verano en el cielo, la lluvia recién caída sobre mí
despide un aroma a álgebra.
Sé tú el cáliz que vuela impertérrito,
el clavel azul en la testuz del cuervo,
la dentadura del albatros
en la hostia blanca del mar.
Sé la nariz arcaica de la princesa,
el orden de las esdrújulas que sufren el llanto de las
frases.
Sé la razón calva de los sueños y el bombín alegre del
payaso.
Sé el mimbre de la noche, el tronco anular del árbol
que llevas en la cintura, firme bastión que avanza
bajo la pérgola de la luz.
Vivo en un jeroglífico sin resolver.
Imágenes que no cuadran, frases rotas.
No sé quién planteó la pregunta que ignoro,
ni qué dios junto esos pedazos que me niegan.
Vino la pantera
y me enseñó su sombra negra.
Después de la tormenta existes.
Como un hilo de agua, como una flor
en los charcos que no piso.
Lluéveme con tu savia de luz,
no me dejes seco de ti.
Mójame, una y otra vez,
no tengas piedad, conmigo.