No sonaron címbalos al amanecer ni buscó un ángel
mi áspera mejilla, ningún coro ni algarabía acompañó
la cadencia de los relojes, la luz no brilló más para
que mi sombra bailara alegre; sentí paz en mi interior,
fluí como el caudal de un río en invierno entre arbustos
en flor, sin esperarlo llegó el día del éxtasis como una brisa
leve, un latido en calma, la sensación a posteriori
de que vivir nos regala instantes que en el recuerdo
crecen y son conciencia de que la felicidad pasó
a nuestro lado de puntillas, por lo que solo fuimos
capaces de disfrutarla cuando ya éramos futuro.
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