luz.

La mirada huye de los automóviles que sudan
y no piensa en el regreso
ni en la conformidad.

El calor es blanco,
las piedras crecen junto a los ángeles,
hay cactus mentirosos
dormidos en el perdón
de la savia seca.

No vendré a orillar las olas,
en un cielo desnudo
los luceros claman por un ojo
que finja el carmín de sus párpados,
una noche exacta.

Solo hay un rumor en el vientre de los turistas,
sus fetiches mienten
cuando en el albor de la luna
invocan el territorio de la isla,
su somnoliencia tropìcal,
su éxtasis amargo.

domingo, 3 de mayo de 2015

Hacia delante



Son los huesos de la memoria un rastro perdido.
En el desdén ya no hay miradas, sólo fantasmas
que se despiertan sin luz.¿Puede existir un futuro
que no sea flor de raíz, pretérito que alza su sed
como un estallido blanco? Quiero sentir el horizonte
como carne viva, quiero una palabras que no admitan
otra cosa que el dulzor en los labios del hijo, quiero
un pétalo en mi corazón, no una tumba de piedra
y muerte. Mi paso ansía la levedad que marque
las horas con el crisol infantil del recuerdo.

sábado, 2 de mayo de 2015

La negación del presente


Siempre llega tarde la conciencia de ser.

Un cuerpo, apenas plumaje, piel nueva,
palabras sin gastar en el escenario de la duda,
corazón imberbe que se cuestiona la sensatez y el dolor
mientras escribe en páginas huidizas el misterio
que sólo en los libros anida.

Siempre llega tarde la conciencia de vivir.

Pasan las olas del amor,
las risas que pueblan los espacios abiertos
cuando la solidaridad es un grito nocturno
en plazas que sufren el aliento lunar
de las voces libres.

Juntos, sí, como los líquidos sin color
o las frases que sugieren altivez
en los bajos de cuevas infantiles
extrañas al día,
moribundas como un relámpago herido
por la masculina necesidad de la omisión.

Siempre llega tarde la conciencia de querer.

Su extranjera promiscuidad abre surcos sin agua,
calcina los vientos del tacto
en el estío perenne de las vísceras,
resume en un solo éxtasis
la mentira de poblar la fe con flores del deseo
o alquimias que vanamente dibujen los suburbios
de una querencia infinita.

Siempre llega tarde la conciencia de amar.

Porque no hay entrega que sucumba con plenitud
a la desnudez fértil de abrazar el miedo,
porque las semillas que arrojaron tus manos
encuentran un nicho cóncavo donde resplandece la armonía,
porque los infantes de la luz se expanden hacia un futuro
de navíos nimbados por la suerte de haber sido ardor
sin límite.

Siempre llega tarde la conciencia de morir.

Para ti que fuiste juventud inmortal,
para mi que soy nostalgia de aquella sinrazón,
para todos los que una vez exprimieron en sus rostros
la sed sin cumbres de la alegría.

viernes, 1 de mayo de 2015

La conversación

¿Quién invitó a la palabra,
dónde sus acertijos o el jazmín sin olor
que agita?

Primero es la piel, la imagen,
los senos que crecen.

Después la melancolia y el misterio,
el porqué navega tu sol perdido
hacia la oscura playa de un espejo.

En el bar las historias son simples,
el vals de un camarero, la virtud de la rutina
pregunta por la hora no nombrada,
el caparazón de un estudiante
lee sueños
en manteles sin luz.

Y tú que destrozas el cansancio
y me dedicas la incógnita
o la flor imberbe que huye del hemisferio
y te marca como un astro azul.

Te diré de mis incendios,
te diré de la noche
que siempre ha poseído un don.

Todo dura lo que dura el rayo de un signo,
de pronto la raíz se instala en el dulzor frío
de unos labios y apura su corazón de mariposas
engarzadas a la lluvia blanca,
al óxido de un pretérito
que no será llave de un futuro fértil,
que sólo ansia ser ausencia del hoy,
del ayer, del para siempre en ti,
en tu café despiadado.