Un día aprenderás a cambiar el color de las flores,
nace el arrullo del canto más cruel mientras tú imitas
la albura que ha vertido la nieve en el cauce rocoso de mi nombre.
Yo sé que hay alas de ángel en tu verbo y que maquillas el rojo
para que no vea la sangre arder cuando la derrota provoque en mí
un ascua que licue en púrpura la fiebre que en mis ojos lagrimea
como un mástil de dolor en el navío del fracaso.
Y no es piedad tu larga cabellera de amor, no hay espadas o fusiles
que desde tu boca me inviten al delirio, no coses la seda del mal
a mi piel desnuda, toda tú eres palabra cándida que voló con los pájaros
de la infancia para dejar su sombra en mi jardín de estío.
Como un eclipse que adormece la luz del sol en el desierto de mi alma,
como si en el encaje de un hemistiquio tú fueras la palabra feliz
que ya no aviva el tizón del desencanto
honras el círculo de mi existir con la infantil canción de la mentira.
Miénteme hasta el fin, que nunca vea en mi espejo cómo crecen
los estériles cabellos de la congoja
aunque el precio sea desconocerme o negar lo que soy
bajo la claridad de una luz
-que yo lo sé-
iluminará a otro.
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