martes, 11 de febrero de 2020

Las estaciones te llaman

El otoño cree en ti. Tu vestido de niebla
se confunde entre la hojarasca, los colores,
la húmeda pátina de los hongos al morir el bosque,
el rocío que besa el musgo tan verde como un tallo de maíz.
No te adjudiqué ninguna estación, tú ya sabes
que somos seres que mudan sus escamas según la luz y los cometas.
También el invierno te invita con su voz de nieve,
sus eclipses de frío y sus cabañas de troncos tiznados.
Pero yo te conocí en agosto, y supe de tu piel
y del brillo esmeralda de tus ojos,
y soñamos con islas o con pueblos blancos
o con playas insólitas donde mueren de amor las gaviotas.
Tú me decías que yo era abril, una flor que estalla sin querer,
un desnudo de mariposas en la cálida quietud de las glicinas.
Soy yo quien cree en ti, porque son años y estaciones nuestra vida,
incansable el reloj tan henchido de recuerdos y de alma, tan feliz
cuando en la madrugada invierte sus agujas
y nos invoca como una madre y nos acaricia como un sueño,
que día a día, compartimos.

lunes, 10 de febrero de 2020

La nostalgia del provinciano

No hay abecedarios en la niebla.

Mi cuerpo fue árbol y colina,
un ovillo de mar bajo los puentes,
una caracola triste que muñe la sombra.

Es la serpentina de las estaciones quien convive junto a mi ataúd.
Lluvia y sol, los ocres blandiendo su espada
como arcángeles furiosos, el resplandor de julio detrás de los olivos secos,
la húmeda sonrisa en los catafalcos de la cigarra,
el murmullo del color
al brotar la primavera de un tibio seno de alambre.

Pero en la ciudad el humo boquea como un corazón exhausto
y yo creo en el diluvio de sus calles
hormigueando la sed que intoxica mi garganta.

Ahora paseo por el parque de álamos y cruces
y soy el bolchevique que sutura la historia
y soy la circuncisión del judío,
la rodilla incolora del árabe
sobre el cuarzo de las sendas.

¿Qué es un extranjero sino un límite?
Otra luz me concita, recuerdos de olas blancas,
el faro que vive en mi iris
como vive la madre en su eterna memoria.

El agua del norte oculta las palabras,
desdice el miedo a la virtud,
en el alcohol de cincuenta céntimos
habita un sudor de candiles sin refugio,
una sentencia que invoca al origen
y escupe en la improvisación del azar.

Sabes, yo solo quería los anuncios sin patria de los autobuses,
el sonido del agua en las fuentes manchadas,
el olor del metro, su vahído de multitud, tan mortal.

Y la voz que incendia mi soledad al doblar la redondez de las esquinas,
bajo el neón de los vicios, en las orillas donde las putas deletrean poemas invictos,
romances que son música de organillo,
laureles en el sexo, habitaciones que ama la luna
desde su púlpito de sucias mandrágoras
aún no nacidas.



viernes, 7 de febrero de 2020

Simiente

La esperanza es un grano escondido,
que sea fértil en la lucha,
que crezca como un gigante hacia la luz,
que brote sin miedo, que tenga alas
y deje su sombra entre nosotros.

Desvelados

Me ha sorprendido este silencio de hojas blancas.

En el canesú de la noche
los dos pensamos
en el azar y en los ríos, en las moléculas que nos pueblan,
en la comunión de los astros como un refugio de luz.

Yacen los cuerpos en sus horarios,
el crisol de la rutina mata la inconmovible ausencia del estallido,
suenan trompetas de viento alado
al morir los pechos que claman fogosidad y ardor entretejido.

Ya no oiremos a los pájaros remar contra la lluvia,
los espejismos cabalgan rumores
y hay ojales sin ojal que nunca cierran su despedida.

Acostumbrados a ser un signo bajo el dosel de la cama vieja
solo la imaginación o el lenguaje se visten de arlequín
y moran bajo las axilas húmedas de la sinergia.

El resplandor es un acaso de nubes viajeras,
me digo tu primera palabra,
busco el manantial de la espuma que te eleva,
que siempre te iza
hacia los bosques del más allá.

Y surge el áspid que roba la quietud
y claman las arterias
y el corazón por fin se nutre de la savia verde
que penetra en la cueva de tu noche.

Son instantes, no sé, de furia o de instinto,
fosas de moldes sin perfil,
astucia de los esqueletos,
arrojados a la piel como infantes suicidas
o títeres.

Es así el amor- aventura y celeste carmín en los labios-
es así el deseo, un rayo de vísceras, un maná,
un esputo de volcán que estalla
como un miembro mutilado que rocía de insomnios
la huella y su infinito deshacer.


martes, 4 de febrero de 2020

Convaleciente

Aquí está mi espalda rota,
con el sur de ónice, y tu voz sin vocales que enmudece.
El olor del café es una nube marrón,
las caderas de Milagros un submarino que otea la noche.
La verdad flota en los espejos, se arrastra como un gusano
que parpadea al sol, uniforme, casi lúcido.
Ya vendrá la hoja perdida de un árbol manso,
rozará con su pestaña el óxido oscuro que maúlla en el ventanal.
Es el lirio o el plafón que se enrosca igual que un vientre
de mandrágora. Ese áspid del desencuentro en la gloria
de tu axila robada, aquel insomnio bajo los puentes sin ceniza,
el oso que olfatea un coral gris, la amapola azul sobre la cresta del payaso.
Ya danzan en los alféizares los cisnes que madrugan.

lunes, 3 de febrero de 2020

El joven que leía "Sinuhé el egipcio"

Así, en mi rostro, las briznas del agua,
un rocío de pavesas cargadas de luna,
el misterio en los portales donde se abrazan las niñas,
los neones que ocultan el sol de los cuerpos,
la dentadura gris de quien no ríe.

Mañana la soledad del tren será mía,
los espejos llorarán como estalactitas rotas
cuando lo que llegue del futuro
escriba un poema en el bisel de la luz,
tan cómico, tan irreal.

Guardo en el pantalón un mapa encendido,
las islas son lágrimas de mármol sobre un océano sin galeones,
yo veo los cuervos y las dunas,
el hambre hospitalaria,
toda ella volcán ausente.

Los pasos de la vida son noches errantes,
mi idioma no ha nacido
ni los lagartos buscan aún la sombra de los cometas.

Junto a mí hay una extraña compañía,
la tez de un músculo que morirá,
el crisol de un libro
-la pirámide en los ojos marrones de Sinuhé el egipcio-
que cubre el regazo de otro mortal,
suena una voz en el traqueteo de este tren olvidado,
invisible como un duende que flirtea con la madrugada.

Camina, caminamos, con el reloj que no calla,
veo candiles donde resplandecen las acequias
y un sudor campesino en las fraguas.

Le quiero hablar al joven sin historia que me mira,
sé que su gabardina se volverá vieja, inútil,
cuando un oasis pregunte por su niñez.

Tengo un avión en los bolsillos
y un dibujo en el dosel de las noches sin paz
como puertas cerradas a la luz.

Quizá un aire sin patria
o el tizón que florece en las rosas de marzo,
o el boj que solo espera un signo,
la calma en un océano tan azul como el miedo,
me arropen y yo sueñe con las islas,
con el licor de sus cactus,
su caliza negra, sus orillas que sollozan
por un continente que las ame.

sábado, 1 de febrero de 2020

Tú, yo y el hijo

Yo me preguntaba por el silencio del faro,
a veces confundí sombra y edén
en el fondo de una lágrima transparente.

Tuve alas y fuego, mar en los tobillos,
calles sin párpados, eternas como átomos negros.

Era joven y me creía un sol,
un sol pequeño, sin calor ni luz,
una nube roja en tu camisa,
un ojo o un oasis oculto en la nieve,
las Perseidas cruzando la vastedad de tus días.

Como un trampolín tu carne blanca y tu voz de fruto en sazón,
como la fiebre que anuncia el fervor
así el halo que dejas al curvar la espalda.

Te amé o te quise en el arrabal,
juntos la ciudad y los ecos,
las estelas de un avión que mojan mis labios,
la desnudez que se mira de un perfil a otro,
la fugacidad del céfiro en la voz de noviembre,
del candil de tu mano al rocío en la playa
donde vive el misterio de la duna.

¿Quién o qué el trasluz bajo los números impares del oráculo?

Creció la semilla en lo hondo,
fiel al rasgo, dormido el color,
lánguido el espejo en que se revuelca el embrión
que soñará con su dios
igual que yo al morir el huracán.

Qué nombre o en qué país el surco que siembre su huella,
qué pasos en la estrecha cruz de la vida,
quién se arrimará a su seno,
cuántos los amigos que despreciarán la luna,
dónde el amor o el odio,
el restallido, la voz del látigo que pondrá de rodillas al éxtasis,
cuál perdón teñirá sus pies de azul.

Que sea el telar del abrazo nuestro sello,
el nido en que viven las historias infinitas,
el refugio donde sueñan las almas ardientes
con el futuro de la flor bajo una pérgola de luz.