He visto tu alba, tu mediodía y tu ocaso.
Me contienes como un árbol de piel
-aunque no florezcan ya tus hojas-.
En tu interior la vida fluye
como el cauce de un río
que agota su caudal.
Cuando el fin asome
-como los mejores amigos-
nos daremos la mano
antes de yacer juntos
en la misma sepultura.
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