Sin el denuedo, sin el plomo ni la raíz ni la flor de la lucidez.
Apenas un aire que pasa, la inclemencia de los relojes
que no fijan nunca el volumen, la anchura, lo alto,
cualquier matiz, la palabra que por una vez extiende
su propia luz sobre el silencio sin dejar la huella del olvido.
El éxtasis que recorre las venas como un relámpago de infancia,
el goce que dura el exacto segundo en que ya se nombra lo muerto,
la epifanía de la realidad sin que la razón comprenda la magnitud de lo ido.
Y después, en la memoria, un soliloquio que dura lo que dura
una vida cuando lo que se recuerda fue tan solo el eco de un eco
que vino a ti, y a la vez a otros muchos de tu especie.
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