Cómo ya es sequedad y temblor, una cuña de mugre
consolida la cicatriz eterna en su faz de atlante, cuando
los ojos se detienen en un punto retorna el alba de lo
que fue como un trasluz recóndito de niñez y sueños,
viste la tela ambigua que trastoca los nombres de victoria
y pérdida, en sus labios la grieta, en sus hombros el frío
de un enero sin paz, en su piel las islas del dolor como
llagas de un océano oculto bajo pliegues de costra y vómito,
ya no es el rubio jazmín que florecía junto al estanque de la juventud,
el mitón cubre sus dedos como alfiles, fuma la colilla última
del último cigarrillo antes de que los párpados caigan sobre
los ojos casi ciegos del penitente, nadie se para ni un segundo
a mirar cómo se acuesta entre los cartones que recogió esa misma
tarde del contenedor azul tan próximo al callejón del supermercado.
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