Ahora habla el alma con la voz del silencio,
está ahí sin que pueda escuchar cómo dice
mi nombre, la sé real y la sé viva, la sé fiel
como una amante tímida que se abraza con vigor
a mi cuerpo, la sé tan eterna como yo efímero.
Ahora habla el alma con la voz del silencio,
está ahí sin que pueda escuchar cómo dice
mi nombre, la sé real y la sé viva, la sé fiel
como una amante tímida que se abraza con vigor
a mi cuerpo, la sé tan eterna como yo efímero.
Fueron la derrota de la armonía al abrirse lejos del cauce
íntimo por donde circula la sangre entre impulsos de azar,
la herida dejó una línea en la piel como un largo
aullido de agonía, son ciudades de muros ocres,
látigos que aún zigzaguean en el tapiz de la epidermis,
sonrisas tristes que reproducen símbolos únicos
en el mapamundi de un cuerpo que ya no es ese
territorio virginal donde amaneció la infancia,
solo el que ha vivido sabe que en cada cicatriz
hay todavía rosas que con la luz del ocaso florecen.
Nunca vi los pasillos como túneles,
había luz de antorchas
y el olor puro de la carne tierna.
Logré salir al mar, la noche clara,
el corazón virgen.
Y navegué a la deriva
pero una luz me condujo
de vuelta a la isla.
En el laberinto solo estabas tú, esperando.
Por fin comprendí que lo único real era mi hambre.
No sonaron címbalos al amanecer ni buscó un ángel
mi áspera mejilla, ningún coro ni algarabía acompañó
la cadencia de los relojes, la luz no brilló más para
que mi sombra bailara alegre; sentí paz en mi interior,
flui como el caudal de un río en abril entre arbustos
en flor, sin esperarlo llegó el día del éxtasis como una brisa
leve, un latido en calma, la sensación a posteriori
de que vivir nos regala instantes que en el recuerdo
crecen y son consciencia de que la felicidad pasó
a nuestro lado de puntillas y así es que solo fuimos
capaces de disfrutarla cuando ya éramos futuro.
¿Quién pudiera decir que solo es agua, lluvia quieta,
lágrima de gigante? Yo veo en él un mapamundi imposible,
una bruja al fondo de un cielo gris, tu rostro en la pátina
que oscila con el aire manso. Es huella fugaz, acuario
sin peces, cristal donde la luz nada como un ángel-niño.
La sed del sol y el azul solo le dan media hora de vida.
En el centro de la transparencia hay un mar de luz,
como la vulva de una invisible flor te abres al día,
la pureza del cuarzo recibe del sol una bendición
de claridad, mis ojos que ven cómo parte la noche.
El territorio que transita por los ríos que juegan
a nombrar su inicio y su fin.
Las habitaciones con dibujos a medias como un arabesco
que crece sin saber en qué pared lucirá su filigrana.
Las huellas recientes del que todavía es liviano
y flota en el azar y será producto de un mañana
que perturbe la candidez de su ágil pensamiento .
El que sabe que la vida es un rocío temporal que se posa
en la inocencia con el agua que alegra la piel sin llagas del impúber.
Los ojos donde no existen barrancos negros, ni las pesadas hojas
de un árbol herido caen día a día sobre el frágil tapiz de la edad.
El confín como una isla entre la bruma y el que nada en el océano
sin avizorar aún en el horizonte su más que probable naufragio.
Un día aprenderás a cambiar el color de las flores,
nace el arrullo del canto más cruel mientras tú imitas
la albura que ha vertido la nieve en el cauce rocoso de mi nombre.
Yo sé que hay alas de ángel en tu verbo y que maquillas el rojo
para que no vea la sangre arder cuando la derrota provoque en mí
un ascua que licue en púrpura la fiebre que en mis ojos lagrimea
como un mástil de dolor en el navío del fracaso.
Y no es piedad tu larga cabellera de amor, no hay espadas o fusiles
que desde tu boca me inviten al delirio, no coses la seda del mal
a mi piel desnuda, toda tú eres palabra cándida que voló con los pájaros
de la infancia para dejar su sombra en mi jardín de estío.
Como un eclipse que adormece la luz del sol en el desierto de mi alma,
como si en el encaje de un hemistiquio tú fueras la palabra feliz
que ya no aviva el tizón del desencanto
honras el círculo de mi existir con la infantil canción de la mentira.
Miénteme hasta el fin, que nunca vea en mi espejo cómo crecen
los estériles cabellos de la congoja
aunque el precio sea desconocerme o negar lo que soy
bajo la claridad de una luz
-que yo lo sé-
iluminará a otro.
Sin el denuedo, sin el plomo ni la raíz ni la flor de la lucidez.
Apenas un aire que pasa, la inclemencia de los relojes
que no fijan nunca el volumen, la dimensión de lo real
cualquier matiz, la palabra que por una vez extiende
su propia luz sobre el silencio sin dejar la huella del olvido.
El éxtasis que recorre las venas como un relámpago de infancia,
el placer que dura el exacto segundo en que ya se nombra lo muerto,
la epifanía de la realidad sin que la razón comprenda la magnitud de lo ido.
Y después, en la memoria, una sucesión de soliloquios que duran lo que dura
una vida, tan similares a los que sirven de consuelo a otros muchos de tu especie.
Tú y yo los únicos pasajeros
en el vagón de un tren de cercanías.
Ningún cliente mas que tú y yo
en el bar donde nos tomamos unas cañas.
Por la calle nadie
-solo tú y yo-
en los cien metros
que había hasta tu casa.
Y ahí fue que de pronto
se nos unió
-a ti y a mí-
lo que sería después
el inefable
olvido.
La anchura del latido mas firme,
lo que ruge en la mitad del caos
y no teme al silencio del cobarde.
La fusión de los espejos que multiplican el ardor de un nombre,.
La perdida virginidad de la hembra que liberó el cáliz del deseo,
los ríos del ansia cuando los muros del azar ya no pudieron
contener los aludes infinitos.
La perfecta sintonía de voz y carne dándose a la vida
con el gemido irreal que colma en ósmosis nuestra piel enmarañada.
El último reflejo color carmesí en unos ojos que ya no serán míos,
la ciudad del sur bajo una lluvia convertida en ámbar por el ocaso.
Lo gris y el azul de tantos días alegres, las palabras que te dije
y que ahora resurgen como flores de abril en el ciclo inmortal del recuerdo.
Lo que fugaz llegó para irse sin que mis manos pudieran atrapar
el flujo de su existir.
Las huellas que dejaste en mi corazón ya borradas por el dolor de no tenerte.
Apenas cuatro o cinco libros en un estante,
un póster, una lámpara de pie
y un colchón en el suelo.
Y sin embargo qué feliz aquí contigo.
Tu desnudo es mi auténtico tesoro.
Celebra conmigo la natural forma de la lluvia,
a veces te desnudas con el silencio de la tarde,
entonces veo la frágil armonía de tus omóplatos
subir hacia la luz como las alas de un ángel,
y acude el viento al cristal y suena el ritmo
de un baile que en tu vientre posa la canción
de los pájaros sin nombre, en tu piel alba
maduran por fin las semillas del tornasol,
y giras con pasos breves en el círculo de la luz,
afuera la lluvia hace sonar su infantil
latido en la ventana azul de tus ojos.
Yo evito la sed de los carámbanos,
corro sobre cristales pulidos por el mar del invierno.
Nado sin que las rocas con sus aristas de nácar
graben en mi piel cicatrices ambiguas de sal negra.
Vigilo desde el faro de mis ojos la corriente de las palabras
que visten mi soledad con ecos de algarabía.
En la luz soy sombra, en el arrabal un paraíso de pétalos al sol.
Soy el azúcar donde se endulza lo agrio,
el canto del ruiseñor que se une a los coros de la claridad.
Soy el círculo que viaja entre líneas paralelas
sin que ningún ápice acuda a herir el sueño
en el que vive el caudal
siempre en flor
del que un día partió
el tobogán de mi infancia.
Ahora soy yo quien se refleja en ti.
Encadenado a tu imagen me pierdo
en el fondo del azogue.
Y es así cómo recupero mi niñez,
mi juventud, incluso mi alma.
Y aunque un día muera
estaré en ti
para siempre.
Ondula su eje, gira, enhebra el aire y es armonía
que en elipse traza círculos de ansiedad.
Cubre la piel alba una blonda y un canesú de orlas
que caen como hilos dorados de carnaval.
El torso se anuda para que los pechos brillen en lo alto
con el haz de un sol amante.
En la zancada dos alas de ángel, en los brazos
que comban la luz una letanía de perlas y nácar.
Alzándose en arpegio índices que dibujan vuelos de pájaro
sobre nubes carmesí, su capacidad de romper las estrías del aire,
su levedad que transita entre rosas de luz, su infantil voltereta
que extiende el volumen de su falda azul, los pies desnudos,
la cintura con pendientes que cuelgan al ras de la enagua.
Cómo su delgadez abre las piernas en manantial de arcos
meciéndose con el baile insólito que no necesita el ardid
de una música vivaz.
En el discurrir la mística fluye con símbolos que claman al son
de un canto interior, el cuello erguido, la mirada fija,
el sudor blanco que cae indómito, la locura y el éxtasis.
El pábilo en los ojos, sin saber el porqué ni el nombre, la dirección,
quién invoca a su intransitable danza si todo es paz bajo las hojas
de estos árboles que han dejado de oscilar con el viento de abril.
Como armar del todo el mayor mecano del mundo.
O poner la última pieza de un puzle inmenso.
Así son los instantes que justifican una vida.
Pocos y aparentemente inútiles.
Y sin embargo, qué haríamos sin ellos.
Hay un eco de pozo en tu voz
y en tu mirada caballos
que persiguen la luz.
De tu nombre imagino una vocal
que se hunde en mi lengua
como un beso mudo.
Sé que bajo la lluvia ríes
y que eres cómplice
del sol que calienta mis días.
Y aunque no te conozco
hablas siempre conmigo
igual que yo te hablo a ti
sin hablarte
nunca.
Porque el cuerpo sabe que no es roca ni levedad,
porque asume la razón de que al vivir recibe en sí
el regalo de la luz, porque siente en su piel la caricia del sol,
en los ojos los matices del color, en la boca la textura de lo dulce,
el aire perfumado, la armonía de los sonidos que llegan
como oleaje a su conciencia de ser, porque la vida
es un don, y así se ofrece a la carne, ya desnuda y libre,
como un pájaro que ha descubierto, por fin, el amor.
Piensa que naciste cuchillo,
hoja que resplandece con la plenitud del día.
Una vez te vi sajar el aire en busca de la nube,
su perfil de corazón abierto a la herida,
el núcleo gaseoso donde late la virtud.
Eres duro y letal si introduces con ansia tu espolón
en la fina piel.
Eres un rayo de acero que penetra en lo oscuro
como lo haría el índice de un dios salvaje.
Te amoldas al revés de mi mano
y yo te acojo para hendir en la faz del alimento
tu alfil.
Un día se mellará tu filo y tu corte deberá repetir ese baile atroz
que tanto se parece al de una guillotina loca
que no cesase de caer nunca.
Ningún taxi en la parada.
El autobús va lleno y no hay otro en un buen rato.
A pie son alrededor
de cuarenta y cinco minutos.
Así que a caminar.
Cuando ya estoy en el Café
tú me llamas para cancelar la cita.
Por lo visto
al salir de casa
-como me pasó a mí-
no conseguiste ni taxi ni autobús.
Si fueras caminando desde tu casa
te llevaría una media hora.
Y encima no hace frío y luce el sol.
Fue en ese momento cuando descubrí
lo poco que te importaba.
En la habitáculos o en las concavidades, ya hogar
de mis silencios, en la arquitectura que construyó
un ideal diestro con las cenizas del perdón, bajo
el alféizar que expande sus alas como un pájaro de fe;
y más allá con la luz que lloró al ver morir el alba
entre racimos de luna, está mi corazón que un día
descubrió el azul posándose en la tibia sangre, como
cielo en la aurora, como mar en el río de mis venas,
como capullo de flor añil en cada latido que fue travesía,
sin la paz virgen de la infancia hoy ausente, sin tu voz
acompañándome desnuda de sueños, porque el final
ya se atisba tras un árbol maduro que no dará
amparo al fluir encanecido de mis arterias.
Dicen que Ítaca es solo un peñón
en medio de un mar lejano.
Pero hay otra Ítaca en tu interior
que solo verás cuando la muerte asome.
A veces te sentirás como un náufrago.
Otras veces disfrutarás del viaje.
Mientras tanto, habrás vivido.
Ha sido tan leve el anuncio de que algo de pronto se derrama
en la luz como una gracia y así se muestra bajo el sol ambiguo,
en un destello o quizá en una ráfaga prístina que irrumpe
a través de la quietud y el ansia, sin preaviso, un parpadeo
inconsciente porque el misterio alza columnas de asombro
en los iris, analogías con el fuego a punto de volverse llama,
circunferencias al fin cumplidas como si fuesen un presagio
de luna llena, razones que existen en el aire y en la palabra,
aunque se digan para dentro, sin énfasis, con la naturalidad
de una sinfonía que brota al unísono y fluye a idéntico ritmo,
como si fuese la arena de un reloj que filtra diminutos granos
de tiempo a la vez, y en su caída interior halla un nuevo sol,
tan igual al que tú reconoces en tu propio corazón,
víctimas los dos de esa música que acompaña
a la edad y que nadie quiere ver en los espejos.
Que nunca me falten las ganas
de morder el corazón de la vida.
Que llore o que ría,
que sufra si es necesario.
Que la ilusión crezca en mí
como una ola irrefrenable.
Que el pavor no invada con su ácido mortal
la luz que ilumina la negrura de mi noche.
Que sienta como un sueño sin fin
todo lo que me ocurrirá y me ocurre.