lunes, 10 de agosto de 2015

Fragmentos de "Crimen y castigo" de Fiodor Dostoievski



"Le dió el golpe precisamente en la mollera, a lo que contribuyó la baja estatura de la víctima. Enseguida, le hirió por segunda y por tercera vez, siempre con el revés del hacha y siempre en la mollera. La sangre brotó cual una copa volcada, y el cuerpo se desplomó hacia delante en el suelo. El se echó atrás para facilitar la caída y se inclinó sobre su rostro: estaba muerta. Las pupilas de los ojos, dilatadas, parecían querer salírsele de sus órbitas; la frente y la cara muequeaban en las convulsiones de la agonía".

"¿Donde he leído -pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino-, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!"

domingo, 9 de agosto de 2015

Siempre supe que vivirías aquí

Antes de que existieras
ya sentía tu voz.

No es el tamaño, no es la edad
quienes deciden la altura del sueño.

No conocer otro hogar que la luz
con sus huellas dormidas.

No habitar otro espacio
que estas habitaciones blancas
tan heridas de pasado.

Aquí murió el gato de la desidia,
aquí las hermosas caderas de lo imposible
dejaron sombra en cada moldura herida.

Una y otra vez la mujer que ya no vive en ti
enseña su tez de arrabal,
sus ojos perdidos,
su blusa de satén.

No hay esquinas que te nombren
ni paredes de rostro dibujado
en la suave rugosidad del yeso.

Golpea una mentira la memoria del teléfono,
la claridad ejerce su tiranía naranja
de tardes sin reglas
en el ocaso de noviembre.

Al fondo la cornucopia de caoba
parece el cabello de una insólita medusa
que abriera sus ojos de azogue
hacia el rastro de un zócalo invisible.

Rueda un balón con la lentitud del deseo frágil,
se posa en el bucle de la geometría
como un pájaro ausente,
espera la suave añoranza de un golpe
en los testículos de la dicha.

Se abre el pasillo como una vena imaginada
donde escuchar las palabras del misterio.

Siempre estarás aquí, aunque mi luz ya no viva,
vivirá tu resplandor.












jueves, 6 de agosto de 2015

La paz

Hay una forma de paz
que se parece al amor.

Su paso leve va tejiendo hilos en los días,
cubre de sueños el aire,
invoca a la luz como a una amiga
que buscara refugio o perdón.

Hay una forma de paz que dibuja caricias
en las paredes de la casa,
caricias amantes que nunca regresan
al rumor de la desconfianza
ni dejan en los labios frases ciegas
ni habitan en los recodos del sinsentido.

Hay una forma de paz
que solo conoce la infancia de los columpios alegres,
el cristal soñador del mañana.

Hay una forma de paz
que vive en el recuerdo de los mediodías azules,
en la claridad de las tardes calmas
de los agostos huídos.

Me gustaría sentir de nuevo esa paz
en mi corazón en fuga.

Me gustaría ser el ayer de tu vida.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Aquella noche



Puedes decir las mismas palabras, acompañar
los gestos con el mismo resplandor inexistente,
dirigir tus ojos a mis ojos como una interrogación
sin patria, fruncir los labios con el mohín oculto
del adiós, parpadear cuando la luz te cubre, igual
que una caricia de amor. Será inútil, créeme,
pues nada podrá reproducir el lugar que una
vez fue palacio, ni la voz encontrará de nuevo
la magia del instante; ni la piel, los músculos,
el corazón que sangra, el pensamiento que siente
o las frases para nunca olvidadas conseguirán
ser eco de una noche que ha dejado su estela
de irracionalidad en las comisuras de este
silencio que finge la inmortal ceniza de tu
presencia en cada hora, en cada segundo
que yace.

lunes, 3 de agosto de 2015

Oda a las ciudades


Las ciudades se viven como se vive la luz.

De nuevo su piel, sus piedras impertérritas,
la magia de sus parques, el río o el mar
casi inútiles.

Y los rostros que no hablan
o el ajetreo tan invulnerable de los mercados
o la espaciosa cadencia de los vehículos
que surcan sin fe
su rumbo de autómatas.

Y el calor de las tardes de septiembre,
los balcones abiertos a la brisa,
el olor de la dársena
completamente azul.

Las ciudades escriben un nombre
en las paredes del aire,
callan como alcahuetas
cuando los cuerpos vuelven
a su vientre inmortal.

Las ciudades también se viven como ecos de la memoria
sin responder a las verdades del tránsito,
a su cruel imposición de raíces que mueren,
a su contemporánea virtud
de modernidad deshojada.

Todas las ciudades son una en mí,
porque en la curva de la edad
mil imagenes de resplandor se confunden
y todos los ríos son el mismo río,
todos los cielos el mismo cristal,
todas las calles
la misma vena
que fluye.

No hay retorno sin heridas
que reconstruyan la luz de las historias mínimas.

Mi pasión no es el olvido,
mi pasión cultiva fantasmas
que a menudo son mi sombra.

Fragmento de "La mujer nueva" de Carmen Laforet

"Estaba sonriente, tranquila. Con todo aquello dentro o envuelta en todo aquello.
Se vio a sí misma, dándose cuenta de que se pintaba los labios frente al espejo del lavabo, haciendo mil equilibrios con el traqueteo del tren. Sus ojos estaban profundamente serenos. Con una serenidad que no tenían hacía muchos años.

“¿Qué te pasa Paulina?”

Lo preguntó suavemente, a media voz, dirigiéndose a la imagen suya del espejo… pero, en verdad, materialmente, no le sucedía nada. Alrededor suyo no sucedía absolutamente nada".

domingo, 2 de agosto de 2015

La iglesia



¿Dónde está el orden de la vida-o de la muerte-
si un color ambiciona el ocaso?. Las palabras
llegan como un canción muda, su robustez
recita la gloria de opúsculos nombrados
bajo un sueño de ladrillos, una arquitectura
de entretiempo. Me fijo en las vidrieras donde
un mensaje anuncia la bondad de la historia.
Habla la mansedumbre con palpitaciones
de níquel, habla el misterio de los ejes en
el peregrinar astuto de la magia. Me gusta
el silencio que antecede a la música, pero no
entiendo la razón por la que cubren de flores
ya marchitas los bancos rotos de esta iglesia.